Las colas daban vuelta a la manzana. Ni un alma en las calles. Acaso, por las noches, un corto paseo con el perro. Algunos espabilados lo usaban para engañar no sé a quién, tal vez a esa calabaza que tenían por cabeza sin que ellos lo supieran. Ha pasado un año y es como si el tiempo de los dinosaurios hubiera sido ayer. Nadie sabía lo que estaba ocurriendo. Se hablaba de un mercado chino, de los murciélagos antes de convertirse en el Conde Drácula para morderles el cuello a sus amantes, de un bichito que era como un torpe aprendiz del virus de la gripe. Nadie sabía nada y poco a poco al planeta se le iba poniendo cara de susto. La realidad era una mala película de ciencia-ficción. Las famosas distopías literarias tomaban asiento en nuestras casas, como un invitado más a la hora terrorista de las televisiones. El mundo ya no era una canción romántica de Jimmy Fontana, sino esa «selva oscura» que, en los versos primeros del Dante, nos hacía perder pie y no saber dónde, si existía, encontraríamos la salida.

Pronto supimos que la cosa iba en serio. El desconcierto se mezclaba con una tristeza infinita. Los pasillos de las casas añoraban la ilimitada extensión de los balcones. Una constatación nos llenaba de rabia: el bien común se había dilapidado para invertirlo a tutiplén en beneficio de lo privado. La soledad se convirtió en una forma de vida impuesta por la pandemia. Nos quedaban los aplausos a las ocho de la tarde, el reconocimiento a quienes se estaban dejando la suya para luchar por la vida de los otros. También nos quedaba la esperanza en que lo que viniera luego no fuera como lo que dejábamos atrás. De la ilusión también se vive. A lo mejor era una manera inocente de vencer el miedo.

En aquellos días se hacía de notar gente a la que nunca le habíamos dado la importancia que se merecía. La encabezaba el personal sanitario, claro que sí. Pero había otro que de repente se convirtió en protagonista. Las colas daban vuelta a la manzana y al entrar en el supermercado o en los pequeños comercios ahí estaban ellas (también ellos en algunos casos), en las cajas registradoras, en la reposición de las estanterías, en pasar la fregona desinfectante por el suelo con huellas traídas de la calle. Fueron las importantes, las primeras que arriesgaban delante del bicho desconocido, hasta algunas voces las llamaban heroínas de la nueva cotidianeidad. Junto a ellas, las mujeres que trabajaban en esos tajos casi siempre sin ningún protagonismo, en los hospitales, en las escuelas, en las casas cuidando a gente mayor o limpiando en plan individual o cooperativo. Las invisibles de siempre se hicieron visibles. No eran heroínas, claro que no, simplemente hacían su trabajo, como siempre habían hecho y nadie se había dado cuenta de que estaban allí horas y horas a lo largo de sus demasiadas veces agotadores horarios laborales.

Ahora han pasado por los planes de vacunación todos los gremios habidos y por haber, incluso algunos que no entiendo por qué han disfrutado de una prioridad que se me antoja estrambótica. Y sin embargo, esas mujeres que estuvieron siempre, entonces y ahora, en primera línea de la responsabilidad frente al coronavirus no aparecen en ninguno de esos planes de vacunación. Ya entra mucha gente a los supermercados, y ojalá también a las pequeñas tiendas que entonces nos salvaron de la quema y siguen al pie del cañón en todas partes. Pero ellas siempre estuvieron ahí, nunca desertaron de esa primera línea que tan desapercibida queda para los focos de atención que de nuevo las ha devuelto a la clandestinidad. En todo el tiempo que llevamos de pandemia se han puesto de manifiesto las desigualdades de siempre. Un virus democrático, llamaban al pangolín. Y se quedaban tan panchos. Qué manera tan burda de banalizar la democracia y sus propias contradicciones. Hay gente pa to, como decimos en mi tierra y seguramente en la de ustedes.

La vacuna es la mejor manera de reducirle espacio al coronavirus. Y la responsabilidad individual y colectiva. Si como decía Rosalía de Castro tuviera yo que «rendir culto a lo grande», no dudaría ni un segundo: a esas mujeres que nunca se movieron del sitio a pesar del miedo y la incertidumbre de estos meses. De su sitio modesto en un supermercado, en una pequeña tienda, en una casa propia o ajena cuidando de alguien que las necesitaba, en un hotel haciendo camas u otra cosa, en todos esos sitios donde a pesar de estar dando el callo a todas horas, siempre fueron invisibles. Esta columna va por ellas. Es lo menos que podía hacer, ¿no? Y lo hago.