Olía a timo que tiraba para atrás. O sea, que abrías el sobrecito, volcabas su contenido en una pecera y, al cabo de pocos días, los Sea-Monkeys te saludaban desde el agua y se convertían en una excelente e inteligente compañía por cuatrocientas pesetas. Retratados como una especie de sonrientes alienígenas submarinistas antropomórficos, venían anunciados en las páginas interiores de los libros que leíamos los chavales en los setenta, junto a una cámara de rayos X para ver cómo se cambiaba tu vecina a través de la pared. Promociones encartadas entre relatos y cómics repletos de extraterrestres, vampiros, detectives, vaqueros y astronautas que volaron la cabeza a una generación de niños raritos. Literatura pulp, historias sencillas pero trepidantes, llenas de emociones fuertes, de aventuras narradas de manera ágil y directa. De su vertiente noir o policíaca surgieron titanes como Dashiell Hammet o Raymond Chandler. Daniel Llabrés, uno de aquellos niños, acaba de publicar una novela que se mueve en estos parámetros.

En Un mono marino se ha bebido mi Fanta, un bicho de estos pone en marcha, sin saberlo ni pretenderlo (sin ni siquiera existir en realidad), una delirante labor de rescate. Y es que cinco amigos, habitantes de la escena soul-mod valenciana, se han metido en un lío al entremezclar su existencia, de manera casual, con policías corruptos, narcotraficantes asiáticos, un actor porno con acondroplasia y mafiosos locales de ideología neonazi y pasión por las peleas de perros.

En una noche loca, y a contrarreloj para evitar que la boda de uno de ellos acabe en desastre, los acontecimientos se suceden de manera rapidísima, sorprendente, hilarante y lamentablemente verosímil. La acción transcurre en València, que brinda lugares tan castizos como el palacete republicano de Aben Al-Abbar, la urbanización saleriana de La Casbah, la sala de cine X de la calle Cuenca, la iglesia de Santa María del Mar o el bar Casa Calabuig. En estos escenarios se suceden los destarifos que levantan una trama en la que el autor comparte aficiones y obsesiones como las farras infinitas, el verbo vitriólico, los trajes a medida, las scooters italianas, el tabaco francés, las máscaras de luchadores mexicanos, la dipsomanía y, al fin, su tesoro más preciado: sus propios amigos que, convenientemente maquillados para no ser reconocidos en la vida real, sostienen el desarrollo con sus alucinantes, absurdas y descacharrantes acciones y diálogos.

Con su prosa impregnada de realismo sucio y detalles y recursos que remiten a Welsh, Tarantino o Hunter S. Thompson, la tercera novela de Llabrés brilla como un divertidísimo, veloz, adictivo y definitivamente demasiado corto artefacto que, como no podía ser de otra manera, tiene en la música uno de sus cimientos fundamentales. Así, y gracias al bendito código QR, el lector podrá disfrutar plenamente de las truculentas vivencias de esta loca pandilla acompañado de las canciones que nos brinda el autor, con John Lee Hooker, Dusty Springfield, Georgie Fame, Lou Rawls, Small Faces o Dexy’s Midnight Runners, que siempre suenan en el momento justo y con la intención adecuada. El guion no puede ser mejor, la banda sonora ya está hecha. Que alguien ruede la película ya, por favor.