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Crítica

Puro Beethoven

Artista de calado y pianista de altos vuelos, la presencia del israelí Borís Giltburg (Moscú,1984) supone siempre garantía de una vibrante vivencia musical. Así fue, una vez más, el sábado, cuando volvió a la Orquestra de València para, en su calidad de artista residente del Palau de la Música, brindar su visión genuina y sin postureos del Tercer concierto para piano y orquesta de Beethoven. Fue una versión limpia, transparente, clásica y romántica a un tiempo, perfectamente enclavada en su crucial momento histórico, de adiós al clasicismo y arribada con brazos abiertos del arrollador romanticismo.

Giltburg en esta nueva actuación en València fue más allá de las notas y esquivó cualquier posición preconcebida para, desde su propia convicción y sapiencia musical, desplegar el nuevo aliento que inunda esta página en dramático do menor en la que ya nada será como fue. Fue una recreación para la memoria y el recuerdo. De fidelidad absoluta al manuscrito, sí, pero también alentada por la comunicativa personalidad expresiva de un artista empeñado en mostrar la verdad de la partitura más que sus méritos y talentos, que él pone al servicio exclusivo de la obra de arte.

Desde las primeras ascendentes y unísonas escalas en do menor con las que irrumpe el teclado tras la extensa introducción orquestal, Giltburg estableció ya las bases de lo que iba a ser su versión, fiel a letra, al espíritu y al lenguaje de un compositor, de una música que él siente cercana y propia. El comienzo en solitario del Largo central, interiorizado, íntimo y preciso, dicho con un largo y único medio pedal (fidelidad al manuscrito), fue uno de los momentos álgidos de una versión sobresaliente desde todos los puntos de vista en sus tres movimientos, culminada con la brillantez exultante de un rondó que fue siempre natural y nunca exagerado. Ramón Tebar, desde el podio, tuvo la discreta lucidez de dejarse llevar por el criterio y autoridad artística del enorme pianista al que acompañaba. ¡Bravo!

La Orquesta de València sonó con una notabilidad que luego, en la Sinfonía Heroica escuchada como colofón del programa, apenas se mantuvo en las intervenciones de la flauta de María Dolores Vivó, del oboe de Roberto Turlo y los timbales de Javier Eguillor, que fueron poderoso soporte rítmico y métrico de una discreta lectura -no fue más- en la que no pasó absolutamente nada relevante. Ni siquiera en la prodigiosa Marcha fúnebre. Al final, quedó el recuerdo del puro Beethoven de Borís Giltburg. También del vibrante Rajmáninov en forma de preludio que regaló como propina.

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