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Alan Lomax y el viaje que cambió la historia de la música popular

El etnomusicólogo relata en ‘La tierra que vio nacer el blues’ su epifánica expedición a las fuentes de la cultura afroamericana en el delta del Mississippi

Alan Lomax, escuchando unas grabaciones en los años 50.

Alan Lomax, escuchando unas grabaciones en los años 50.

El cazador de canciones Alan Lomax llevaba un tiempo tras la pista de Robert Johnson. Había tenido el privilegio de escuchar las cintas que un equipo de Columbia Records había grabado en los años 30 a aquel joven y enigmático guitarrista durante una gira por el sur de Estados Unidos y enseguida comprendió que Johnson era “uno de esos individuos especialmente dotados a partir de cuyos logros trabajan las generaciones posteriores de artistas menos talentosos”. Así que se impuso el desafío de dar con él y hacer nuevas grabaciones. En 1941, en el curso de un periplo por el delta del Mississippi, Lomax, siguiendo las indicaciones del ‘bluesman’ Willie Brown, llegó hasta la casa de la madre de Robert Johnson, una choza de madera pintada en el condado de Tunica. Allí salió a recibirlo “una viejecita negra y flaca que llevaba puesto un saco negro de algodón, lleno de polvo del campo”. Cuando Lomax le explicó el motivo de su visita, la mujer respondió con voz inexpresiva: “Sí, señor, soy Mary Johnson. Y Robert es mi hijo menor. Pero el pequeño Robert está muerto”.

Así fue como el mundo supo que uno de los músicos de blues más influyentes de la historia, inspirador de numerosas leyendas de orden sobrenatural, había fallecido a los 27 años, probablemente envenenado por una novia o un marido celosos. La escena está recogida en ‘La tierra que vio nacer el blues’, un libro monumental que recoge las crónicas de los viajes que Alan Lomax hizo por el delta del Mississippi entre principios de los años 40 y finales de los 50 en busca de los grandes profetas del blues rural y que, 18 años después de ver la luz en su edición original, acaba de ser publicado en castellano por Libros del Kultrum.

Un tesoro musical

Considerado con justicia como el documentalista de folclore más importante del siglo XX y pilar fundamental de los estudios etnomusicológicos, Alan Lomax (1915-2002) consagró su vida entera a viajar por el mundo (España incluida) con su equipo de grabación para conservar y difundir un tesoro de canciones populares que de otro modo hubiera quedado sepultado en el olvido. Su labor tuvo un papel muy determinante en el renovado interés por el folk que sacudió la escena musical en Estados Unidos y el Reino Unido en los años 50 y 60 (“de no ser por Lomax, Bob Dylan estaría cantando ‘Feelings’ en el piano bar de algún Holiday Inn de Minnnesota”, dijo de él la revista ‘Newsweek’) y, sobre todo, en la reivindicación del blues como una de las principales formas artísticas genuinamente estadounidenses. Si no la más importante.

Lomax, que quedó hechizado por “el verdadero canto negro” cuando en 1933 acompañó a su padre en una expedición etnomusicológica por las penitenciarías de Texas, Tennessee y Mississippi, merece el crédito (entre otros muchos) de haber dado a conocer, con sus grabaciones de campo y sus emisiones radiofónicas, a titanes de la música popular como Son House, Big Bill Broonzy, Muddy Waters y Fred McDowell, artistas que empujaron a toda una generación de jóvenes a ambos lados del Atlántico a coger las guitarras y las armónicas e iniciarse en los insondables misterios del blues.

"No le dé la mano a un negro"

Todos ellos pasean su aura mítica por las páginas de ‘La tierra que vio nacer el blues’, un libro cuyo valor trasciende de largo la mera divulgación musical. Las crónicas que escribe Lomax sobre sus incursiones en villorrios remotos del delta del Mississippi son un testimonio vívido, y a ratos espeluznante, de un tiempo y un lugar en el que era peligroso que una persona blanca y una negra se dieran la mano allí donde alguien pudiera verles; un mundo en el que llamar “señor” en público a un hombre de color era motivo suficiente para recibir una reprimenda del sheriff local, con amenaza de calabozo incluida.

En esas difíciles circunstancias, Lomax emprende su viaje por la Ruta 61, “la autopista del blues”, comisionado por la Biblioteca del Congreso para llevar a cabo una investigación científica sobre la música popular en el Delta. Asiste maravillado a un improvisado concierto de Son House en la parte de atrás de “un viejo colmado que olía a regaliz, encurtidos de eneldo y tabaco de aspirar”; descubre con disgusto cómo los predicadores baptistas sustituyen en las iglesias los heroicos cantos espirituales por las formas mucho más reglamentadas del góspel; aprende canciones infantiles que ruborizarían al encargado de un local de striptease, y recoge en una barbería historias desternillantes sobre el apetito sexual de los reverendos locales.

La ruta del Blues

La ruta del Blues

La pistola y el látigo

También realiza una visita conmovedora a los presos del Penal Estatal de Parchman, “hombres que habían mirado a la muerte a la cara todos los días […] y aun así creaban canciones de un poder inigualable para que sus corazones siguieran latiendo”, y se sumerge en un abismo de terror con los relatos de Black Hat McCoy, un irlandés que trabajaba como capataz en las cuadrillas de construcción del dique del Mississippi, un mundo sin ley gobernado por el látigo y la pistola en el que se había “levantado la veda para la caza de los negros, a quienes se consideraba menos valiosos que las mulas que llevaban”.

Trabajadores en las vías del ferrocarril en 1944. CHESAPEAKE & OHIO RAILWAY

Y, por supuesto, mantiene iluminadores encuentros con los ‘bluesmen’ del Delta, a quienes ve como continuadores de la tradición del ‘griot’ de África occidental, el “bardo virtuoso” que desempeña el papel de depositario y custodio de la riquísima tradición oral de la comunidad. A menudo, las conversaciones con esos huidizos poetas rurales son como intercambios de descargas de rifle en los que se alternan los monosílabos y las frases lapidarias. En ocasiones, como sucede con el guitarrista Jack Owens, el recelo ante la presencia de un hombre blanco frustra el empeño: “Nos dijo que no entendía por qué habíamos ido a verle, porque él no sabía nada de blues ni había tenido una guitarra en su vida”.

Los ídolos de los Rolling Stones

Tal vez los ‘descubrimientos’ más relevantes que Alan Lomax hizo en el curso de aquellas expediciones fueron los de Fred McDowell y Muddy Waters. El primero trabajaba como agricultor cerca de Como, en el condado de Panola, cuando Lomax fue a visitarlo en 1959 en compañía de la cantante folk inglesa Shirley Collins. En el momento de la grabación de campo, McDowell se hizo acompañar por un amigo, a la segunda guitarra, y por su tía Fannie Davis, que se encargaba de la sección de viento tocando un peine de dientes finos envuelto en papel higiénico. Al cabo de poco más de una década, después de hacer giras por EEUU y Europa, Fred McDowell pudo abrir una gasolinera con el dinero de derechos de autor que recibió por la versión de ‘You got to move’ que los Rolling Stones incluyeron en el elepé ‘Sticky Fingers’.

Como es sabido, los Stones habían tomado su nombre de una composición del legendario Muddy Waters, un aparcero del condado de Issaquena aficionado a cantar blues cuya vida dio un vuelco el día del verano de 1941 en que Alan Lomax acudió a su encuentro en la plantación Sherrod de Stovall. Allí, en una pequeña habitación junto al economato, el joven McKinley Morganfield (tal era su nombre de nacimiento) hizo sus primeras grabaciones. Entre ellas, la de una canción llamada ‘Rolling Stone’. Persuadido del inmenso talento de Muddy (“sus obras propias eran más que blues, eran canciones de amor del Sur profundo”), Lomax volvió al cabo de un año para grabar más.

Algunos meses después, Muddy Waters recibió por correo un disco con dos de sus canciones editadas por la Biblioteca del Congreso y, al escucharlo, llegó a la obvia conclusión de que podía ser tan bueno como cualquier otro cantante y guitarrista de blues. Consultó con su abuela y, tras recibir su bendición, tomó una decisión. “Así que un día lluvioso en el que los campos tenían tanto barro que le llegaba a la altura de las rodillas, mandó decir al jefe que estaba enfermo y se subió al Illinois Central con dirección a Chicago”.

Cuando Muddy Waters y Alan Lomax volvieron a coincidir, 10 años más tarde, el músico conducía un gran Cadillac. Lomax seguía con su viejo Ford.

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