Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Crítica

Acuarelas decoloradas

El concierto de la OV.

El concierto de la OV. Live Music València

Volvió el maestro venezolano Christian Vásquez al Palau de les Arts. Si hace nueve años, en marzo de 2012, lo hizo invitado por la siempre despierta Helga Schmidt, ahora ha sido para dirigir el concierto conmemorativo del 25 aniversario de la Orquestra Filharmònica de la Universitat de València, algunos de cuyos jóvenes profesores han tocado al alimón con sus colegas mayores de la Orquestra de València. Si entonces, el prometedor maestro venezolano, nacido en Caracas, en 1984, aburrió con una anodina Quinta de Chaikovski, ahora, el miércoles, ha reiterado modos y maneras con una Italiana de Mendelssohn-Bartholdy que se escuchó tan anodina y decolorada como la gris versión de las Acuarelas valencianas de López-Chavarri que abrió tan baladí actuación.

La música delicada, impresionista, modernista y regionalista de López-Chávarri exige y requiere un trabajo más pulido, meticuloso y detallista, particularmente sus escuetas Acuarelas valencianas, compuestas en 1910 para orquesta de cuerdas, y cuya desnudez instrumental reclama un tratamiento más exquisito y minucioso en sus tres episodios. La amalgama de cuerdas de ambas orquestas sonó tan desajustada como desequilibrada, ayuna de un trabajo más a fondo y a conciencia. Christian Vásquez, que ya en su anterior visita -entonces al podio de la Orquestra de la Comunitat Valenciana- ofreció una correcta versión del estupendo Rondó Mirmidón del gran Llácer Pla, en esta ha pasado de puntillas para dejar una desdibujada y pálida lectura (que no más) del sutil tríptico de López-Chávarri.

Obra significativa, cargada de dramatismo, enjundia y bellezas pre impresionistas, estrenada en 1886, las Variaciones sinfónicas de César Franck es una de las mejores páginas concertantes de su época de transición. Las tocó en la recta final de su intensa vida el gran José Iturbi con la Orquestra de València, dirigidos por aquel otro gran valenciano que fue García Navarro, como bien recuerda Óscar Oliver en las pertinentes notas que incluye el programa de mano. En esta ocasión, el solista ha sido el ruso Andréi Yaroshinski (1986), ganador del Premio Iturbi en 2010, y cuyo pianismo impecable quedó inadvertido en una obra que más que fuerza y virtuosismo precisa fantasía, color, elasticidad y magia expresiva. La propina del conocido Preludio en do sostenido menor de Rajmáninov sirvió para aliviar amargores. Concierto y programa concluyeron con una rutilante y cuadrada Sinfonía Italiana en la que casi nada pasó. Memoria vacía.

Compartir el artículo

stats