Como Caballero, descendía de bodegueros jerezanos mientras que los Bonald, franceses y aristócratas, tuvieron su ringorrango en otras épocas, aunque en esta hayan cultivado un liberalismo político más puesto al día. José Manuel Caballero Bonald, premio Cervantes en 2012 y gran poeta y narrador de los 50 fallecido ayer a los 94 años en Madrid, asumió su herencia con un irónico determinismo en el que lo elegante no quitaba lo indignado. Sí, los indignados del 15-M se identificaron en los versos agrios de uno de sus últimos poemarios, Manual de infractores.

Cabellero Bonald y Brines, compañeros de generación. | L-EMV

Y es que podía tener aspecto de caballero (en minúscula) de la mano en el pecho o de Marqués de Bradomín y puede ser que sus piernas ya no le respondieran como antes pero su cabeza estaba agilísima, con una fuerza juvenil que no acalló ese pequeño y malicioso demonio interior que le permitía contemplar a sus semejantes sin los tapujos de las convenciones sociales.

A pesar de los años, a José Manuel Caballero Bonald, Pepe Caballero, no se le atemperó la pluma. Implacable era de joven y todavía lo fue de mayor. La prueba es que, en 2017, acompañando la redonda celebración de sus 90 años, apareció Examen de ingenios (Seix Barral), casi un centenar de retratos donde pasaba revista con su prosa adornada pero sin masajes innecesarios a un gran puñado de escritores y artistas. Buena parte no estaban ya ahí para responderle u ofenderse porque Caballero Bondad prescindió de autores de generaciones posteriores a la suya y los que estaban vivos se contaban con los dedos. Privilegios de haber sobrevivido, de ser el guardián último de las historias.

Pero no todo en el libro fue dar cera a sus contemporáneos, Caballero era un hábil crítico y guardaba también mucho cariño hacia autores como Octavio Paz, el valenciano Francisco Brines y José Agustín Goytisolo - «al que más quise pero no al que más valoré»-, por poner solo tres ejemplos entre muchos. También intentó ser equitativo, pese al demoledor retrato de Cela, de quien fue secretario muchos años en la revista «Papeles de Son Armadans»-y confeso amante de su primera mujer, Rosario Conde-, no negó al «nobel» su disposición a las «convivencias bondadosas». Pero en líneas generales no le temía a las enemistades. «A estas alturas de mi biografía todo eso me trae sin cuidado. O sea, que escribo lo que pienso y punto», aseguraba desde su domicilio madrileño.

Criterio personal

Para el poeta y narrador la mayor dificultad a la hora de escribir estas semblanzas la planteaban aquellas personas que le merecían el mayor de los respetos pero cuyas obras le interesaban más bien poco. «Es difícil equilibrar esos juicios». De ahí que aseguraba haber eliminado algunos de esos retratos por razones selectivas.

Así el poeta fue más duro con los autores que más había tratado. Y aquí viene al pelo una irónica frase de Eugene O’Neill -»No es necesario conocer a la oca para degustar su paté»-, en referencia a la posible decepción que puede producir el conocimiento personal de un escritor admirado por su obra. Si Caballero no hubiera tratado a Borges, Neruda, Pla o Cela habría tenido mejor consideración de todos ellos. «Persona y obra no tienen por qué estar relacionadas. Es más, es mucho más recomendable no conocer al autor». En el caso de Pla, se confesaba arbitrario sin ambages. «El Josep Pla que yo conocí parecía más bien un payés maleducado y eso afectó sin duda a mis juicios generales».

Así era Caballero Bonald. Asumía la mordacidad como una forma de llegar a su verdad, cosas de alcanzar una edad casi bíblica que, sobre todas las cosas, le sorprendía: «Cumplir 90 años me produce una sensación mezcla de incredulidad y desconcierto. Y una pregunta que de tanto repetirse es ya un lugar común: ¿cómo es posible que tenga ya tanto pasado por delante?». En sus últimas entrevistas, el poeta aseguraba que ya no iba a escribir más, pero por suerte siempre se le cruzaba una idea aprovechable y volvía a la carga. «Ahora ya no, con mi edad no puedo plantearme ningún proyecto literario. No tengo ni tiempo ni ganas».