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Análisis

¡Benvingut, mestre Liebreich!

El maestro alemán durante su presentación a los medios el pasado miércoles.

El maestro alemán durante su presentación a los medios el pasado miércoles.

Llega Alexander Liebreich a la titularidad de la Orquestra de València apoyado por los propios músicos y en una inapelable carrera profesional. A sus 53 años, se encuentra en un momento óptimo profesional y personal. “En un punto central de mi vida” como declaró ayer a Levante-EMV. Cuenta, además, con el apoyo decidido de unos políticos que, por una vez, han tenido sensibilidad y sentido común para escuchar y atender la opinión de los profesores de la OV. Todo pinta de perlas. Sí, pero…

Los obstáculos y frentes que tendrá que afrontar a lo largo de los cinco años que tiene por delante no son pocos ni minúsculos. No sé hasta qué punto el maestro bávaro es consciente de ello, de la burocratizada maquinaria administrativa que desde siempre lastra y hasta torpedea el día a día de la OV; de la terrible situación de ser titular de una orquesta actualmente sin sede, que deambula errante por diversos espacios de concierto de la ciudad -no siempre en las mejores condiciones- a la espera de que comiencen y concluyan unas obras de restauración del Palau de la Música que al paso que no van parece se van a prolongar más que las de la Sagrada Familia de Barcelona.

También de la dramática pérdida de abonados que conlleva esta fatalidad, potenciada por la realidad inevitable de la pandemia. A ello aún se añade la perniciosa hipoteca del acuerdo al que el Palau de la Música llegó con Ramón Tebar para que éste no montara mucha escandalera por la no renovación de su contrato caducado, y que prevé que el maestro valenciano recupere la próxima temporada nada menos que los diez conciertos que no pudo hacer en su día al ser cancelados por la pandemia. Este lastre, inaceptable tanto por el lado político como por el propio Tebar -quien nunca debió exigir dirigir donde ya no es bienvenido, por muy rentable que económicamente le resulte la ignominiosa operación-, supone que el antiguo titular, rebautizado ahora con el vacuo título de “director principal asociado”, dirigirá la próxima temporada (2021-2022) bastantes más conciertos que el propio Liebreich. Un despropósito difícil de encajar con el momento de cambio y renovación que debería implicar el vivificante cambio de titularidad.

A diferencia de sus predecesores, Liebreich ha llegado a València sin vender humo. En contraste con los Dulcamaras que sí han sido algunos de sus predecesores, él se ha mostrado con los pies en la tierra y con plausible franqueza: “Nada mejor que la verdad de expresarse uno tal como es y siente”, dice con honestidad y profesionalizado sentido de la realidad. Nada de las viejas giras de escaparate de nuevo rico y de prometer el oro y el moro; nada de que va a situar “a València y a su orquesta en el mapa”.

Liebreich recala con dignidad, cultura y sentido común, que es cualidad poco común por estos tiempos y lares. “El trabajo ha de hacerse y desarrollarse en València”, aseguró en la entrevista publicada ayer en estas mismas páginas. Muy sencillo y obvio, desde luego, pero casi inaudito. “Llego para servir a la Orquestra de València con mi conocimiento y experiencia”. Hasta ahora, por lo que ha dicho y mostrado, todo apunta a lo mejor. Sus inquietudes didácticas, de abordar nuevos repertorios con renovadas perspectivas, relacionándolos con los clásicos de siempre; su idea de promover encargos y residencias de compositores e intérpretes, como también la declarada voluntad de esquivar cualquier rutina, apuntan a un futuro esperanzador, quizá también ilusionante.

Su formación humanística avala también tan favorables expectativas. Como su irrefutable solvencia en el podio. ¿Podrá tanta virtud soportar y convivir con la losa administrativa de un Palau de la Música atenazado desde su apertura en abril de 1987 por una burrocracia municipal que ni siquiera permite, casi ya dos años después de su cierre, en julio de 2019, acometer las imprescindibles obras de reparación que posibiliten su apertura? Toquemos madera y pongamos una velita a San Expédito. Por el Palau de la Música, por la querida “Orquesta Municipal” y por la sufrida melomanía valenciana. ¡Benvingut, mestre Liebreich!

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