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El valenciano que conquistó América

Foto de archivo de Vicente Blasco Ibáñez.

Foto de archivo de Vicente Blasco Ibáñez.

Hoy, día 15 de mayo se cumplen cien años del gran homenaje que la ciudad de València le rindió a uno de sus hijos más destacados, Vicente Blasco Ibáñez, tras su regreso triunfal de los Estados Unidos. Los valencianos, encabezados por su alcalde, Ricardo Samper, con el respaldo unánime de los grupos que constituían el ayuntamiento en pleno (sin distinción de colores políticos) le rindieron toda una semana de homenajes, y cada uno de los actos programados contaron con un enorme respaldo popular, como se puede comprobar gracias a las imágenes fotográficas y documentales que se imprimieron con tal motivo.

Aquel valenciano, nacido junto al mercado central, e hijo de una modesta familia de comerciantes, había conseguido lo que parecía imposible, ser aclamado por el país que se había convertido, tras la I Guerra Mundial, en la gran potencia mundial, haciendo de él un auténtico ídolo de masas, asociando su nombre al de aquel rincón de España que le vio nacer, València.

Pero el camino no había sido nada fácil. Tras dedicar su juventud a difundir su ideología republicana (para lo que utilizó sus dotes innatas para el periodismo y la literatura, junto a una gran tenacidad y capacidad de trabajo) consiguió finalmente que València se convirtiera, a finales del s. XIX, en una isla republicana en un país declaradamente monárquico, e intentó llevar esas mismas ideas hasta el propio Congreso de los Diputados, con poco éxito, como era de suponer.

El valenciano que conquistó América.

Cuando aún no tenía 40 años, y lo era todo en València, sufrió una profunda crisis, tanto a nivel político como personal, así que decidió cortar con su vida anterior y empezar prácticamente desde cero, para dedicarse por entero a la que se había convertido en su verdadera vocación, la literatura.

Con la clara intención de obtener un éxito comercial escribió el que se considera uno de los primeros antecedente de los «best seller», ‘Sangre y arena’, y poco después marchó a Argentina para hacer realidad dos sueños aparentemente contradictorios, ganar dinero y poner en marcha dos colonias, basadas en los principios de la justicia social.

Como suele ocurrirle a muchos emprendedores, esa iniciativa fracasó por diversas circunstancias, y tuvo que regresar, arruinado, a Europa, donde se encontró de bruces con el mayor conflicto bélico conocido hasta ese momento, la Gran Guerra Europea. Su posicionamiento, claramente favorable al que había sido su ideal de república, Francia, le movió a convertirse en «soldado de la pluma», recorriendo los frentes de batalla como corresponsal de guerra y actuando como propagandista de la causa aliada.

El valenciano que conquistó América.

Todas esas experiencias las condensó en un libro, ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’, publicado en 1917, pero que no levantó ningún entusiasmo en una España teóricamente neutral, pero que se alineaba con las ideas de las Potencias Centrales (Alemania y Austria-Hungría).

Sin embargo, cuando se publicó en los Estados Unidos, en 1918, traducida al inglés, cayó en un terreno abonado, ya que en ese momento acababan de entrar en ese conflicto bélico, que ahora conocemos como la I Guerra Mundial, cosechando un éxito inmediato. 

Solo el primer año se vendieron cerca de un millón de ejemplares, y se estima que el número de ejemplares vendidos de esta novela en los Estados Unidos superó los 3 millones. De ahí que en diversas revistas especializadas se afirmase que fue el libro más vendido en los Estados Unidos en los años 1919 y 1920, sólo superado por la Biblia, y por delante de las obras de los principales escritores en habla inglesa de la época.

Su éxito fue tan rotundo que ya en octubre de 1918, Federico Onís, Catedrático de la Universidad de Columbia, convenció a Archer Huntington, presidente de la Hispanic Society of New York, para que invitara a Blasco a los Estados Unidos: «Venga Vd. a N.Y. inmediatamente. Ha llegado su hora. No la desaproveche».

En junio de 1919, el empresario James B. Pond se sumó a esta iniciativa y le propuso hacer una gira por los Estados Unidos, impartiendo conferencias, cuya duración prevista sería de seis meses y abarcaría más de 100 ciudades.

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El 18 de octubre de 1919 Blasco Ibáñez embarcó en el puerto de Le Havre, llegando a Manhattan el 27. El primero de noviembre visitó los estudios de la Fox, en Nueva York, y el tercero dio su primera conferencia, en la Universidad de Columbia, que trataría, como no podía ser de otra forma, dada su admiración, sobre Miguel de Cervantes y su inmortal novela, ‘Don Quijote de la Mancha’. Por cierto, todas sus conferencias las dio en castellano, y los asistentes, vestidos de rigurosa etiqueta, pagaban por asistir, como si se tratase de escuchar a un divo de la ópera. Y así, entre noviembre de 1919 y marzo de 1920, recorrió los Estados Unidos de costa a costa, con un ritmo frenético, que le llevaba a visitar una ciudad distinta cada dos días, simultaneando sus conferencias con banquetes, entrevistas, homenajes y todo tipo de agasajos.

El valenciano que conquistó América.

Como hitos de ese periplo cabe destacar su visita a los estudios de la Metro Pictures Corp., donde ya se estaba rodando la película basada en su novela, protagonizada por Rodolfo Valentino, que obtuvo un éxito de público clamoroso. La entrega, el 23 de febrero, del título de Dr. Honoris Causa en Letras por la Universidad Georges Washington, acto al que acudieron 4.000 personas, además de otras tantas que se quedaron fuera del recinto por falta de aforo. O la organización de una Semana Blasco Ibáñez, celebrada en Washington, en el transcurso de la cual fue aclamado por el Congreso y el Senado de los Estados Unidos.

Tras regresar a Nueva York partió hacia México, invitado por su presidente, Venustiano Carranza, con la intención de mediar en la mejora de las relaciones entre México y los Estados Unidos, que en aquel momento pasaban por un momento de gran tensión. Además, tenía previsto documentarse para escribir un libro elogiando a México, que se titularía ‘El águila y la serpiente’.

Desgraciadamente, la situación real del país distaba mucho de lo esperado y el libro quedó incompleto, siendo sustituido por una serie de diez artículos, dirigidos a los diarios de los Estados Unidos (un artículo de Blasco Ibáñez se publicaba, simultáneamente, en 700 cabeceras distintas, a lo largo de todo el país), que se recopilarían más tarde en un libro titulado ‘El militarismo mejicano’.

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A su regreso a Europa, Blasco Ibáñez se trajo en el bolsillo una decena de contratos, con las principales productoras cinematográficas del momento, y otros tantos con las mejores editoriales y cadenas periodísticas, entre ellas, la de William Randolph Hearst, que poseía numerosas cabeceras distribuidas por todo el país.

Los americanos se identificaron plenamente con Blasco Ibáñez, admiraban de él su condición de hombre hecho a sí mismo, que, desde una condición humilde, había llegado a ser todo un triunfador. Si ese hecho lo aliñas con una vida de aventuras, viajes y exilios, Vicente Blasco Ibáñez, el personaje, pasaba a la categoría de mito.

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