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MÚSICA CRÍTICA

El viola inolvidable

Beatriz Fernández Aucejo, el viernes en Les Arts. | LIVE MUSIC VALENCIA

Beatriz Fernández Aucejo, el viernes en Les Arts. | LIVE MUSIC VALENCIA

El Festival Ensems prosigue su azarosa singladura por los vericuetos de la música contemporánea y de sus sempiternas estrecheces. En su vigésima primera edición, ha presentado un programa que reunía obras de tres compositores tan disímiles como la surcoreana Unsuk Chin (1961), el polaco Krzysztof Penderecki (1933-2020) y el valenciano Enrique Sanz Burguete (1957), de quien se estrenó La mente y el corazón, sugestivo y hábilmente labrado fresco sinfónico inspirado en textos del filósofo y maestro advaita hindú Nisargadatta Maharaj.

En esta nueva obra, bien defendida en su estreno el viernes por la Orquestra de València y la directora de Paiporta Beatriz Fernández de Aucejo, la pulida tímbrica sonora y emocional de Sanz Burguete no elude la influencia y el reflejo de Olivier Messiaen. El desnudo contenido emocional, fracturado y cohesionado a un tiempo, es evidenciado por la sutil línea argumental con que la paleta veterana y maestra del autor traza y trata los abundantes pequeños motivos temáticos que nutren la nueva partitura, que se conforma como la última e impactante revelación de la plenitud creadora del compositor valenciano.

El estreno de La mente y el corazón fue colofón brillante y merecidamente bien aplaudido de un programa en el que antes, el siempre admirable y admirado viola valenciano David Fons puso su virtuosismo instrumental y densidad expresiva al servicio del Concierto para viola de Penderecki, obra que encontró en las vibrantes cuerdas de su viola Bisiach de 1954 una realización impecable y de altos vuelos, manifiesta ya desde el cromático motivo inicial que tan melancólicamente inaugura la partitura, compuesta por encargo del gobierno bolivariano de Venezuela en 1983 para conmemorar el segundo centenario del nacimiento del «libertador» Simón Bolívar. Como explica con detalle Antonio Gómez Schneekloth en las lúcidas notas del programa de mano, el concierto «no muestra el lado triunfal de la victoria, sino más bien el precio que hay que pagar por ella».

Desde esta perspectiva, David Fons planteó una versión de dramática intensidad, en la que el virtuosismo instrumental -inolvidable el modo en que expresó el comprometido y magistral pasaje en armónicos que tan emocionalmente cierra el concierto- fue soporte de una visión plena de contenidos, sugestiones y fuste instrumental. Contó con la colaboración fiel, implicada y efectiva de Fernández Aucejo y de los profesores de la OV. Aplaudido por todos, David Fons, que revalidó su condición evidente de ser uno de los selectos grandes instrumentistas nacidos en la Comunitat Valenciana, cerró su actuación con el regalo de la contemporaneidad siempre latente de Ligeti, de quien revivió los compases magistrales del primer movimiento –«Hora lungä»-, de la Sonata para viola que en los primeros años noventa el compositor húngaro compone para Tabea Zimmermann tras escuchar una interpretación suya en la radio.

Las músicas de Ligeti, Sanz Burguete y Penderecki dejaron pronto en el olvido los compases inaugurales del programa, conformados por los tres movimientos de Graffiti, de la celebrada Unsuk Chin. Una obra de corte casi camerístico en la que nada pasa, ni siquiera en los campanazos tópicos que abren el «Notturno urbano» que establece como segundo movimiento. Hija de Darmstad y de las viejas vanguardias renacidas tras el fin de la II Guerra Mundial, al escuchar sus tres movimientos vienen a la cabeza del crítico las palabras que en los años noventa le dijo Esa-Pekka Salonen en un almuerzo en Las Palmas: «De todo aquello, solo queda un montón de solos de flauta que no hay dios quien los aguante». Pues eso. ¡Feliz domingo!

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