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Luis Francisco Esplá: "El toreo no ha sabido aprovechar la pandemia"

El espada alicantino, que hoy cumple 45 años de alternativa, defiende que el coronavirus tenía que haber servido para "enseñar" el mundo taurino a través de la televisión

El maestro Luis Francisco Esplá en su finca alicantina, la Taifa de Jorba | J. ROCH

Entrar en la Taifa de Jorba es enamorarse del universo de Luis Francisco Esplá (Alicante, 1957). Entre la carretera d’Aigües y Relleu, se levanta el templo espiritual del maestro alicantino, una persona inquieta, ágil y enjuta que se expresa con un lenguaje pintoresco, enjuagado con esa distinción intelectual que aportan sus variadas aficiones: la pintura, la ópera, el judo, las motos y la caza. Un cráter debajo de la sien derecha recuerda la cornada más grave de una carrera con más de tres décadas en activo.

¿Es fácil colgar el traje de luces?

La experiencia es insustituible. La muerte está latente, aunque no me gusta presumir de este riesgo, pero precisamente es el que le da sentido a la vida del torero. Tener esa presencia constante cambia la forma afrontar el día a día y, una vez me retiré, me sentí como sedado.

¿Qué añora de su tiempo como torero?

Mi relación con el toro y la tensión de poder crear con él, pero había síntomas como el peso del traje, el hecho de dormir mal o no poder comer el día de la corrida que me indicaban que me tenía que retirar por una cuestión de ética y respeto al espectador. Desde la tarde de Arles en 2016, no he vuelto a torear. Ni en el campo.

¿Qué recuerda de su alternativa en Zaragoza?

Ese día entendí que hacer el paseíllo significaba ser mal torero hasta que no se demostraba lo contrario. Ese primer año tuve una crisis total, fue decepcionante porque me cogían los toros y no sabía por qué.

¿Cómo se sobrepuso?

Era joven, tenía 18 años, y nunca me rendía ante los toros, los compañeros y las circunstancias. Tenía ese punto de soberbia, que a veces era hasta ilógica e irrespetuosa, pero me volvió a hacer disfrutar delante del toro.

¿Qué le sorprendió?

Las caras de los toreros en el patio de cuadrillas. Muchos ni me saludaban porque era el más joven y otros solo me daban la mano pero ni me miraban hasta que no tuve la aceptación de las figuras.

Eso es la competencia.

Sí, ahí comprendí que en el toreo solo se admite la excelencia. Por eso, cuando ahora veo a los toreros darse abrazos antes de torear pienso que están en un spa y no en una plaza de toros.

¿Por qué ha desparecido la rivalidad?

Por la globalización de la tauromaquia. Hemos vivido años donde había un referente, hablo de Ojeda, Espartaco, Joselito o Ponce, y todo lo que no fluctuase imitando esos conceptos, no servía. La afición, ahora, tiene un concepto del toreo que roza la perfección y esto es triste porque cualquier enganchón arruina una faena.

Las ganaderías tampoco han ayudado.

Antes, la emoción en una faena la aportaba el toro con su comportamiento y, ahora, es el torero quien debe de hacerlo dada la previsión del toro. Roca Rey es el único torero que junto a Ferrera impactan porque rompen la línea de diálogo con el toro que el espectador ya tenía creada. El toreo tiene que ser imprevisible.

¿Cómo ha afectado el coronavirus al toreo?

El toreo no ha sabido aprovechar la pandemia y, además, había desaparecido de la actualidad. La pandemia tenía que haber servido para enseñar al toro en su hábitat, para llevar a los toreros al campo y para mantener charlas con los ganaderos y que, a través de ese conocimiento y gracias a la televisión, se conociera en su totalidad este mundo.

La sociedad ha puesto la fiesta taurina en entredicho.

Hay una frase de José María Pemán que dice que, en su época, ‘la gente hablaba de la muerte porque la entendía’. Ahora ya no hablamos de la muerte porque se ha convertido en una especie de tabú y, en el toreo, esa muerte se hace presente. Por eso se ha puesto en entredicho.

¿Por qué molesta la presencia de la muerte?

Entender la muerte en la vida, ser consciente de esa finitud, nos hace más humildes, sin embargo ahora hay una soberbia absoluta en el planteamiento de la existencia. Por eso, la pandemia ha sida una cura de humildad para el ser humano porque ha demostrado que somos débiles, frágiles y, sobre todo, mortales.

¿Somos demasiado sensibles?

Nos hemos infantilizado. Antes teníamos arquetipos que contemplaban la muerte, como el héroe homérico, y ahora se han cambiado por unos referentes más volubles y lábiles. Es decir, nos comportamos como un niño, con un estado de egoísmo latente, que busca ídolos que subsanen nuestros intereses vitales, pero no los emocionales.

¿Por qué hemos padecido ese cambio?

Porque el ciudadano lee la naturaleza, tanto ética como emocionalmente, a través de su mascota. Es decir, cuando el león se come a una cebra para sobrevivir piensan que se lo están haciendo a su mascota. Y no hay elemento más duro que la naturaleza porque no tiene ética.

¿Y el animalismo?

Es situar al animal por encima de todas las pretensiones y al animal debemos ubicarlo en el contexto de la naturaleza. En mi casa tenía palmeras con más de 300 golondrina y no he tirado insecticida para mantenerlas en su ecosistema. También tenía almendros pero, como la cooperativa me obligaba a fumigar, los quité. No hago nada que atente contra la naturaleza ni contra el bienestar de los animales en el campo porque soy amante de ellos, pero sí pienso cazar para regular las especies y comerme el pollo que yo mismo crío en mi casa.

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