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Crítica

Campanadas y morbidez

Tanto como unos campeonatos de natación precisan una piscina con agua, la música requiere imperiosamente unas mínimas condiciones acústicas, por debajo de las cuáles todo es imposible. Ocurre en el Teatro Principal, cuyas insufribles carencias acústicas perjudican severamente la calidad de la Orquestra de València, y pasa en el escandaloso Centre Cultural de l’Almodi, maravilloso espacio, sí, desde luego, pero tan inútil para la música como una piscina sin agua para un campeonato de natación. Mientras no se insonorice adecuadamente de los mil y un ruidos que se cuelan desde el exterior -el sábado fue el repicar interminable de campanas vecinas, otros días niños juguetones en la plaza, otros las bocinas de cualquier atasco y así hasta el infinito-, su estupenda sala es definitivamente inútil para la música.

Por fortuna, la profesionalidad y empeño de los tres solistas en forma de trío que el sábado actuaron en el imprescindible ciclo de música de cámara promovido por el cerrado Palau de la Música se impusieron sobre tanto repiqueo de campanas, pero no pudieron evitar que al final, se sintiera la impresión de que más que un trío para clarinete, fagot y piano, se había escuchado el estreno de una curiosa improvisación para campanas y trío instrumental. ¡Un desastre!

La única pieza que se libró de tanto badajo alocado fue la que abrió el programa, la Segunda pieza de concierto, para clarinete, fagot y piano, de Mendelssohn-Bartholdy, en cuya interpretación cada uno de los integrantes de este bien avenido y trabajado trío -el clarinete Juan Antonio Fenollar, el fagot Juan Sapiña y el pianista Óscar Oliver- puso sus sonoridades y calidades al servicio de una visión global y unitaria muy identificada con el estilo claro, clásico y romántico a un tiempo, que distingue esta joven obra, fechada en 1833 pero no publicada hasta 1869, muerto ya su creador, con un tardío y equívoco opus 114 como número de catálogo.

Luego, Juan Sapiña, fagot solista de la Orquestra de València, tocó la Pieza de salón para fagot y piano de Johannes Kalliwoda, en la que se benefició del bien dispuesto acompañamiento pianístico de Óscar Oliver. Sapiña, con ese sonido mórbido y al mismo tiempo ágil que tanto le caracteriza, sorteó con virtuosismo y precisión las endiabladas y velocísimas figuraciones de esta página de exhibición, cuyas rapidísimas notas casi convierten en agua de borrajas al mismísimo trabalenguas del «Largo al Factotum» del rossiniano El barbero de Sevilla. Ya con el adorno insoportable de las nada lejanas campanas, Juan Antonio Fenollar, concertino de la Banda Municipal de València, recreó con gusto, calidad y medios las sutilezas melódicas y los ritmos contagiosos del Dúo para clarinete y piano del infravalorado Norbert Burgmüller.

El acampanado concierto se cerró simétricamente con el regreso a la gran música de Mendelssohn-Bartholdy, en esta ocasión con la primera pieza de concierto, la Opus 113. Desde el Allegro con fuoco inicial, hasta el Presto conclusivo, el trío se volcó en superar e incrementar -quizá inconscientemente- el volumen y las gradaciones dinámicas para intentar sortear el horror de las entrometidas campanas, más empeñadas en dar la nota que en celebrar el Corpus, alguna comunión o vaya usted a saber qué. Indemnes al desaliento, y ante los bien ganados aplausos, los tres artistas aún tuvieron coraje y generosidad para regalar fuera de programa una danza cubana de Ignacio Cervantes arreglada por Paquito D'Rivera. La contagiosa morbidez expresiva de Sapiña sentó de maravilla a la delicia caribeña.

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