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Crítica

Ahí, aquí, comenzó la historia…

El particular ciclo de conciertos y actividades que el cerrado Palau de la Música ha dedicado a José Iturbi con motivo de la conmemoración del 125 aniversario de su nacimiento ha tocado fin con un concierto de la Orquestra de València cuyo programa recreaba la «más que controvertida incursión en el mundo del celuloide» del pianista valenciano, por utilizar las palabras del también pianista Óscar Oliver, muñidor de esta rehabilitación del manoseado nombre de Iturbi. Como solistas del programa, un camaleónico Vicente Antequera convertido en superlativo showman y el trío vocal Dómisol Sisters. En el podio, el lujo de Rodrigo Tomillo, un maestro «de categoría» y de méritos más que sobrados para volver a la Orquestra de València con un repertorio más acorde a sus cualidades y proyección.

Con profesionalidad sobresaliente, talento a raudales y esas tablas labradas en tantos años de trabajo en teatros de ópera alemanes, el maestro sevillano sacó adelante la velada con el empeño imposible de dotar entidad a los terribles arreglos de grandes páginas pianísticas programados, desde el bodrio de la orquestación de la Polonesa heroica de Chopin, ridículo triangulito incluido, que sin duda hubiera aborrecido el fino artista que Iturbi llevaba en su interior, a las ramplonas vulgaridades orquestales escuchadas -y sufridas- de obras tan características del repertorio pianístico de Iturbi como el Claro de luna de Debussy o El sueño de amor de Liszt. El empeño clarificador de Tomillo no hizo sino hacer aflorar con mayor relieve aún tan rústicas orquestaciones.

Sí pudo dejar constancia de sus maneras y oficio en una Danza del fuego de Falla plena de sentido y en una no menos fogosa versión del movimiento final de la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvoŕák, mermada en su intensidad por la deficiente acústica del Teatro Principal, cuya megafonía ha sido responsablemente temperada, aunque no el frío cuasi polar de su sala, que sigue siendo el mismo de siempre. ¿No se ha enterado el encargado del aire acondicionado de que la luz anda por las nubes, y de que el Frenadol también? ¿No habrá comisiones? ¡En esta València en la que tanto ha pasado cualquier cosa es posible!

Lo mejor, más original y más novedoso de la iturbiana velada fueron las canciones y temas de películas de Hollywood protagonizadas en los allí dorados años cuarenta por un Iturbi transfigurado en falso galán. Una labor con la que ganó dólares y popularidad, que «hice porque me interesaba» confesó muchos años después, pero que, como refiere Oliver en el jugoso programa de mano, «engulló al hasta entonces indomable Iturbi para convertirlo en mero entretenimiento de sobremesa».

Mimado por la experta y operística batuta de Tomillo -actual «Generalmusikdirektor» en la Ópera de Hagen, y antes en Kaiserlautern-, el barítono valenciano Vicente Antequera estuvo definitivamente genial, armado en su fantástica presencia escénica, en una figura que nada tiene que envidiar al más fino galán de Hollywood, en un desparpajo que para sí quisieran muchos actores, y, sobre todo, en una voz que, a pesar de la imprescindible amplificación, se manifestaba tan bella como robusta y expresiva. Con su chaqueta blanca inmaculada y su guapura natural, habló, cantó y actuó para recrear y cantar algunas de las canciones tocadas por Iturbi en el cine junto a estrellas de la época, como la gran Judy Garland, con la que el valenciano coprotagonizó Thousands Cheer, de George Sidney, película de 1943 en la que interpretaron el célebre boogie-woogie «The Joint is really Jumpin’in in Carnegie Hall».

Las componentes del trío Dómisol contribuyeron con su estilizado hacer vocal y escénico a la redondez de tan evocadora y disímil tarde. Al acabar, a eso de las nueve, y después de muchos aplausos y bravos, a las puertas del mismo Teatro Principal en el que Iturbi tantas veces tocó y dirigió a «su» Orquesta Municipal, aún alumbraba el último sol vespertino. El mismo que iluminó y quizá conmovió su infancia y hasta su nacer, cuando su madre, Teresa Báguena, hizo aguas en la misma platea del Principal, durante una representación de Carmen. Fue el 28 de noviembre de 1895. Ahí, aquí, comenzó la historia…

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