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MÚSICA CRÍTICA

Noche transparente y silenciosa

Hacía fresco la noche del domingo en el Patio de los Arrayanes. Noche de Festival y de gran música. Noche transparente y silenciosa. Propicia para escuchar el ultimísimo Schubert, el del compositor que a punto de morir, con 31 años, se despide con El canto del cisne, el polícromo ciclo de canciones que escribe en 1828 sobre versos de Ludwig Rellstab y Heinrich Heine. El dolor y la ilusión, la nostalgia y sus evocaciones, el temor y la desazón, se sintieron tanto como la inesperada felicidad, luminosidad, sosiego y amor que vierte a lo largo de las trece canciones de su variopinto testamento musical, al que se incorpora la ajena La paloma mensajera, sobre texto de Johann Gabriel Seidl, añadida por el editor en la primera edición del ciclo, pese a que Schubert nunca la pensó para él.

El barítono alemán Florian Boesch (1971) es uno de los grandes liederistas actuales. Lo sabe bien el melómano español, que ha tenido ocasión de disfrutar de su canto natural y directo en sus siempre bienvenidas actuaciones, sobre todo en Madrid, donde hace apenas unos días culminó su «residencia» en el XXVII Ciclo de Lied con el Diario de viaje de los Alpes austríacos, de Ernst Krenek. Boesch es artista siempre cercano a la música y al espectador. Ajeno a manierismos, rebuscamientos y protagonismo. En la Granada de festivales, fundido de nuevo con el piano cómplice de Malcolm Martineau, en la noche única de los Arrayanes, este antidivo se sumergió en Schubert para revivirlo también en los silencios de música (Beethoven dixit) que habitan entre cada canción. El público, con su silencio absoluto, fue copartícipe de una versión en la que cada instante, cada sílaba y palabra, cada nota, cada modulación y armonía, cobró relieve y sentido. Incluso el repicar remoto de una solitaria campana o los ladridos de un lejano perro se incorporaron armoniosamente a la noche schubertiana.

Ocurre con la acústica sin techo de los Arrayanes algo parecido a lo que sucede ante el foso invisible de Bayreuth. Como la retina ante el sol, el oído precisa «aclimatarse» a una sonoridad distante, atenuada y «espacial». Son apenas unos minutos. Pronto, con el oído «dilatado» como el ojo ante la luz, la música, de Wagner allí y de Schubert en Granada, llega con claridad y una intensidad que nada tiene que ver con volumen. Así, en la noche ideal, en el espacio único, Boesch narró y sumergió a todos en la gran pequeña historia que cuenta y es cada canción. Como si la música y la palabra habitarán en él más allá de su voluntad. El visible sobresalto, casi susto, que se llevó cuando escuchó en el piano el dramático comienzo de «El Atlas» visibilizaba lo que con su voz y expresión tanto mostró y demostró.

Lied a Lied, canción a canción, con una voz nacida más del alma que de la garganta, Boesch y el teclado de Martineau –que también «cantó» toda la noche- recorrieron fusionados los sucesivos paisajes, desde el «Mensaje de amor» que tan despreocupadamente inaugura el ciclo, a páginas tan hermosas y conocidas como «Serenata» y «Despedida». Y se transformaron y sumergieron con similar veracidad y fidelidad en el enigmático relato de «La ciudad», el tremendo «Presentimiento del guerrero», el ensoñado soliloquio «Junto al mar», la efusiva evocación de «La joven pescadora» a la asombrosa e inesperada serenidad y ligereza de «La paloma mensajera», último lied compuesto por Schubert, que ambos intérpretes tuvieron el acierto de ofrecer como propina de una noche en la que el silencio conmovió tanto como la música transparente de Schubert.

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