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Crítica

¡Vaya pares!

¡Vaya pares!

¡Vaya pares!

El reencuentro en las benignas noches estivales con el «marco incomparable» del claustro neoclásico del Centre Cultural de la Nau es siempre una experiencia grata y sugestiva. Allí, con la estatua de Lluís Vives como convidada de piedra del Festival Serenates, actuó el viernes la Orquestra de València en un concierto que ya es tradición en la programación surtida de una cita que desde tantos años promueve la Universitat de València. En los atriles, músicas del valenciano Martín i Soler y de su colega Mozart, apenas dos años más joven que el creador de la ópera Una cosa rara.

Fue precisamente la obertura de esta ópera de Martin i Soler, citada como es sabido por Mozart en Don Giovanni, la que abrió un programa dirigido por el sevillano radicado en València David Gómez, del que lo mejor que se puede decir sería no decir nada. Fue una lectura ramplona, insegura, desajustada y ajena a estilo y estilizaciones, calificativos que sirven igualmente para la olvidable y ya olvidada Sinfonía Haffner que cerró el programa, cuyos cuatro movimientos estuvieron, además, empañados por intervenciones solistas y seccionales que no acertaron ni a superar problemas propios ni los derivados de la batuta y de una acústica al aire libre que siempre amplifica dificultades.

Lo mejor de una noche que fue más grata por el marco arquitectónico que por lo en él escuchado resultó la participación solista en el Concierto para dos pianos de Mozart de dos intérpretes tan cercanos y competentes como Óscar Oliver y Carlos Apellániz. Uno y otro fusionaron sus pianismos y maneras en una suerte de instrumento único, catalizado tanto en el concepto y sentir como en las sonoridades particulares de cada uno de ellos. Fue un Mozart de tiempos precisos, primorosamente cantado y fraseado, en los que el virtuosismo se plegó a la consensuada idea expresiva. Un Mozart libre, expresivo y rutilante, que voló en el lírico andante central, y en el que la batuta tuvo el acierto de dejar hacer. José Iturbi y su hermana Amparo, que tanto tocaron juntos este concierto, hubieran aplaudido con franco entusiasmo la interpretación de sus paisanos y herederos. Como hizo el público que se sentó en las feas butacas de peuvecé que manchaban el monumental espacio, más propias de chiringuito playero que de un monumento emblemático que es referente de la actividad cultural e institucional de la Universitat de València y de la propia ciudad. Wolfgang y Vicent, Amparo y José, Óscar y Carlos. ¡Vaya pares!

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