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Joaquín Achúcarro

"Te llamo para hablar del Iturbi y sus cosas"

«La oportunidad de escuchar a gente joven es siempre un placer y una fuente de realidad»

Joaquín Achúcarro durante una entrevista con Levante-EMV. Germán Caballero

Suena el teléfono: «Oye, Justo, te llamo para ver si puedes mover lo del Premio Iturbi en tu periódico, que están pasando muchas cosas interesantes». Se preocupa Joaquín Achúcarro de todo. También de la difusión del Premio Iturbi, del que se ha convertido en director artístico, y cuya Gala de clausura y entrega de premios se celebra el sábado en el Teatro Principal de València.

A sus 88 años, «casi 89», precisa con casi orgullo, ha aparcado la bici, pero sigue nadando todos los días, y estudiando con ilusión de veinteañero. «Nunca se acaba de aprender», dice con su acento bilbaíno. La agenda sigue colmada de fechas relevantes. En pocos días tocará en el festival suizo de Verbier. Y Japón, su aula de Dallas y… A tope. «Pero no te llamo para hablar de mí, sino del Iturbi y sus cosas». Aún no son las ocho de la mañana y Achúcarro mira el reloj: «A ver si a las nueve hemos terminado, que tengo que nadar y luego estudiar». Así es este casi decano mundial del piano, que a sus «casi» 89 años -el 1 de noviembre- sigue tocando obras de tanto compromiso como Gaspard de la nuit de Ravel o la Tercera sonata de Brahms.

¿Cómo se le ha ocurrido meterse en el Premio Iturbi? ¿No son ganas de complicarse la vida?

Pues lo hago encantado. Piense que, en 1947, cuando yo era un pipiolo de 15 años, toqué para José Iturbi en Bilbao. Luego, en 1957 me llamó para interpretar con él y la Orquestra de València el Concierto en re menor de Mozart en Bilbao y en Burgos, durante la famosa gira para recaudar fondos para los damnificados de la riada del Turia. Tantos años después de aquello, la diputada Glòria Tello y su equipo fueron a verme a Madrid para proponerme la dirección del Premio Iturbi. No lo dudé. La oportunidad de escuchar, bajo el paraguas de Iturbi, a gente joven, de ver cómo tocan, actúan y se desenvuelven, es siempre un placer y una fuente de realidad.

¿Cómo se ha encontrado el Premio, después de tantos años de dirección artística de su colega Joaquín Soriano?

He estado y frecuentado muchos jurados. Y le aseguro que el Iturbi es un modelo, perfeccionable como todo. No solo por su proyección internacional, sino por la calidad de su heterogéneo jurado, compuesto por personalidades muy relevantes y diversas del mundo del teclado. Solo pensar en el número de inscritos en esta edición, 178 candidatos procedentes de 41 países, despierta admiración, muy especialmente en una época como la actual, en la que resulta tan problemático viajar.

Una de las clásicas rémoras de los concursos es la duda que suele generarse sobre la imparcialidad y limpieza de sus jurados. El Iturbi no ha gozado de la mejor fama…

No voy a entrar en lo que ha sido el Iturbi. Prefiero mirar hacia delante. Desde el presente que estamos reconstruyendo en esta nueva etapa y con la mirada puesta en el futuro, corren nuevos tiempos. Se ha formado un equipo excelente, colegiado, con gran ilusión, capacidad y ganas de trabajar. En cuanto al jurado, basta repasar los nombres de sus componentes para despejar cualquier duda. Un concurso en cuyo tribunal figuran personalidades como Menahem Pressler, Jorge Luis Prats, Ana Guijarro, Catherine D’Argoubet, Jorge Luis Prats, Paolo Pinamonti, Barret Wissman, Didier Schnorhk o el pianista valenciano Josu de Solaun está fuera de sospecha. Le cuento una anécdota que simboliza el escrúpulo con el que estamos mirando todo. Hemos introducido en las bases una cláusula que prohíbe que se presente cualquier candidato que en los dos últimos años haya estudiado o hecho cualquier curso o incluso clase magistral con algún miembro del jurado. Un chaval que presentó la inscripción y del que ni me acordaba, comentó que en cierta ocasión hizo una clase conmigo. Bastó este detalle para que su solicitud fuera rechazada.

Achúcarro, al piano. Germán Caballero

¿No se ha planteado, para asegurar la neutralidad del jurado, utilizar una cortina que impida que el jurado reconozca a los concursantes?

Eso es algo más de cara a la galería que un procedimiento efectivo. Recuerdo, cuando era jurado del Concurso Vercelli, en Italia, donde utilizaban cortinas, que un miembro del jurado comenzó a criticar a un concursante: «¡Qué sonido más horrible! ¡pero qué manera de aporrear el piano! ¡fuera este concursante!», y otro componente del jurado, más condescendiente, le dijo: «Pero no sabe usted que es ciego, sea más benevolente». O sea, que sabía perfectamente quién estaba tocando. No le tengo que contar más sobre qué pienso de las supuestas cortinas invisibilizadoras.

¿Cómo es el nivel de los participantes en esta edición? Alguien me ha comentado que sí, que muchos dedos, pero poca fantasía…

No sé quién le ha podido decir eso, pero ¡claro que hay estupendos artistas! En cuanto a lo de los dedos, pues se lo corroboro absolutamente: el nivel es francamente alto. Desde luego, podemos estar todos muy satisfechos de la calidad de los candidatos seleccionados. Pensemos en cómo tocábamos en mis tiempos y como vienen ahora de preparados, física y pianísticamente. Además, recapacite en lo que tiene que tocar cada candidato durante las diferentes fases, ¡y en tres días seguidos!: un recital de 30 minutos, otro de 45, y otro de una hora, además de dos conciertos con orquesta. Esto ya te da un reflejo del nivel. Yo no sé si en mi época podríamos hacer semejante hazaña. En el elevado nivel pienso que ha tenido bastante que ver la perfección irreal del disco, que ha obligado a los intérpretes a tratar de ofrecer en vivo, durante los recitales, la calidad (ficticia) que el público tiene registrada en la memoria a través del disco.

¿Un jurado establece el nivel del concurso?

Un jurado establece el nivel del jurado. Nada más. Yo no sé si esos 178 concursantes saben quién soy yo o quiénes son los demás miembros del jurado. Pienso que no. Aunque sí es verdad que este jurado es muy especial, diverso y cualificado.

Usted triunfó pronto en el mundo de los concursos. De hecho, su carrera internacional arrancó tras ganar en 1959 el Concurso de Liverpool. ¿Piensa que si aquél joven Achúcarro se presentara hoy al Premio Iturbi lo ganaría también?

¡Me temo que no! [Risas] El nivel técnico ha subido muchísimo. Sin duda, hoy se toca mucho mejor que entonces. Igual me hubieran eliminado a la primera. ¡Y a casi cualquiera de mi generación! En cuanto a hacer música, generar arte y emoción, pues la madurez, los años, la experiencia de vida, son un grado. Recuerdo el segundo movimiento de un Segundo concierto para piano de Chopin tocado por Artur Rubinstein ya muy anciano, que rondaba o pasaba los noventa. ¡Qué emoción!, podía haber imperfecciones técnicas, pero lo que se escuchaba solo podía ser fruto de una personalidad trufada con vivencias que solo los años permiten asimilar.

¿Qué busca un concursante al presentarse a un premio de piano: la dotación económica, fama, reconocimiento, aupar su carrera?

¡Imagino que un poco de todo! El Iturbi también está entre los mejores concursos, y no solo por el importe crematístico de sus diversos premios, o la credibilidad de su jurado, sino también por abrir puertas a muchas salas de concierto y programaciones. En esta edición hay, además, una recompensa ciertamente excepcional: ser fichado por la agencia de conciertos IMG Artists, quizá la más importante del planeta. Algo así es el sueño de cualquier pianista que ambiciona una carrera mundial. El Iturbi es así, un maravilloso trampolín para ello.

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