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Creciendo con La Habitación Roja

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Así fue el concierto de la Habitación Roja en Viveros

Mi amigo Luis dice que la nostalgia dura media hora. Que pasado ese tiempo te das de bruces con la realidad. Con la actualidad, mejor dicho, que es la fase superior de la realidad. Como el imperialismo era la fase superior del capitalismo, tal y como explicaba Lenin. Pasados los treinta minutos y desvanecidos los sentimientos de agridulce familiaridad que provoca el recuerdo empiezas a preguntarte qué haces en ese lugar o con esa persona. Enfocas con los ojos y el cerebro, y no con el corazón, y te das cuenta de que lo que tienes delante no tiene nada que ver con aquello que fue un día.

El viernes, en Viveros, nostalgia la justa. Pasadas “Largometraje”, “Un día perfecto”, “Cuando te hablen de mí” y “El eje del mal” había que vivir muy fuera de la realidad para no darse cuenta de que La Habitación Roja es un ente vivo que crece y evoluciona al ritmo de sus seguidores. Un ser resiliente, dinámico y atado a sus fieles con un impresionante lazo emocional absolutamente inquebrantable. Que acaba de sacar un elepé titulado Años Luz y viene de grabar otro en El Puerto de Santa María. Este otoño los presentarán en una gira.

El repertorio fue un regalo. Atacando al corazón con potencia, ritmo y densidad. Para que la gente levantara los brazos al oír los primeros compases de cada canción con esa sensación de victoria con la que otros celebran los goles de su equipo.

Noche familiar, con muchas butacas vacías, pero con muchas ganas de abandonarlas, de bailar, de cantar, de sacudirse el miedo y la pena a golpe de estribillo. De recuperar melodías como la de “Fotógrafo del alma”, poco conocida pero favorita del grupo, con ese sonido limpio y brillante del pop de los años 80 con el que echamos los dientes. De saltar con “Cuando ya no quede nada”, “Febrero” o “Voy a hacerte recordar”, con la emoción planeando por el recinto, volando muy bajo después de ser expelida por las bocas de los asistentes en forma de ululante contrapunto a la voz de Jorge Martí. Noche con momentos tan sobrecogedores como la solemne introducción del teclado de Endika que dio paso a “La segunda oportunidad” y su abrasador mensaje de orgullo y voluntad.

Los vigilantes sudaron de lo lindo para sofocar los brotes de bailoteo que se producían de manera continua mientras sonaban “La moneda en el aire” y L’Albufera”, con sus melodías rotundas y perfectas. O “Ayer”, espléndida, con el personal demostrando todo su cariño y admiración en pequeños y contenidos gestos, qué remedio. También hubo tiempo para ahondar en su último disco con “Quiero”, “Patria” y “1986”, trío conceptual sobre enamorarse, comenzar una relación, consolidarla, evolucionar hacia la madurez y ver como tus propios hijos se inician en la vida adolescente utilizando la música como motor de crecimiento personal, conseguido a través de la libertad y la experimentación. Igual que hicimos nosotros en épocas más felices, más relajadas.

Desde luego, ahora mismo, todo esto parece bastante más complicado que cuando los Smiths anunciaban que la reina había muerto, o The Cure nos enseñaban un trocito del paraíso en Espiral. Mal momento para ser joven, resumía el cantante. Confianza. Todo pasará, el ruido infecto dejará de rugir y podremos volver a bailar en las calles todas esas canciones que cantamos tantas noches, como explicaba el mismo Martí en la pieza que cerró su actuación.

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