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Crónica

Bisbal, incombustible después de 20 años

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Un incombustible Bisbal en el estadio del Levante UD Fernando Soriano

David Bisbal es el ejemplar número cero de una súper raza de artistas, una especie invasora creada en un laboratorio televisivo hace ahora justo 20 años. El primero y el más perfecto de todos ellos, porque sabido es que la raza degenera. Se preguntaba maliciosamente Bunbury en aquella época que, después de dejar claro que dominaban el karaoke habría que ver a dónde llegaban realmente estos pollos y la importancia que iban a cobrar en el panorama musical. Pues ya ve, don Enrique, hasta el infinito y más allá. Y no solo en el plano artístico. Esta gente se convirtió en la herramienta para un cambio de paradigma del negocio. Se estableció un modelo en el que la tele fabricaba a los ídolos, editaba sus discos, organizaba sus conciertos y, monopolizando la oferta mediante una exposición masiva que en ocasiones llegaba hasta el sensacionalismo de explotar la relación sentimental, nos decía a quién teníamos que escuchar y qué discos teníamos que comprar. Y a pesar de ello, o mejor dicho, gracias a ello, el público convirtió en aristocracia a un puñado de jovencitos con más o menos talento que, diez años antes, sin el apoyo masivo de la industria y los medios de comunicación afines a ella o de su propiedad, no hubieran pasado de militar en la honrosa clase proletaria de los cantantes de orquesta de verbena. No todos lo han petado, obviamente. Es ley que sólo los más adaptados sobrevivan.

A Bisbal se le adora, es una estrella internacional que ha trabajado a destajo y se ha sabido adaptar a nuevas modas y patrones. No podía ser de otra manera, sus protectores no quieren matar a la gallina de los huevos de oro de la que comen miles de personas en todo el mundo. No hay lugar para el riesgo, la ruptura o la evolución, cosas que podrían espantar a su numeroso club de fans oficial que, debidamente uniformado, no dejó de animar al ídolo en ningún momento de su actuación en el Estadi Ciutat de València. Con una banda soberbia e impecable que tiraba de esquemas cercanos al rock, su carismático y expresivo chorro de voz y unos cuantos discursos sobre lo mucho que nos quiere, sus felices circunstancias familiares y lo maravilloso que es el amor, el chico con muelles en los pies arrancó poderoso con “Silencio” y “Antes que no”.

El almeriense estuvo asentado, templado y maduro en un escenario que remedaba un plató de televisión con sabor retro. Con poca gimnasia. Lo contemplan veinte años de experiencia ante grandes auditorios que se llenan de fieles que buscan divertirse, emocionarse y reafirmarse en una ceremonia popular y muy ruidosa, consecuencia de la industria del grito arriba y abajo del tablado que inauguró Operación Triunfo. Cerca de 2.000 personas cantaron, bailaron y celebraron los gestos del cantante, cariñoso, cómplice y cercano. Tanto es así que en un momento dado subrayó cuánto le gustaba la camiseta de Dragon Ball de un hombre de la zona vip que, inmediatamente, se sacó una igual del bolsillo y se la regaló al de los rizos, un empedernido seguidor de Songoku y su troupe.

Hacia su ecuador, el show cayó en una larguísima y pesada parte repleta de medios tiempos y melifluas baladas que hicieron las delicias de los asistentes, que encendían las antorchas de sus móviles y los mecían al compás de aquellos pequeños melodramas. Yo me aburrí como una ostra con la sobredosis de azúcar, teclas y gorgoritos mientras el reloj avanzaba por la segunda hora. El letargo se acabó con “Dos veces”, el dueto con Luis Fonsi, con el respetable asumiendo la voz del puertorriqueño. Después, “Bésame” y aquel éxito fulminante que fue “Bulería”, con el personal meneando intensamente el bullarengue y él gritando València a voz en cuello, agradeciendo el compromiso del público y el curro de unos músicos que estuvieron imperiales. También se acordó de las personas que trabajan en la oscuridad para que una gira de esta envergadura salga adelante, peones de importancia capital que llevan asociada su suerte y la de su descendencia a que artistas como Bisbal tengan conciertos. Para terminar por todo lo alto, una “Ave María” bajo una advocación bien rockera, ya con la gente en franca verticalidad, recordando al ritmo de sus caderas tiempos más felices.

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