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Morat, tan dulces que amargan

Morat, en el escenario del Ciutat de València.

Morat, en el escenario del Ciutat de València.

El grupo colombiano Morat inició el viernes su gira española en el estadio Ciutat de València. Presentó su último disco, ¿A dónde vamos?, tercer trabajo que continúa la fórmula de mezclar pop rock electroacústico con ritmos y sonoridades latinas como la cumbia, el vallenato, la salsa y el reggaetón, pero también con guiños al country o a la balada folk. Un sonido buenrollero y bailable las más de las veces, repleto de dramas adolescentes basados en el amor y el desamor y en lo doloroso pero excitante que resulta amar cuando eres inexperto en estas lides y las hormonas te desbaratan. Un estilo melifluo y sin asperezas, monótono, aburrido, trillado y facilón que, obviamente, funciona y que hizo las delicias de más de mil jovencitos y jovencitas en lo que, saltaba a la vista, era su primera actuación en directo y que venían acompañados en muchos casos de padres y madres

Los de Bogotá arrancaron potentes con “¿A dónde vamos?” y “Amor con hielo”, acogidas con candorosa ilusión por un enorme rugido, convertido después en cántico, que ahogó la ininteligible voz del cantante a lo largo de casi todo el show. “No hay más que hablar” o “Aprender a quererte” siguieron por el camino del sonido festivalero, hinchado y embarullado, concebido para dar muchas palmas y pisar fuerte y rítmicamente el suelo, como si estuvieras hinchando una colchoneta. Optimista, con mucho bombo y francamente previsible. No olviden que estamos ante un grupo que representa perfectamente una nueva manera de consumir música por una generación que lo hace, sobre todo, a través de plataformas digitales como Spotify. Chavales enganchados a la inmediatez para los que, si no sacas una canción nueva una vez al mes, no existes. Se olvidan de ti. Así que, a no ser que seas Prince, no te queda otra que poner en marcha la troqueladora para facturar temas como churros con el debido cuidado de no abandonar la fórmula del éxito, no sea que alguien se pierda por el camino. De ahí también la necesidad de colaborar con todo bicho viviente, el dichoso featuring abreviado como “feat.”, que te permite gozar del apoyo ocasional o tangencial de públicos que, en un principio, no son los tuyos. Punto a favor para Morat: que tocan ellos, que no lo hacen mal y que se rodean de buenos músicos, demostrando un innegable amor y respeto por sus fieles. Defendiendo su material con entusiasmo y profesionalidad. Que ya es mucho, porque está el negocio de las subculturas juveniles como para echarse a llorar.

Tras esta explicación comprenderán que las dos horas de concierto se convirtieran para mí en un bucle infernal en el que lo difícil era separar una canción de otra. Sobre todo, cuando se sentaron juntos para interpretar una serie de almibaradas baladas buscando la intimidad y la complicidad con un público que les adora. Para gustos, los colores, ya les digo. “Simplemente pasan”, “Idiota”, “Yo no merezco volver” y tantas otras sonaban iguales entre sí, y tan ñoñas y aburridas como los discursos de taza cuqui que los simpáticos y agradables músicos soltaban desde el escenario demasiado frecuentemente. Por el contrario, y yo honrado de decirlo, la chavalada estaba encantada con esta oferta de turrón de caramelo al corte, intentando mantener el trasero en posición horizontal y grabando el asunto con sus teléfonos móviles. Entonces, encarando su recta final, la velada comenzó a coger velocidad de nuevo para desembocar en unas trepidante “No se va” y “Cómo te atreves”, que acabó con el estadio puesto en pie y bailando, brazos en alto, cantando a voz en cuello esos “uooo uooo” para adornar esa última canción que les reconozco que fue mi favorita de la noche.

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