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Crítica

El valenciano Gustavo Gimeno inaugura y triunfa en la Quincena de San Sebastián

El director valenciano Gustavo Gimeno.

El director valenciano Gustavo Gimeno. Quincena Musical 2021 / Iñigo Ibáñez

Gustavo Gimeno ha vuelto a triunfar. Ha sido en la Quincena Musical de San Sebastián, de la que este año ha sido nombrado «director en residencia», y cuya octogésima segunda edición ha inaugurado el director de orquesta valenciano con dos programas al frente de su Orquesta Filarmónica de Luxemburgo, y con la participación solista de Yuja Wang. La pianista china, una de las grandes del piano contemporáneo, tocó el lunes el Concierto en re menor de Mozart, mientras que un día antes, fue el Primer concierto de Liszt. Gimeno, por su parte, completó los programas con obras de Ligeti, Beethoven y Dvorak. El éxito inapelable de solista, orquesta y director marca un punto culminante ya en este comienzo del que es el festival con más solera de la geografía española.

Gimeno cerró su doble actuación en San Sebastián con un Beethoven radical. Rotundo. Inapelable. Con una radical Quinta sinfonía que, en sus manos, se antojaba empeñada en despojarse de las tradiciones distorsionadoras que se han ido emponzoñando desde su estreno en Viena, en el Teatro en der Wien, el 22 de diciembre de 1808. Sin ignorar todo lo ocurrido y evolucionado desde entonces, GG arraiga su abrasadora y revolucionaria visión directamente en Beethoven, al que abraza sin reservas y con los brazos y oídos bien despiertos, en un asombroso proceso de mimetización en el que él y Beethoven, Beethoven y Gimeno, dos siglos por medio, parecen sombreados por idéntico latido y aliento. Ludwig van Gimeno. Gustavo Beethoven. Tal es el grado de identificación de director y compositor.

GG atacó el célebre comienzo de la sinfonía más popular casi sin tiempo a nada. Como un zarpazo finiquitador de una época que comenzó a tambalearse 19 años atrás, en 1789. Un puñetazo en la mesa que abre definitivamente la puerta a un mundo nuevo. No hay contemplación ni miramientos. Rápido, taxativo, inapelable. De acuerdo a lo que reza la partitura, metrónomos y acotaciones incluidos; como una afirmación liberada de lo más hondo. Más allá de la reivindicación o de cualquier reflexión, reservadas al genial desarrollo, que Gimeno desgranó y desplegó con espacio y detalle, gravitado en una orquesta, la Filarmónica de Luxemburgo, que volvió a mostrarse dúctil, disciplinada y cuidadosamente ensamblada ante el gobierno preciso, natural y siempre elegante de su titular.

Todo se templa y calma en el Andante con moto, receso y remanso en forma de variaciones, no exento de incertidumbres hasta ahora ausentes. Beethoven y Gimeno imponen el mañana al ayer, como hace décadas también hicieron músicos visionarios, como Erich Kleiber, Toscanini, o, más recientemente, Gardiner o Chailly, entre otros. Paradójicamente, en una obra, la Quinta sinfonía, que tanto debe al pasado, en concreto a la temprana misa de Cherubini de cuyos temas y motivos tanto tomó su admirador Beethoven.

La apoteosis final desbordó cualquier comedimiento. El público saltó como un resorte impactado por la contagiosa calidad de la versión, pero sobre todo por la emoción de compartir con tan excepcionales servidores el mensaje vigente y siempre nuevo de la verdadera obra de arte. Maestro y los filarmónicos luxemburgueses cerraron y templaron la gran noche de despedida con el regalo de una Rosamunda de Schubert que de principio a fin fue delicadeza y preciosismo.

El director valenciano Gustavo Gimeno. Quincena Musical 2021 / Iñigo Ibáñez

Antes, Yuja Wang sorprendió con un Mozart contenido y empeñado en no salirse de madre. Fue con el dramático Concierto en re menor, que ella entiende desde un sentido camerístico, casi confidencial. Fraseó con gusto y busco un sonido tenue y mozartiano que no siempre alcanzó el peso, densidad y corporeidad hoy acostumbrados, pero ¿acaso lo tenían los rudimentarios instrumentos de la época de Mozart? Su alta clase pianística invadió los tres movimientos, en los que existieron momentos de inapelable fascinación, muy particularmente en la romanza central, en la que el piano cantó tanto como la batuta cómplice y maestra de Gimeno. El virtuosismo capaz de todo de Yuja Wang afloró en unas cadencias licenciosas y aparatosas estupendamente construidas y tocadas. Más aún en la propina, sus famosas y muy libres Variaciones sobre la Marcha turca de Mozart.

Un día antes, Yuja Wang (Beijing, 1987) hinchó de vida, vitalidad y fulgor pianístico el Primer concierto de Liszt. Su sonoridad monumental, majestuosa, segura y sensitiva, iluminó de brillantez y calado romántico el comienzo de una partitura ideal para sus características, que pronto, en los muchos pasajes cantables que la pincelan, quedó maravillosamente coloreada y fraseada por la artista preciosista que habita en quien hoy es coloso y colosa del piano moderno. Gimeno le brindó un apoyo cómplice, atento, dialogante y no menos inspirado, al frente de una impecable Filarmónica de Luxemburgo que rubricó una de sus mejores noches.

La pianista china Yuja Wang. Iñigo Ibáñez / Quincena Musical

En la misma jornada inaugural, GG y sus filarmónicos luxemburgueses pusieron alto el listón con una versión del bartoquiano Concierto rumano de Ligeti puntillosa y precisa, en la que el músico valenciano, emulando a Ligeti, trasciende el folclore para adentrarse en nuevos senderos acústicos y expresivos. Fue una versión vibrante y natural, fiel a su sustrato folclórico y tratamiento novedoso. Una obra maestra que Gimeno siente con particular cercanía. De hecho, será la obra con la que abra su próximo debut con la Filarmónica de Berlín, en octubre.

Cerró el programa, interpretado sin interrupción -cosas de la pandemia- con la evocadora Octava sinfonía de Dvořák. Otra vieja amiga de Gimeno, con la que debutó en Estados Unidos, en Cleveland, y con la que retomó la actividad de la Orquesta del Concertgebouw tras los meses más duros de la pandemia. El más universal músico valenciano la carga de lirismo y frescura popular. Asombra la naturalidad y fluidez de su versión cuidadísima, que amalgama tradición y tintes propios, algunos incluso rapsódicos. Los tempi, son a veces queridamente lentos, como en los primeros pentagramas del Allegro con brio inicial, intensamente recreado en su lirismo bohemio.

Esta vocación lírica, natural, fresca y tan en sintonía con la tonalidad de Sol mayor, en absoluto resta resplandor y luminosidad a los episodios y movimientos más vivos, como el Allegro ma non troppo conclusivo, brillantemente porticado por los metales luxemburgueses en la fanfarria. Todo, incluidos los vistosos y arriesgados trinos de las trompas, sonó con empaque instrumental y escrupulosa calidad sinfónica. Éxito absoluto y unánime, coronado con una propina tan pertinente y coherente como el propio programa: la primera Danza húngara de Brahms, pequeña maravilla en la que parecieron confluir todas las lógicas y sentidos de tan excepcional comienzo de un festival por el que en la actual edición pasaran, hasta el 31 de agosto, algunas de las más señaladas figuras internacionales de la música.

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