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Crítica

Otro vendrá que bueno te hará

Escuchar Don Giovanni de Mozart en Salzburgo es algo así como a Serrano en Sueca o a Chapí en Villena. En esta ocasión, el burlador ha vuelto a la tierra de su creador musical, Salzburgo, en las manos desmedidas y atrevidas hasta el batiburrillo del controvertido director de escena italiano Romeo Castellucci y del aún más controvertido director de orquesta Teodor Currentzis. El resultado, obviamente, ha sido un fiasco total. El disparate escénico ha ido en consonancia con el muy bajo nivel local, impropio de un lugar como el Festival de Salzburgo, frecuentado -hasta ahora- por los mejores cantantes mozartianos.

Aunque este crítico tiene cierta fama de caustico y hasta de cabroncete, siempre vendrá otro que bueno te hará. En este caso, el encargado de ello es el colega del Frankfurter Allgemeine Zeitung, Jürgen Kesting, quien escribe acerca de este fracasado Don Giovanni salzburgués: «A Currentzis le cortaría los huevos y las manos. A Castellucci lo decapitaría con un serrucho manual tras Martern aller Arten. Y eso que los 40 grados me tienen atontado». ¡Habrá que aprender!

En la escena ocurre de todo. La saturación de ideas, la necesidad inútil de que siempre esté pasando algo a la acción, los sustos y estrépitos de una acción más empeñada en impactar y provocar que en dar cauce a la ingeniosa obra de arte pergeñada por Da Ponte y Mozart. Un continuo susto. Igual te cae todo un coche desde el cielo con el consiguiente estrépito al impactar con el castigado escenario, que un piano de cola, que una vez descuartizado por el trompazo, sirve, así roto, hecho ciscos, para que Don Giovanni se tire al suelo y simule ante el teclado ser su propio acompañante en los recitativos.

Por supuesto, desnudos a doquier, incluido el del propio Don Giovanni en la escena final, bien empalmado en pelota viva mientras se masturba en un apocalipsis de placer, terror y chulería. El crítico no quiere ser un pelma como Castellucci, así que, no sigue un relato de detalles que podría ser tan tedioso como las cuatro horas que se expande este abigarrado e insufrible montaje. El maestro de periodismo siempre lo dice: «El punto final, siempre lo más cercano posible al comienzo». Pues eso.

Morcillas y postizos aparte, musicalmente el transgresor Currentzis plantea, paradójicamente, un Don Giovanni convencional, menos pretencioso y más moderado que su fallida y polémica grabación de 2015. Los tempi ahora tienden a moderarse algo, y obtiene colores y registros atractivos de sus brillantes atriles de MusicAeterna, quienes hacen sonar los instrumentos originales con la calidad y perfección de los modernos, pero con sus colores y registros característicos.

Vocalmente, faltó estilo, belleza y calidad. Salvo alguna voz femenina, como la de Federica Lombardi, que compuso una Donna Elvira indemne al atolondrado acontecer dramático marcado por Castellucci. La también soprano Nadezhda Pavlova no pudo salvar el imposible de abordar un rol tan ajeno a sus vocalidad como el de Donna Anna. Davide Luciano (Don Giovanni) bastante tuvo con llegar al final de la función después de haber soportado todo y de todo, con la traca final de la erección masturbatoria, cabe suponer -dadas las circunstancias nada propicias- que con auxilio aviagrado. De lo demás, mejor ni hablar. Mañana, con la Tercera sinfonía de Mahler, tocada por la Filarmónica de Viena y Andris Nelsons, la cosa promete ser bastante mejor. Les cuento.

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