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MÚSICA CRÍTICA

A las puertas del cielo

A las puertas del cielo

Un concierto de la Filarmónica de Viena es siempre un acontecimiento. Incluso si es en un lugar en el que su presencia es constante, como el Festival de Salzburgo. Entre los directores que aquí la dirigen este año en conciertos sinfónicos se suceden Franz Welser-Möst, Christian Thielemann, Riccardo Muti, Herbert Blomstedt y el letón Andris Nelsons (Riga, 1978), que el domingo afrontó en el inmenso Grosses Festspielhaus de la ciudad de Mozart la Tercera sinfonía de Mahler. La expectación, como siempre, era grande, y más en este caso, tras el formidable recuerdo mahleriano dejado días antes en el mismo escenario por Christian Thielemann y Elina Garanča, quienes junto a la misma Filarmónica de Viena interpretaron unos Rückert-Lieder que, cuentan quienes estuvieron, fueron «de otro mundo».

Andris Nelsons rozó el cielo y se quedó a las puertas en su cuidada, pulcra, parsimoniosa y detallista versión del gran monumento mahleriano, pero faltó suntuosidad sonora, caos y, sobre todo, esos momentos de total desbordamiento, de frenesí y desgarro, que tan bien entendían, cada uno a su manera, mahlerianos inolvidables como Bernstein, Abbado, Kubelík, Maazel, o, sí, Svetlánov.

Y en una sinfonía tan colosalista, «soleada» y extravertida, este punto último de exceso y desbordamiento, incluso de locura, es esencial. En esta ocasión, las grandes masas y evoluciones sonoras nunca desbordaron lo razonable, en una versión sí excepcional por sus calidades instrumentales, y por el mimo con que Nelsons y los filarmónicos vieneses cuidaron y subrayaron cada detalle y detallito. Una visión templada, regustada y matizada hasta lo inimaginable, pero que no sobrecogió en los episodios de más extremas intensidades, en los momentos más elocuentes y suntuosos. El mismo final, coronado con esos golpes de timbal que sugieren todo, lo mejor y lo peor, no alcanzó ese clímax ardiente de locura, desesperación o esperanza tan característico del universo sin límites del sinfonismo mahleriano. No es baladí que Mahler anotara en los refulgentes pentagramas finales del primer movimiento, que la orquesta «tronara» «mit höchster Kraft» (con la máxima fuerza posible).

El director letón, actual titular de dos orquestas tan punteras como la Sinfónica de Boston y la Gewandhaus de Leipzig, ha escuchado con atención los reflejos de la naturaleza con que Mahler embadurna una partitura en la que el elemento popular está, como siempre, poderosamente presente. Y como el compositor, Nelsons no se queda en la onomatopeya, sino que traslada estos sonidos y sensaciones del «tumulto mundano» y de la naturaleza al contexto de un entramado sinfónico y emocional cargado de extremos y altibajos.

En la Filarmónica de Viena se lucieron todos sus profesores, con especial relieve el flugelhorn, que cantó con extrema precisión y sutileza sus célebres solos. Como el oboe en el segundo movimiento, y todos y cada uno de los solistas y secciones. El muy mahleriano coro de la Radio de Baviera y el Coro Infantil del propio festival contribuyeron a la redondez de la versión. Como solista vocal intervino la gran Violeta Urmana (1961), cuya voz se mostró carente de la frondosidad y presencia que requiere el grave registro de contralto en el que pensó y escribió Mahler.

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