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Crítica

Salzburgo, in sécula seculórum

Salzburgo, in sécula seculórum

Elektra, obra maestra de Strauss, ha sido el espectáculo operístico más interesante y logrado de la actual edición del Festival de Salzburgo. La conjunción del talento dramático de Krzysztof Warlikowski (1962) y musical de Franz Welser-Möst (1960) ha conformado la base y la crema de esta impactante y singular nueva producción. Warlikowski ha hecho de la necesidad virtud, y se ha apoyado en su saber hacer y una imaginación dramática que no parece tener fondo, para convertir el espacio difícil de la Felsenreitschule -no solo por su inmensidad, sino sobre todo por su pétrea desnudez; también por no brindar las posibilidades de una caja de teatro con todos sus avíos- en el lugar ideal para desplegar una acción dramática novedosa, escueta y cargada de detalles. Algunos de tintes claramente surrealistas, incluso buñuelianos y hasta dalinianos. De hecho, la proyección final, sobre la piedra del fondo del inmenso escenario, de la sangre y las moscas, parece extraída de una película de Buñuel. O quizá de un cuadro de su amigo Dalí. O de los dos, de El perro andaluz.

Warlikowski y su hábil escenógrafa Małgorzata Szczęśniak han transformado la inmensa escena de la Felsenreitschule en un gigantesco patio del Palacio de Agamenón por el que todo corre y se desplaza con milimétrica precisión. Apenas una piscina con dos niños felices que, ajenos al drama, chapucean en el agua, y un inmenso paralelepípedo, de paredes a veces transparentes, que se supone es el interior del Palacio, que, al final, se desplazará para sepultar la piscina e imponer la tragedia sobre el mundo inocente, de los niños. Pero también de Chrysothemis, la hermana razonable, aquí muy crecida por el papelazo que le confiere Warlikowski; nada de la mojigata empeñada en disfrutar de la felicidad del vivir.

Apenas estos elementos, más unos bancos laterales, unas duchas por las que deambula una zombi desnuda destrozada quizá por lo vivido, que podría ser Elektra después de todo, tres maniquíes y poco más bastan para llenar el inmenso espacio escénico de una acción teatral efectiva y clara, en la que el drama transcurre con naturalidad y sin impostaciones. En su lucidez dramática y dramatúrgica, Warlikowski no trata de enmendar la plana al genial libretista Hofmannsthal, menos aún a Sófocles: simplemente, se sumerge, fascinado, en el conciso libreto, y trata de narrarlo y enmarcarlo de modo claro, innovador y personalizado. Así de simple. Así de complejo.

Convertido en straussiano de primerísimo rango, el austriaco Franz Welser-Möst es el otro pilar de esta Elektra inolvidable. En la plenitud de sus sesenta años (cumple los 61 el próximo día 16), desprendido ya de muchas hojarascas, el maestro de Linz concierta Elektra con contagiosa intensidad y verdad. Lírico y arrebatado, sin descuidar jamás el control del voluptuoso acontecer musical. Preciso, sin dejar escapar ni una sola entrada a cantantes e instrumentistas, tanto en el gesto como en el nervio y la autoridad sin fisuras sobre el podio, Welser-Möst recuerda al gran elektriano que fue Solti. De hecho, la Filarmónica de Viena ha sonado en esta ocasión tan formidable como lo hizo en 1965, en la legendaria grabación con Solti y la Nilsson.

En el calibrado reparto vocal, destacó la soprano lituana Aušrině Stundytĕ, una Elektra de inmenso rango vocal y dramático. Cantó y jamás gritó, ni en los momentos de mayor desgarro. Su vocalidad se plegó a los mil y un registros y exigencias, desde el lirismo de los Cuatro últimos Lieder o las más delicadas canciones, al desgarro brutal y abatido del mito helénico. Como la otra cara de la moneda, su paisana Vida Miknevičiūtė fue una Chrysothemis particular y diferente. Modernilla, tan enganchada al tabaco como su hermana Elektra. Su caracterización, presenta casi a una joven veinteañera a punto de salir de marcha el viernes por la noche. Minifalda, tacones y vientre al aire. Miknevičiūtė borda una interpretación escénica tan admirable como la vocal. El gran momento en que proclama y reivindica su deseo, su necesidad, su derecho a «vivir y ser feliz» supuso uno de los episodios más emocionantes de esta gran noche de ópera.

Mientras Miknevičiūtė/Chrysothemis cantaba y reivindicaba con las palabras geniales de Hofmannsthal, el foso desprendía oro puro. Welser-Möst y la Filarmónica de Viena cantaban también, y lo hacían con desbordante suntuosidad, desgarro, y efusión lírica. Como también la mezzo Tanja Ariane Baumgartner, dominante y enseñoreada Klytämnestra, el Ägisth de Michael Laurenz y el muy aplaudido y templado Orest de Christopher Maltman, liederista metido a cantante de ópera.

Fue, en definitiva, una noche ideal para marcharse de Salzburgo con regusto, y con la idea recuperada de que la ciudad de Mozart es, y seguirá siendo, a pesar de tropelías y pandemias, in sécula seculórum lugar para la emoción y los sentimientos. Ahora, este estival itinerario festivalero, que comenzó hace ya un mes en Llíria y luego recaló en Morella, Montserrat, Godella, Guadassuar, Peníscola y San Sebastián, llegará a su etapa final en Bayreuth, meca del canto wagneriano. Ahí, en la «Colina Sagrada» de la pequeña localidad bávara, al crítico viajero y al lector de Levante-EMV les esperan Parsifal, Maestros cantores, Holandés errante y Tannhäuser.

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