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Crítica

Milagro en la «Colina sagrada»

Milagro en la «Colina sagrada»

Bastaron la música y su oficiante Christian Thielemann para que el universo de la emoción se elevara a las cotas más elevadas. Nunca, desde el 12 de agosto de 1993, cuando Daniel Barenboim dirigió Tristan e Isolde en Bayreuth, en la producción de Heiner Müller, el crítico vivió algo así. Ha sido con Parsifal, «el alta mayor de la música», como dice un fervoroso wagneriano alicantino, en una versión de concierto en la que Thielemann dejó que la última música de Wagner se desarrollara por sí misma, alentada por su propia narración mística

Nada era ni lento ni rápido; ni fuerte o piano. No había interpretación: era ella misma, la música, apenas encauzada por el fiel oficiante, la que tomaba vida y se dirigía directamente al alma más recóndita y sensible del espectador. Que nadie lo dude: después de este irrepetible Parsifal bayreuthiano, Thielemann ha quedado consagrado como el actual máximo y más leal servidor de la música de Wagner.

El silencio absoluto, congelado, como nunca se había escuchado en un teatro, contribuía al éxtasis místico de todos. Ni siquiera un aplauso al final del primer acto. Silencio, antes y después de la música. Y mientras. Como si la orden del Santo Grial y su gran sala se hubieran expandido también a la platea; y todos nos hubiéramos transformado en caballeros de ella. Lágrimas de emoción. Colectivas y secretas. Contenidas y también silenciosas. Y cuando, en el primer acto, sonó desde el foso invisible la «música de transformación», y el telón se plegó lentamente, la emoción incrementó aún su intensidad y su fervor. Incontable. Solo en Bayreuth, con la acústica ideal del Festspielhaus, ideado y construido por el propio Wagner sobre la desde entonces llamada «Colina sagrada», es posible escuchar, vivir y compartir un Parsifal así.

El Coro del Festival, soberbiamente preparado por Eberhard Friedriech, sonó como en sus mejores tiempos, con esa calidad, afinación, empaste, equilibrio y unicidad tan propios del mejor Bayreuth. Como la orquesta, certeramente oculta en el foso, a pesar de ser una versión concertante. Desde el prodigioso preludio, hasta el sortilegio místico del «Encantamiento del Viernes Santo», en el tercer acto, la orquesta titular del Festival destiló calidad, devoción y pálpito wagnerianos. No se puede tocar mejor. Ni con mayor ardor, sutileza y entrega.

Aunque Wagner denomino su última obra «Festival escénico sacro», en esta versión de concierto en ningún momento se echó de menos el movimiento dramático ni el juego escenográfico. Al contrario, la quietud del desnudo escenario, todo él negro, salvo la proyección casi congelada de algunas pinturas, y las sencillas, pero magistrales indicaciones, apuntes e iluminación de Philipp Fürhofer, contribuyeron a enmarcar tan propicia atmósfera ambiental.

El apartado vocal estaba, obviamente, en sintonía con tanta excelencia. El veterano Stephen Gould fue un Parsifal más noble que inocente, y siempre sobresalientemente cantado. Como el sencillas, conmovedor Gurnemanz de Georg Zeppenfeld, quien narró los aconteceres inmerso en el discurso sereno de un Thielemann absolutamente involucrado. Michael Volle, dolorido y sólido Amfortas; el histriónico y poderoso Klingsor de Derek Welton; y la Kundry excesiva e hiperdramatizada de Petra Lang fueron coprotagonistas de una tarde irrepetible, que se prolongó a durante seis largas horas que transcurrieron en un santiamén. Fue el milagro de la Colina Sagrada, que quedó, sin embargo, roto por la atronadora e interminable ovación final: más de veinte minutos ininterrumpidos de bravos, pataleo en la tarima y aplausos que supusieron la vuelta al mundo. ¡Lastima!

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