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Barón Rojo se despide de València

La actuación del cuarteto madrileño tuvo el regusto triste de la despedida.

Despedida de Barón Rojo

 Barón Rojo está ofreciendo su última gira, la de la despedida definitiva, el último vuelo, como ellos mismos la han titulado. Un evento que no puede pasar desapercibido, porque fue la banda que introdujo en España el sonido de la New Wave of British Heavy Metal que, a principios de los años ochenta, hacía estragos por todo el mundo. Grupos británicos como Iron Maiden, Judas Priest o Motorhead abrieron una senda que revitalizó la savia de las ramificaciones más duras, rápidas y pesadas del gran árbol del rock, haciendo florecer con su influencia nuevas y extremas flores de metal. En una época de post punk, nueva ola, techno pop, ligerezas sentimentales y complicaciones existenciales, la caterva de melenudos devolvía al rock a sus orígenes más lúdicos, primitivos, escandalosos y espectaculares, desafiando las leyes de la razón y el buen gusto. A ellos, como los semidioses que eran, no les importaban un pito las críticas de los demás. Más vatios, más velocidad, más cerveza, más droga, más titis. Y el que venga detrás, que arree.

La actuación del cuarteto madrileño tuvo, en efecto, el regusto triste de la despedida. A esto se unió las labores de desmantelado del recinto en el último concierto de un ciclo, Nits de Vivers, que ha brindado un mes de cultura musical segura a una ciudad que tradicionalmente en agosto era un secarral en este sentido. Añadan que era domingo y comprenderán que el final del verano llegó, que cantaba aquella pareja. Sobre el escenario, y para presumir de legado, los ocho discos fundamentales del grupo impresos sobre unas mamparas. Atrás, presidiendo, la efigie zombificada de Manfred von Richtofen, mascota de la banda al estilo de Eddie Maiden o Vic Rattlehead.

Comenzaron con “El Pedal”, con los hermanos De Castro comandando el mogollón. Carlos estuvo regular con la voz, la verdad. Muy serio, ausente a ratos, concentrado y dolorido, pero qué quieren, si la pareja ya ha rebasado la edad estándar de jubilación. Había que ver como cumplieron, con ilusión, voluntad y profesionalidad. Y no nos equivoquemos, sonaron como un trueno, potentes y afilados, reflejo puro de las sonoridades que apisonaron épocas pasadas. Y todavía saben tocar rápido, como demostraron en “Larga vida al rock and roll”.

Armando, por su parte, se divirtió de lo lindo, derrochando buen humor y un agudo sentido de la ironía para adoptar los clichés que todos adoramos. Toca la guitarra como Dios, ni rastro de artritis en los dedos, y seguirá siendo un referente por los siglos de los siglos. El primer guitar hero que tuvimos en nuestro país. Vaya pasaditas de slide se marcó el colega. Sus trucos, su velocidad en los solos y su actitud en “Chicos del rock”, por poner un ejemplo, fueron lo mejor del concierto. Rafa Díaz y José Luis Morán, batería y bajista, estuvieron impecables en el ritmo, poderosos, como en “Casi me mato”.

El repertorio contó con perlas sorprendentes, como la políticamente satírica “El presidente”, la tremebunda “Caballo desbocado” o la aplaudida “Hiroshima”. Obviamente, también hubo sitios para himnos históricos como “Barón Rojo”, “Los rockeros van al infierno”, “Hijos de Caín” o “Resistiré”, que desataron la locura entre los setecientos asistentes, que parecían muchos más por su actividad frenética en unas sillas que se movían tanto que hacían temblar el suelo cubierto de césped artificial. Gente que cantaba a voz en cuello siempre que tenía ocasión, ayudando a sus ídolos. Músicos que cuando España luchaba por salir del blanco y negro, grababan unos elepés con un sonido de ensueño en Londres con los que obtuvieron reconocimiento planetario, que llenaban los palacios de deportes, que conseguían discos de oro y que, entre una masa nada insignificante de la población, superaban en popularidad a monstruos de la época como Adolfo Suárez o Felipe González.

Dos horas, tocaron los abuelos. Casi nada. Y tenían cuerda para una más. Lo mismo que un público emocionado y al rojo vivo que, puesto en pie al final del concierto, rompiendo con sus aplausos las manos que antes tiraban cuernos y puños al cielo, se rindió ante la calidad y el pundonor de una de las últimas leyendas verdaderas que quedan vivas en el negocio del rock en castellano.  

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