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Fernando Aramburu

"Esta fase democrática que disfrutamos tiene fecha de caducidad"

«’Los vencejos’ es la creación menos autobiográfica, donde me despacho a gusto».

El escritor Fernando Aramburu. EP

Fernando Aramburu está con ganas, se nota en Los vencejos (Tusquets) y también en la larga promoción que ha iniciado, que le traerá a València el 15 de septiembre a La Nau para conversar con la escritora Bárbara Blasco, Premio Tusquets de Novela 2020. Es mediodía del jueves y está relajado en un hotel pegado a El Retiro madrileño, pese a una entrevista radiofónica matutina y otra más para prensa. Con su reglamentaria camisa roja agradece de antemano que el entrevistador haya leído la novela y corresponde de forma «natural» al esfuerzo.

Después de «Patria» pensé que no le saldría otro novelón.

Soy un poco veterano en esto. ‘Patria’ no la escribí con 20 años y aquel revuelo positivo ya pasó. A mí lo que me gusta es escribir, no vivir la repercusión de mis novelas.

«Patria» lleva una repercusión de 39 ediciones y más de un millón de ejemplares.

Nunca me había pasado eso.

«Los vencejos» es más divertida.

Cuando trato de dolor real me impongo no frivolizar. ‘Los vencejos’ es una creación personal y en algunos pasajes me despacho a gusto, echando mano del sarcasmo y la ironía.

Siendo vasco y viviendo en Alemania, ¿de dónde le viene esa retranca mediterránea?

Guipúzcoa tiene esa retranca. El guipuzcoano es un poco socarrón y este humor que llevo conmigo lo he heredado de mi padre, un hombre que hacía reír a los otros con una ironía más fina que la mía.

¿Y ese homenaje a Berlanga con Tina, la muñeca erótica de Toni, el protagonista?

No soy consciente, pero me siento muy cómplice con el humor de Berlanga. Pero en ningún caso quise que Tina fuera un elemento chusco de la narración. Tengo a mi mujer como asesora y me dijo que era un error convertir a la muñeca erótica en un elemento cómico. De hecho cuando el hijo del protagonista la descubre, son los pasajes que más estimo de la novela.

No sé por qué me vino a la cabeza «El barón rampante» de Italo Calvino tras acabar la novela.

Leí aquel libro en su día, es posible, salvando las distancias, que se pudiera trazar un paralelismo simbólico entre ambas, con la diferencia que el barón rampante sube a los árboles, y Toni no logra despegarse del suelo. Tiene que aguantar la situación cotidiana en la que se ve metido y le gustaría vivir algo grande, ser el centro de una tragedia. Esto lo he pensado después de terminar la novela. Nunca acudo a las novelas con una caja llena de opiniones, parto de la carne, del ser humano concreto.

Da la sensación que se lo ha pasado muy bien escribiéndola.

Sí, y cuando más negro y oscuro el pasaje, mejor me lo he pasado.

Con el guiño de un dietario a la muerte voluntaria.

El hombre escribe ese dietario pensando que nadie se lo va a leer, no se impone ningún tipo de freno. El lector se encontrará con el acceso de lleno a la intimidad de un ser humano, en este caso un ente de ficción, cosa no del todo habitual en nuestra vida.

¿Estamos en un momento «noli ne tangere»?

Estamos delante de algo que inevitablemente vendrá y no me da buena espina. Esta fase democrática que hemos disfrutado sin conocer la guerra, ni el hambre, ni las grandes enfermedades salvo esta última del covid, tiene fecha de caducidad. Todos los centros de poder se han desplazado en el mundo y los chinos va a tener una intervención muy potente en el futuro del planeta.

Vaya.

No quiero ser el típico abuelo que denigra lo que le rodea por aquello que no puede disfrutar como joven. Vaticino que estamos a la puerta de algo que quizás ya está cambiando la vida de los ciudadanos.

Esas reflexiones se escuchan en algunos de los personajes de la novela.

No he adjudicado mis pensamientos a los personajes. Es una de las novelas menos autobiográficas que he escrito. Solo dos cositas que tiene que ver conmigo, domino el tema mascotas. Pero son personajes pensantes, y ya que se ponen a pensar que tengan un poco de profundidad cuando discuten o reflexionan.

«Los vencejos» también es una novela larga.

Sabía que iba a ser larga porque hice cuentas y debía tener 365 secuencias, correspondientes a los días del año, y me prohibí que cada una superará las tres páginas. Luego vino la pandemia, me encerré en casa y escribí este libro con una dedicación como pocas veces había hecho.

Muy documentada, pues en algunos días se cuentan cosas reales que pasaron.

Miraba continuamente los periódicos. Empecé la novela un poco antes del tiempo real y en un día de trabajo la novela estaba en el mismo día que en la vida real y luego el tiempo ya supero al de la novela. Tenía el ojo puesto en lo que sucedía en cada uno de los días y si encontraba algo interesante le sacaba provecho. Eso lo aprendió uno de joven con Galdós, que hacía algo parecido.

¿Es más difícil deshacerse de las personas o de los libros?

Deshacerse de las personas te puede llevar ante el juez.

Digo metafóricamente.

Ah... Si es metafóricamente lo tengo claro, prefiero perder de vista los pelmas que a los libros. Mi relación con los libros es muy intensa y no se limita solamente al contenido de los libros. Soy capaz de relacionarlos con momentos determinados de mi vida. En los lomos de los libros de mi biblioteca está un poco mi biografía sintetizada.

Joan Margarit decía que solo debíamos tener los libros leídos, los que íbamos a leer y los de los amigos.

Estoy bastante de acuerdo, y añadiría los libros dedicados. Durante la pandemia, estuve comprando por internet primeras ediciones de autores alemanes del siglo XX y libros dedicados, y eso que nunca he sido coleccionista, pero era para premiarme un poco de tantas privaciones y temores.

Una de las preocupaciones de Toni es como deshacerse de su biblioteca. Con pasajes divertidos como cuando coloca «El extranjero» de Camus en una de las casetas de las Cuesta de Moyano y luego lo vuelve a comprar.

Otro Quijote en busca de aventuritas...

Cierto, es un personaje entrañable desde mi punto de vista, aunque no sé que pensará alguna feminista.

Ya he hablado con algunas lectoras que profesan cierto fervor feminista y no saben bien como abordarlo, pero no pierden de vista que han leído una novela, y se acercan a mí para ver si yo mantengo esas opiniones machistas de un personaje como Patachula. Les dejo bien claro que no.

¿Gregorio, el abuelo comunista de Nikita, aceptaría que su nieto se tatuará una cruz gamada?

Lo dudo mucho, pero ojo con los abuelos que no es raro que permitan a los nietos lo que no permitían a los hijos.

Juega con los abuelos, porque el de Toni era falangista.

En esta paella que es la novela pongo toda clase de ingredientes con la idea que me den juego literario.

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