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El infierno erótico de Berlanga

No le pasaron inadvertidos estudios sobre sadismo, aberraciones y perversiones sexuales, fetichismo y poemas de amor y sexo

erótico de Berlanga

Entre bibliófilos el preguntar por el Infierno de una biblioteca es lo mismo que decir ¿dónde está el apartado de los libros prohibidos, los eróticos, los pecaminosos, los censurados? Hay verdaderos coleccionistas que persiguen obras de este tipo, algunas consideradas como verdaderas rarezas ya que en su día muchas de ellas fueron perseguidas, condenadas y, desgraciadamente, destruidas.

erótico de Berlanga

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A estas alturas no es nada inédito decir que Luis García Berlanga era un verdadero apasionado en reunir libros y objetos de carácter erótico. Alguien dijo de él que era un erotómano santón con pasión fetichista. A lo largo de su carrera llegó a reunir una estimable biblioteca sobre el género considerado maldito y tabú, publicaciones que conseguía en sus viajes por Europa, especialmente en Francia. Esta colección la conservaba en su casa de Madrid, en un amplio estudio, su santuario, al que se accedía por una escalera de caracol.

En enero de 2018 la casa de subastas El Remate, de Madrid, sacaba a la venta esta colección por un precio de salida de veintisiete mil euros. No hubo pujador y tan interesante lote quedó desierto. Que sepamos no hubo ni tan siquiera interés por parte de ninguna institución publica o privada.

Luis García Berlanga era, además de uno de los cineastas españoles más importantes, un erotómano con un «profundo sentido de la sensualidad».  |

Luis García Berlanga era, además de uno de los cineastas españoles más importantes, un erotómano con un «profundo sentido de la sensualidad». |

Junto a libros de los siglos XIX y XX, en español, inglés, italiano, francés y alemán, poseía más de un millar de revistas de índole erótico-pornográfica. No faltaron obras clásicas francesas en ediciones de ‘Les chansons de Bilitis’; ‘Grushenka, tres veces mujer’; ‘Gamiani, dos noches de quimera’, de Alfred de Musset. ‘La Pucelle d’Orléans’, de Voltaire, edición con grabados eróticos; varios títulos del popular Pierre Arétin, con sus famosos diálogos; ‘Teresa Filósofa’, del marqués Boyer d’Argens, apreciable obra aparecida en el siglo XVIII que en principio fue atribuida a Diderot; ‘Les confidences de Cherubin’, de Donville [París, 1939], obra que incluye 16 heliograbados lésbicos; la edición inglesa ‘Bibliography of prohibited books’ [publicada en Nueva York en1962], obra en tres tomos, fundamental para el estudio de los libros prohibidos. También varias ediciones de tirada corta, numeradas, incluyendo obras del Marqués de Sade, el Gabinete Secreto del Museo de Nápoles o la Enciclopedia del erotismo, de Camilo José Cela.

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Entre lo que nos tocaba como valencianos se hallaba ‘El Jardín de Venus’, ‘La mujer y el muñeco’, obra prologada por Vicente Blasco Ibáñez; ‘El réprobo’, del mismo novelista; ‘El Virgo de Visanteta’, de Josep Bernat i Baldoví, edición a cargo de Emili Piera [Ajuntament de Sueca, 1999], junto a ‘El amor en el claustro’, de Vicente Boix, obra reeditada en Valencia por la Societat Bibliogràfica Valenciana «Jerònima Galés».

No le pasaron inadvertidas las novelas cortas de los años 20 y 30 del siglo XX, como ‘La Novela Pasional’, las obras eróticas de Joaquín Belda, entre otras anónimas de carácter pornográfico, y múltiples estudios sobre sexualidad, prostitución, historia del erotismo, sadismo, masoquismo, anticlericalismo, aberraciones y perversiones sexuales, fetichismo, desnudos, obras satíricas y poemas de amor y sexo.

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Al margen de sus trabajos cinematográficos, los años finales de los 70 y principios de los 90 fueron, desde el punto de vista editorial, bastante prolíficos para Berlanga. «La Sonrisa Vertical», colección que él mismo dirigía y en ocasiones prologaba, nació en plena transición, alcanzando un total de 143 títulos. Siguieron otros títulos como ‘Somnium sommun’ [Sonum?] [Focal. Barcelona, 1998]. No le pasó desapercibida su biblioteca erótica a Vicente Muñoz Puelles, autor de ‘Infiernos Eróticos. La colección Berlanga’, [La Máscara, 1995], libro presentado en su día por el propio cineasta, sin olvidarnos de la colección «Libro para amantes», del mismo autor y casa editora.

Hace apenas un mes, en un portal de coleccionismo, salió a la venta un grueso volumen impreso por ordenador bajo el título «Biblioteca Erótica de Luis G. Berlanga. Catálogo». Inmediatamente lo adquirí. Quizá alguna persona allegada se había tomado la molestia en catalogar una a una todos estas obras infernales. Libros, revistas y todo tipo de publicaciones de ediciones pecaminosas, hasta 2937, quedaron registradas, de forma detallada. Sin duda esta catalogación se hizo con el fin de ofrecer en venta la biblioteca a la muerte del insigne propietario o para ser editada como obra bibliográfica. Lo bien cierto es que el vendedor la brindaba como obra inédita, adjuntando tres imágenes de la misma. Cuál sería mi sorpresa al ver que en una de ellas aparecía mi libro ‘La Valencia Prohibida’ [Pentagraf, 2002]. Y es aquí cuando debo recordar el verdadero proyecto de esta obra. Berlanga me conocía. Recuerdo que fue en la Feria del Libro Antiguo del 2000 cuando tuvimos una conversación y me instó a que escribiera todo lo prohibido y erótico que tenía nuestra ciudad y que él mismo me facilitaría noticias de algunas obras y me lo prologaría. No pudo cumplir su ofrecimiento por diversos problemas personales y finalmente fue prologado por Jesús Huguet, secretario del Consell Valencià de Cultura.

Recientemente Guillermina Royo, viuda del escritor y guionista Jorge Berlanga, tercer hijo del cineasta, ha publicado ‘Tamaño natural. El erotismo berlanguiano’ [Renacimiento, 2021], una obra que analiza la biblioteca y refleja el profundo sentido de la sensualidad de Berlanga así como su vocación hacia el erotismo y el uso del sexo tanto en la vida privada como en el cine.

Con todo, tenemos un García Berlanga para quien el erotismo ocupó en su vida un valor fundamental. Supo atesorar un importante universo erótico, una especializada colección de libros cuyo paradero ahora mismo desconozco. Siempre le agradeceré que fuera el culpable de que me aficionara al coleccionismo erótico y acabara creando mi propio «Infierno» cuyas llamas guardo entre los anaqueles de mi biblioteca.

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