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MÚSICA CRÍTICA

Prometedor inicio de James Gaffigan

PROMETEDOR INICIO

PROMETEDOR INICIO

El estadounidense James Gaffigan (Nueva York, 1979) reveló lo mejor y lo peor en su debut como titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Entre lo mejor, su naturalidad y oficio sobre el podio; el evidente control que revela sobre el tejido sinfónico; una escuela a todas luces sólida y efectiva; un gesto claro y seguro, y la savia fresca que aporta a una orquesta que llevaba ya demasiado tiempo sin director. Lo peor, un temperamento impulsivo que puede rozar el desquiciamiento, como ocurrió en la ‘Sinfonía Clásica’ de Prokófiev, escuchada en una lectura que poco -nada- tuvo de «clásica», y sí mucho de precipitación y exageración. La incontenida energía, vitalidad y entusiasmo del aún joven nuevo titular se tornarán virtud cuando queden templadas por la solera del tiempo y la propia vida.

Frente al desencanto de este Prokófiev abrupto y fuera de su momento, y de un Mozart (la «Chacona» y el «Pas seul» de ‘Idomeneo’) rácano de ligereza y clasicismo, Gaffigan triunfó y convenció sin reservas en una lectura de ‘El pájaro de fuego’ (suite de 1919) empeñada en mostrar las más claras, detalladas y ocultas texturas; brillante sin gratuidad y de poderoso carácter narrativo, en la que propició el lucimiento individual y colectivo de una orquesta que en sus manos sigue sonando a gloria.

Todo o casi todo fue sobresaliente, comenzado con las intervenciones solistas excepcionales de Salvador Sanchis (su fagot perfecto y sensible cantó con emoción la famosa «Canción de cuna»), de un Bernardo Cifre cuya trompa (Stomvi) es puro oro, la flauta siempre mágica de Magdalena Martínez, el oboe de Pierre-Antoine Escoffier y una sección de percusión sin parangón en España. Las cualidades de tales solistas quedaron realzadas en la globalidad de una orquesta de cuerdas empastadas y sedosa calidad (a pesar de inéditos desajustes en los violines durante el primer movimiento de la ‘Sinfonía Clásica’).

Antes, Gaffigan quiso inaugurar su titularidad con los cortos minutos de la ‘Fanfarria para el hombre común’, de su compatriota Aaron Copland. Evidentemente, hubiera resultado más oportuno hacerlo con la también breve y sobresaliente ‘Fanfarria para una fiesta’ de Falla, que tanto gustaba y tan bien grabó el paisano Leonard Bernstein. ¡O las dos! Detalles al margen, Gaffigan y los músicos valencianos bordaron una versión excepcional, intensa y de sobrecogedor dramatismo. De sinceridad demoledora. En este sentido, el inicio de su titularidad no ha podido tener mejor pie y ser más prometedor y esperanzador. ¡Ah!, una cosa: por mucho que sea un concierto de «puertas abiertas» supriman esas explicaciones de colegio de monjas, con los pobres músicos contando micrófono en mano lugares comunes, banalidades y errores sobre las músicas y compositores del programa. Bernstein era único y está muerto. Y Yaron Traub, tan amigo también del micrófono y las monsergas, anda dios sabe dónde. El Palau de les Arts ya dispone de un estupendo departamento educativo.

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