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MÚSICA CRÍTICA

Claudio Carbó, el pianista feliz

Claudio Carbó, el pianista feliz

Entre la brillante generación de pianistas valencianos del primer tercio del siglo XXI, Claudio Carbó (1976) ocupa lugar imprescindible. Natural de Beniarjó y formado en Madrid, Múnich y Moscú con maestros como Dmitri Bashkírov, Galina Eguiazárova o Eliso Virsaladse, el sábado se presentó en el ciclo de cámara que el cerrado Palau de la Música desarrolla en el antimusical centro cultural L’Almudí. Lo hizo, como es costumbre en él, con un programa repleto de dificultades, trampas, virtuosismo y exigencias de todo tipo, inspirado en un recital que su antecesor José Iturbi ofreció en el neoyorquino Carnegie Hall en 1929.

Como Iturbi, Carbó disfruta de medios técnicos que le facultan hasta para tocar casi como tal cosa obras tan endiabladas como el Islamey de Balákirev o los dos cuadernos de las Variaciones sobre un tema de Paganini, de Brahms. Junto a ellas, desgranó un ramillete de páginas en absoluto menores, como El Corpus Christi en Sevilla, de Albéniz, o La isla alegre de Debussy. Con su virtuosismo arrollador, tocó vertiginosamente, a velocidades de Fitipaldi y esa facilidad y soltura que siempre le ha caracterizado, un Islamey deslumbrante y hasta cegador, que acaso descuidó su esencia de «fantasía oriental».

Algo parecido ocurrió en el prodigio de El corpus albeniciano, cuya introducción -la famosa Tarara- anduvo ayuna de su arcaica esencia popular. El milagro de la congelada coda final, con sus colores, juegos armónicos e infinita lentitud, supuso una conclusión más de trámite que de exploración y generación de universos sonoros que son ya impresionistas. Posiblemente, la algarabía que se colaba desde la calle, con chavales jugando o peleándose en una escena más turinesca o sorollesca que albeniciana, ayudó bien poco a que se generara cualquier magia acústica. Dada la inexistente insonorización del Almudí, ¿no podría el Ajuntament emular a otros ayuntamientos, como los de Cullera, Llíria o Granada -donde incluso se desvía el tráfico aéreo durante el Festival-, y cortar el tráfico y las peleas callejeras durante el concierto? De no a hacerlo, solo restan dos opciones: insonorizar la sala o irse con la música a otra parte.

El mejor Claudio Carbó se disfrutó en el capricho bachiano que abrió el programa, entendido desde un lenguaje decididamente pianístico. También en la bienvenida novedad de la Tocata XI del olvidado organista de la Catedral de València Vicente Rodríguez Monllor (Ontinyent, 1690-1760), sucesor del gran Cabanilles en la Catedral, y para cuya interpretación sin precedentes Carbó rechazó cualquier monserga de corte historicista para, como ya hizo en Bach, plantear su música desde un pianismo que en absoluto renuncia a sus recursos de todo tipo, pedales, resonancias y dinámicas incluidos.

El éxito fue mayúsculo. Y merecido. Solo un pianista del arrojo, medios y generosidad de Claudio Carbó puede afrontar exitosamente un programa de semejante calibre. Al final y en medio, llovieron aplausos y bravos. Carbó, que había ido explicando pieza a pieza todo el programa, de acuerdo con la moda imperante, rompió micrófono en mano la concentración, el recogimiento y curso musical del recital. Generoso y tan feliz como siempre, regaló tres propinas, entre ellas El viejo castillo moro de López-Chavarri, y, ya en plan droga dura, la Polonesa heroica de Chopin. Todo concluyó plácidamente, con un tranquilo Schumann que fue de lo mejor de la noche.

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