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Tribuna

En defensa de Alfons Roig

El discípulo del intelectual valenciano emite una carta a Levante-EMV donde niega los abusos

El intelectual valenciano Alfons Roig.

Como discípulo, amigo y heredero de Alfons Roig quiero expresar mi opinión sobre las declaraciones de Juan Genovés aparecidas en su biografía ‘Juan Genovés, ciudadano y pintor’. Dice Genovés: «abusaba de todos los niños que podía a cambio de la comida que proporcionaba a los padres». Esto quiere decir que los padres lo sabían y lo aceptaban. ¿Sabéis de algún padre que lo aceptaría? Los míos no lo hubieran hecho.

Conocí Alfons Roig al Seminario diocesano de Moncada (València), en sexto de bachiller. Desde entonces mantuvimos una amistad solo interrumpida por su muerte. Los últimos quince años de su vida estuve a su lado, en la calle de San Jacinto de València y en la Ermita de Llutxent, como estudiante y como cuidador cuando hizo falta, como hacen los hijos con los padres. Con esto quiero decir que conocí Alfons muy bien y me he encontrado con artistas, curas, profesores, todo tipo de gente de aquí y de fuera que lo quiso y lo admiró por su bonhomía, sensibilidad y sabiduría. Conocí también Juan Genovés con motivo de una exposición antológica suya en Madrid, hace unos cuarenta años, y fui testigo del abrazo y de las muestras de aprecio que se manifestaron al reencontrarse. Y me pregunto por qué Genovés, a los noventa años, embiste Alfons con tal contundencia. El propio Genovés habla de una «València cainita y envidiosa» al comentar el ataque injusto del que fue objeto por parte de Tomàs Llorens. ¿Es esa la explicación de tan grave acusación? ¿Tiene envidia del profesor que conocía el arte moderno y que fue querido por sus discípulos?

Desde que se empezó por fin a hablar y a condenar los execrables abusos a menores, muchos juegos y caricias con los que antes adultos, familiares, curas o maestros trataban a los pequeños de una manera cariñosa y limpia, hoy podrían ser tenidos como de dudosas intenciones. Tengo la certeza que lo que se ha dicho estos días de Alfons es fruto de una interpretación errónea o de algún tipo de animadversión.

Aquí, en la Ermita donde yo vivo, he asistido a encuentros de antiguos monaguillos de la parroquia de San Juan de Ribera, ya mayores y con sus familias, que venían para demostrarle agradecimiento y aprecio. Es un hecho que no se aviene con la afirmación de Genovés cuando dice que todo el barrio sabía de los supuestos abusos.

Mi familia, hermanos y sobrinos hemos vivido con Alfons y nunca hemos visto nada que no fuera afecto mutuo. Y ahora, ya adultos, me preguntan qué quiere decir todo este ajetreo. Y, abrumado cómo estoy, no encuentro ninguna explicación. Les digo que quizás es una manera de vender el libro que ha causado la polémica. O que alguien quiere hacerse con el prestigio de Alfons robándoselo. En todo caso, les digo y lo digo a todos que mantengamos la memoria del hombre al que quisimos y que nos quiso, como queda escrito en su lápida en el cementerio de Llutxent.

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