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MÚSICA CRÍTICA

Vicente Llimerá, el canto del oboe

Vicente Llimerá, el canto del oboe

El batiburrillo de programa ofrecido el viernes por un núcleo camerístico de la Orquestra de València ha tenido un único triunfador: el oboísta Vicente Llimerá, quien encandiló a todos con musicalidad, sentido expresivo y estilístico que superan incluso su depurado virtuosismo instrumental. Con sentido camerístico, brilló con discreta luz propia en el entretejido instrumental de la obertura de la cantata «Weinen, Klagen, Sorgen, Zagen» de Bach, y con decidida actitud solista en los conciertos para oboe y cuerdas de Bach y Marcello con los que redondeó su actuación. La calidad del sonido, el cuidado melodismo, el cultivado sentido estético y la evidente interiorización de un repertorio que tocó siempre de memoria, corroboran al veterano oboísta edetano como uno los nombres grandes de su generación y especialidad.

La calidad y alta temperatura marcada por el más que virtuoso Llimerá se vino abajo apenas abandonó el escenario pequeñito de l’Almodí. Tras el gran inicio barroco, en el que las cuerdas de la muy menguada Orquestra de València dirigida por el maestro invitado, el burrianense Salvador Sebastià, se escucharon desde una sonoridad, articulación y concepto más sinfónicos que barroco, el batiburrillo prosiguió con I Crisantemi, el elegiaco soliloquio para cuerdas que compone Puccini dolido por la muerte temprana de Amadeo de Saboya, en enero de 1890. Cuidadosamente dirigido por Sebastià, sus lentos y escasos minutos fueron puente desubicado para la audición del decepcionante Concierto para piano del valenciano Enrique González Gomà (1889-1977), una antigualla con toquecitos impresionistas e indisimulado tufillo romanticoide.

Apenas de refilón se sintió el «sabor francés y espíritu mediterráneo» del que escribe Bartomeu Jaume en el programa de mano. El diligente esfuerzo interpretativo del solista -el propio Bartomeu Jaume-, no bastó para sacar de donde no hay; ni siquiera en la larga introducción a solo del «Andante pastorale» central, que se antoja cándida parodia de la magistral del Concierto de Ravel. Tampoco el implicado y minucioso trabajo sin batuta de Salvador Sebastià, de gesto quizá más elegante que claro, cuya desenvoltura recuerda a la de su maestro, el inolvidable José Collado, pudo levantar el vuelo de un somero acompañamiento reducido a pequeña plantilla de cuerdas.

Estrenado en París en 1934, por su destinatario, el pianista vinarossenc Leopoldo Querol, e inédito desde 1965, lo mejor del concierto es su brillante comienzo, que abre expectativas -a lo Saint-Saëns- que pronto se diluyen para caer en un pianismo ramplón sin apenas discurso narrativo. Más interés, dentro de su modestia de miras, ofrece el Reverie del propio González Gomà que Bartomeu Jaume regaló en solitario al final de su revelador trabajo. Muchos aplausos y hasta campanadas del exterior que se combinaron con el bullicio acostumbrado en el Almodí. Pero en la memoria resonaba el canto puro del oboe de Llimerá en el adagio del concierto de Marcello.

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