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Crítica

La consagración de Gustavo Gimeno

Gustavo Gimeno en Berlín.

El debut de Gustavo Gimeno al frente de la Filarmónica de Berlín en su propia temporada de abono en la Philharmonie berlinesa ha supuesto la definitiva consagración del director valenciano como uno de los grandes maestros de su generación. Gimeno ha llegado el jueves al exigente y temido podio berlinés armado con un sólido bagaje musical, pero también en esa elegancia, claridad y naturalidad que tanto le distingue.

La prensa berlinesa, que no ha escatimado elogios al exitoso debut, ha remarcado precisamente estas mismas cualidades, y no duda en atribuirlas a la «herencia» de sus maestros Claudio Abbado y Maris Jansons, «a los que Gimeno tanto recuerda», se aventura a aplaudir Felix Stephen en el Berliner Morgenpost. La presentación de Gimeno sobre el que es unánimemente considerado como uno de los podios más anhelados, comprometidos y temidos del sinfonismo internacional no ha podido tener mejor desenlace.

No ya por el reconocimiento de la crítica berlinesa, o el triunfo evidenciado por la afirmativa respuesta de un público -los abonados de la orquesta y de la propia Philharmonie berlinesa- acostumbrado a lo mejor, y que obligó al director valenciano a salir reiteradas ocasiones a escena para responder a la unánime ovación, sino, sobre todo, por el nivel artístico de un programa comprometido, «de los que la Filarmónica reserva a los grandes y conocidos directores con los que trabaja asiduamente». Con su trabajo, talento y maestría evidente, Gimeno logró que los filarmónicos berlineses dieran lo mejor de sí bajo su gobierno elegante, efectivo y largamente cuajado.

Ante una sala sin limitaciones de aforo y al borde del «no hay localidades» (el aforo de la emblemática Philharmonie berlinesa es de 2.440 localidades, y el programa se ofrece tres días consecutivos), Gimeno abrió el programa el jueves con el «clásico» pero ya personalísimo Concierto rumano que escribe György Ligeti en 1951 bajo la estela folclorista de Bartók y Kodály. Nada delataba que, asombrosamente, los berlineses jamás habían tocado este ya clásico del siglo XX. Menos aún que se tratara de la primera colaboración con el director español. Orquesta y maestro, maestro y orquesta, coprotagonizaron una versión de referencia, exultante de virtuosismo instrumental -excepcional el concertino estadounidense Noah Bendix-Balgley-, sabor popular y empaque sinfónico.

El programa contó con el plus solista de otro debutante en la temporada berlinesa, el violinista Augustin Hadelich (1984), coloso del violín contemporáneo que, en sintonía con el acompañamiento cuidadoso, cómplice e implicado de Gimeno, volcó sus medios y sensibilidades en una realización rica en registros, imaginación, sentido y carácter del Segundo concierto de Prokófiev. Fue una interpretación perfecta, honda y genuina.

Sheherezade, el fantasioso y fantástico poema sinfónico que compone Rismki-Kórsakov fascinado con los cuentos de «Las mil y una noches», fue colofón de esta noche plagada de grandes músicas y músicos. Sonoridades pletóricas de colores, fantasía, insinuaciones e indisimulado descriptivismo. Alejadas de cualquier ramplonería o demagogia lacrimógena.

Gustavo Gimeno se distanció de cualquier lugar común para centrarse en una visión calibrada en sus efusiones orientalizantes y suntuosidad sinfónica; generosa en fantasía, magia, lirismo y equilibrio. Y tuvo, además, la lucidez de enfatizar, subrayar y dejar escuchar las muchas intervenciones solistas. Pinceladas maestras en el maravilloso tapiz sinfónico tejido por el genio orquestador de Rimski-Kórsakov. Concertino (sensacional toda la noche Bendix-Balgley), fagot, clarinete, flauta, oboe, arpa y todos los demás solistas y secciones lucieron la incomparabilidad de una orquesta única. Tanto como el maestro y el solista de este concierto excepcional que consagra al maestro valenciano en el Olimpo de su generación. Sus maestros Jansons y Abbado pueden estar bien contentos.

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