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Crítica

La Perra Blanco y el fin de las restricciones

Monumental el jari que montó La Perra Blanco con su ardiente y vertiginoso rockabilly en el 16 Toneladas unos minutos después de que el reloj alcanzara la media noche del jueves pasado y nos metiera de lleno en esta deseadísima nueva fase del ocio nocturno en la que se puede bailar, cantar y dar vueltas al aire. Al menos eso era lo que el público esperaba después de haberse empachado de cartelitos en la tele y llamativos recuadros en prensa en una ilusionante campaña de señalética puesta en marcha por las autoridades, como diciendo: al loro chavalada, terminó la pesadilla, vuelve el cachondeo aunque sea con mascarilla. Quia. Niet. Nasti.

Por el contrario, la sala presentaba la geografía habitual, con la pista de baile inundada de sillas, banquetas y mesas. Con una de las barras cerrada. Con todas las entradas vendidas, de acuerdo, pero aún lejos del tan cacareado aforo completo que ya vuelve a estar permitido. Al menos, supuestamente. La realidad administrativa, esa que emana del DOGV, dice algo diferente. Lo señala Pepe Rueda, gerente de la sala, y lo hace en nombre de los 18 locales de todo el País Valenciano que valientemente se han embarcado en el proyecto Circuit Viu!, con el objetivo de dinamizar el sector, fomentar la cultura de club y el regreso del público a las salas de música. «El levantamiento de las restricciones no ha solucionado nada en nuestro sector. La nueva normativa, que señala explícitamente la vuelta a los aforos pre pandémicos en otros negocios y locales, nos deja tal y como estábamos hace una semana o quizá peor».

Pepe explica que, para cumplir con las normas actuales, hay que habilitar lugares donde la gente pueda consumir sus bebidas lejos de la pista de baile. O sea, mantener mesas y asientos que quitan metros cuadrados al espacio destinado al ejercicio de la danza que, a su vez, queda sujeta a la guarda de distancia interpersonal de seguridad. Así que como el DJ ponga un temazo rompepistas y a toda la peña le dé por levantarse a bailar a la vez necesitas montarte el bar en Mestalla.

LA PERRA BLANCO Y EL FIN DE LAS RESTRICCIONES

LA PERRA BLANCO Y EL FIN DE LAS RESTRICCIONES Fernando Soriano

Por otra parte, el consumo de pie en la barra está permitido, pero se debe respetar la distancia entre grupos. O sea, más espacio de separación, más huecos muertos en los que es imposible acomodar audiencia para los conciertos. En definitiva, normas que lejos de ser liberadoras, llevan implícitamente un recorte del aforo. «Se trata de algo que nadie explica correctamente en la información que llega al ciudadano, los clientes vienen con la ilusión de que todo vuelve a ser como antes de la pandemia y resulta que no comprenden que todavía estemos con este panorama restrictivo», lamenta Rueda, que subraya «el tiempo y el esfuerzo extra que hay que dedicar todas las noches a explicar el asunto a todos los que entran por la puerta pensando que aquello es Jauja».

Existe el disgusto, obviamente, pero también la música. Les contaba al principio que Alba Blanco y sus dos músicos ofrecieron un soberbio concierto de rockabilly canónico para goce del personal que, civilizadamente, obedecía las normas con una lógica mueca de extrañeza e incomprensión que se tornó en placentera sonrisa cuando apareció la andaluza con una Les Paul dorada como la manzanilla pasada de Sanlúcar de Barrameda. Con desparpajo, ilusión, buen humor, actitud y una reverb que todavía debe de estar sonando en las poblaciones colindantes, La Perra Blanco exprimieron su rock and roll primigenio con un elegante y maduro savoir faire. Lo hicieron a través de las fabulosas canciones de su largo «Bop and Shake» y de su epé homónimo, apelando a la magia de Cash, Perkins y Cochran o tocando versiones de Merle Travis, Roy Orbison y Patsy Cline.

En una ceremonia auténtica, sencilla, rural como de feria del condado o de fiesta en un granero, el encanto sureño de los tres músicos logró una espléndida conexión con un público cálido y pasional, que no dejó de dar palmas y animar en ningún momento y que trataba de bailar en el exiguo lugar que permitía la ordenanza. Había que ver a Guillermo, el contrabajista, echando zarpazos con su diestra a unas cuerdas que temblaban de ritmo y miedo, mientras que usaba la zurda como un reloj suizo sobre el mástil del gigantesco instrumento. O a Juan, el batería, cambiando una baqueta con dos maracas para golpear los toms con una matizada y enriquecida solidez, grave y señorial, pero tribal y canalla, la pura esencia del rock and roll.

Alba, por su parte, cantaba con gracia, eco y jeta, señora absoluta del escenario, estableciendo intensa una serie de divertidos diálogos musicales con sus compañeros, pero también entre el trío y los asistentes, hipnotizados ante el espectáculo de ver salir algo tan grande de alguien tan joven y tan menuda. Una ampollita de nitroglicerina que, como demuestran sus frecuentes apariciones en medios de comunicación y festivales internacionales, ya se ha hecho un lugar prominente en la escena musical española gracias a un magnífico talento y a una envidiable valentía.

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