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Isabel Burdiel

"La interpretación de la Historia se ha dejado en manos de las series de ficción y videojuegos"

«Emilia Pardo Bazán es un personaje muy contradictorio, permite ver el siglo XIX desde muy diversos ángulos», asegura la catedrática de la UV

«La interpretación de la Historia se ha dejado en manos de las series de ficción y videojuegos»

La escritora Emilia Pardo Bazán (A Coruña, 1851-Madrid, 1921) sigue dando alegrías a la catedrática de Historia Contemporánea de la Universitat de València Isabel Burdiel. Su biografía sobre la prolífica autora le valió en 2020 el galardón al mejor ensayo de en los Premios de la Crítica Valenciana. Ahora, la Real Academia Española distingue su libro Emilia Pardo Bazán (Taurus, 2019) como la mejor investigación filológica. Burdiel sabe de premios. En 2011 recibió el Nacional de Historia por una biografía de Isabel II de España, convirtiéndose en la segunda mujer, tras Carmen Iglesias, en recibir este premio.

Burdiel está especializada en el siglo XIX y se ha interesado también por las relaciones entre Historia y Literatura y por la biografía. Ha dedicado una parte importante de su obra a la historiografía de las mujeres y la investigación sobre la construcción de identidad. Entre sus primeras publicaciones se encuentran textos como La política de los notables (1987), las ediciones críticas de la Vindicación de los derechos de la mujer -de Mary Wollstonecraft- (1994) y Frankenstein, de Mary Shelley (1996), o el ensayo La dama de blanco. Además, ha sido la comisaria de la exposición que la Biblioteca Nacional de España ha dedicado a Pardo Bazán en 2021 con motivo del centenario de su muerte.

¿Por qué eligió la figura de Emilia Pardo Bazán?

Fue una mezcla de interés propio y encargo. La colección ‘Españoles eminentes’, de la Fundación Juan March y editada por Taurus, no tenía mujeres entre esos españoles eminentes y se intentó subsanar inmediatamente. Taurus era mi editorial y Javier Gomá [director de la fundación] me llamó y me dijo que les encantaría que colaborase, pero no podían ser ni reyes ni políticos por esa falta de consenso en la Historia de España. Buscaban literatas o científicas. Yo tenía interés en Emilia Pardo Bazán desde que iba al colegio en Galicia porque me crié allí. Las monjas hablaban rápidamente sobre ella, decían que era muy católica y muy gallega, pero cuando pedías leerla decían que no era para tu edad. Entonces yo notaba que había algo raro. Pardo Bazán me pareció un personaje interesante. Pensé que iba a ser un proyecto corto, de alta divulgación, y era del siglo XIX, que es lo que a mí me interesa, así que me subí a ese barco. En vez de un trabajo corto han sido casi nueve años de trabajo porque es inabarcable. Es un personaje muy contradictorio, permite ver el siglo XIX desde muy diversos ángulos.

En esa casi década de estudio, ¿qué ha descubierto sobre ella, algo que le haya sorprendido?

Lo más obvio es que era una buena escritora e interesante, pero no era consciente de lo buena que era, aunque con altibajos como todos los escritores prolíficos. Soy una gran lectora de literatura del siglo XIX en general y mujeres en particular. Me di cuenta de que estaba al mismo nivel que las grandes escritoras europeas del siglo XIX. Me sorprendió su potencia intelectual y estética, su valentía y arrojo; esa voluntad de seguir una vocación, en su caso muy evidente, contra viento y marea. Y sus cuentos son de lo mejor que se ha escrito en su época en Europa, sin duda.

Su figura, sin embargo, no es de las más conocidas por el gran público.

Hay una situación muy ambivalente. Académicamente, desde los años 60 y 70 se la ha revalorizado muchísimo. Los historiadores de literatura norteamericanos de ese periodo, ingleses, franceses, japoneses y españoles la consideran una de las grandes, pero desde el punto de vista popular, la gente se ha quedado con el chascarrillo, con el chiste, a veces incluso sobre ella. La gente, como mucho, recuerda su romance con Benito Pérez Galdós. No se le ha leído lo bastante, no es una figura mayor de la literatura. Creo que debe serlo y estoy contenta de que el centenario [de su muerte este año] y mi libro -que lleva ya cinco ediciones y eso es una barbaridad en España-, hagan que el público en general, no los especialistas, lean a Pardo Bazán. Hay una antología de una especialista en ella, Cristina Patiño, sobre los cuentos de maltrato a las mujeres. Escribió muchísimos, fue pionera en ese sentido. Se titula El encaje roto. Son relatos breves y maravillosos, tienen fuerza, potencia, indignación contenida, humor... Empezar por ahí es una buenísima lectura, no solo por el tema de la mujeres, sino por ver lo fabulosa escritora de cuentos que era.

¿Con qué legado literario y social se queda de Emilia Pardo Bazán?

El legado de escribir muy bien, ser una gran novelista, con el legado de su feminismo, un feminismo muy radical para su época y muy moderno. Reivindico su legado de los umbrales de la modernidad, cómo ella estuvo en ese umbral de la modernidad aceptando todos sus desafíos. Yo no he hecho una hagiografía porque no he obviado nada, no he escondido nada de ella. Fue carlista, muy conservadora y muy elitista en muchos aspectos. Al mismo tiempo fue muy moderna, progresista, arrojada y solidaria en otras cuestiones. Las contradicciones y sus ambivalencias han sido tan importantes como cualquier otro aspecto de ella. Vivió la modernidad como una desafío, un reto, no se escondió ante nada. Además, me interesa mucho el humor de Pardo Bazán. En esa línea podría haber estudios interesantes: el humor de Pardo Bazán y sobre ella -que fue objeto de chistes- y cómo se defendió también con el humor.

La RAE ha premiado ahora su obra sobre Emilia Pardo Bazán a la que, precisamente, tantas veces negaron su entrada como académica.

La RAE no quiere un valor simbólico con este premio, pero está bien que se una este premio al nombre de Pardo Bazán. En el XIX, cuando se le rechazó, había dos aspectos importantes. Por un lado, es que tuvo muchos apoyos de hombres que no fueron misóginos ni machistas. Es más interesante analizar a esos hombres que centrarnos en el victimismo y misoginia. Era gente estupenda como Rafael Altamira, Ramón Menéndez Pidal, el propio [Antonio] Maura o Galdós. Los grandes la apoyaron, fueron los más mediocres los que no la apoyaron. Por otra parte, ella consideraba que la ‘confrontación’ con la Academia o su fracaso para entrar fue, en cierto modo, una victoria porque consiguió que al final tuviera que decir que no entraba porque la Academia no aceptaba mujeres, no porque ella no tuviera méritos. Le obligó a decir explícitamente que la Academia no aceptaba mujeres.

¿Es duro estudiar Historia en tiempos en los que los niños quieren ser ‘youtubers’, ‘instagramers, ‘gamers’...?

Tengo muy buenos estudiantes de Historia y son muy vocacionales. Les interesa la Historia porque han tenido buenos profesores de Historia. Hay una generación de profesores que se formaron en los años 70 y 80 que hacen una enorme labor. La Historia es apasionante, es la mejor novela. Con la Historia se puede estudiar la literatura porque lo que la gente imaginó es casi tan importante como lo que vivió. La literatura es material histórico y, visto así, la Historia es fascinante y se debería promocionar más públicamente. No estamos en un mal momento entre la gente joven. Hay una cuestión interesante y es que se ha dejado a los videojuegos y series de ficción la interpretación histórica. En países con más tradición de defensa de la Historia grandes historiadores están colaborando en videojuegos y series. Es un lugar al que deberíamos poder acceder. La única manera de hacer atractiva la Historia es, no solo dar el dato, que hay que darlo, sino contar el porqué. En cuanto introduces el porqué los estudiantes despiertan.

¿Cómo hubiera sido la Historia de haber existido más mujeres en el poder?

Más justa y con menos opresión, sufrimiento y estupidez, pero no porque las mujeres seamos superiores moralmente a los hombres. Hay mujeres estupendas y horribles, pero con más mujeres en el poder se hubiera dado la oportunidad de ser a la mitad de la humanidad. Ser individuo es algo que se ha ido conquistando pero que es fácil de perder. Hay que estar vigilantes.

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