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MÚSICA CRÍTICA

Ricardo III de Italia

Ricardo III de Italia Justo Romero

La temporada sinfónica de la Orquestra de la Comunitat Valenciana ha deparado una nueva gran cita musical. Tras los conciertos excepcionales dirigidos por Daniele Gatti, Manfred Honeck y Antonello Manacorda, el sábado ha sido el romano Riccardo Minasi (1978) el artífice de una velada no menos sobresaliente. En los atriles, un programa cargado de bellezas, emociones e inteligencia, articulado en torno a la influencia de la italianità en compositores de Centroeuropa. Haydn, Schubert, Beethoven y Strauss. Para redondear esta cita en la que la OCV volvió a lucir sus excelencias, Minasi contó con la implicación solista de la soprano alemana Julia Kleiter (1980).

Violinista de prestigio y director de evidentes méritos, Minasi procede, como sus compatriotas Alessandrini, Antonini o Biondi, del universo particular de la música antigua. Dirige sin batuta y su aspecto sobre el podio semeja, como ellos, cualquier cosa menos la imagen estereotipada del director de orquesta. Pero él rompe clichés. A diferencia de otros colegas, cuyas incursiones en repertorios alejados al universo barroco y a los instrumentos de época han resultado fallidas, Minasi se revela sobre el podio más cercano a sus tocayos y también paisanos Riccardo Muti y Riccardo Chailly. Como ellos, este verdadero Riccardo III de Italia es un maestro de múltiples competencias, capaz de resolver con brillantez y desenvoltura ante la nutrida orquesta sinfónica una obra tan espinosa como el poema Aux Italien, de Richard Strauss, del que brindaron -él y los profesores de la OCV- una sobresaliente y narrativa versión, henchida de empaque instrumental y sentido filarmónico.

Antes, en la primera parte del programa, con una plantilla más reducida, pero en absoluto de corte historicista, recrearon con ligereza, fidelidad y variados registros la incomprensiblemente poco programada Obertura en estilo italiano, que escribe Schubert en noviembre de 1817, en el marco de la influencia grande y admirada que Italia, sus músicos y músicas, ejercieron en la efervescente Viena de la época. Algo parecido ocurre con la bellísima Escena de Berenice, página maestra de Haydn, casi olvidada en las salas de concierto, estrenada en Londres, en mayo de 1795. Julia Kleiter fue solista ideal, en cómplice y perfecta sintonía con Minasi. El dolor de la mujer enamorada y abandonada por su pareja, el vacío de la ausencia del ser querido, fueron revividos por su canto claro, expresivo y vivamente dramatizado.

Idénticas cualidades hizo relucir en la escena y aria de concierto Ah! Perfido, que ultima Beethoven en 1796, sobre versos en italiano que el gran Metastasio escribe sobre la misma temática que la escena de Haydn. Sin embargo, la versión tuvo aquí su talón de Aquiles en un instrumento vocal excesivamente ligero para la tesitura y exigencias tremendas que plantea Beethoven. La voz de la Kleiter, propia de soprano lírica cercana al registro ligero, adolece del peso y redondez que requiere la partitura en sus registros más graves. Aún así, fue una visión de penetrante calado expresivo y evidente solvencia musical, en la que el gran maestro Minasi tuvo la habilidad de plegar la sonoridad orquestal y el fraseo a las características vocales de la solista sin mermar por ello la naturaleza de la escritura beethoveniana. Éxito de todos, merecido y bien reconocido por un Auditori ya casi colmado en su aforo. ¡Qué felicidad!

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