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Crítica

Joyce DiDonato canta y «cuenta» Winterreise

La 'mezzo' estadounidense en Les Arts.

Hubo un largo silencio, segundos quizá eternos, tras escucharse el leve acorde final. Segundos para respirar, quizá para secarse disimuladamente las lágrimas y volver al mundo. La mezzosoprano estadounidense Joyce DiDonato, acompañada al piano por su paisano Craig Terry, hizo partícipes a todos de las penas, nostalgias, pesadumbres, añoranzas y pequeñas historias que cuenta y vive el protagonista del Viaje de invierno de Schubert en su itinerario inexorable al final, al adiós último. Un derrotero por la desolación ante la pasión no correspondida, ante la «impresión gélida, sin concesión al encanto ni a la felicidad lacrimógena», por utilizar la expresión de quien –desde su vocalidad diferente e inconfundible- ha sido uno de sus mejores artífices, el barítono Dietrich Fischer-Dieskau.

Joyce DiDonato (1969) ha escuchado, pero no imitado el modelo Fischer-Dieskau y tantos otros, como los de sus antecesoras Christa Ludwig y Brigitte Fassbaender. Ha querido contar «su» Winterreise desde la posición de «Ella», «ese personaje catalizador», escribe DiDonato en el programa de mano, «que induce a nuestra protagonista a embarcarse en su viaje de descubrimiento, aflicción y desesperación». Él, ella, ella, él… Es una opción que queda bien, y a tono con los tiempos. Pero la historia es la que es: «El amor no correspondido». De ella o de él. El relato trasciende esa perspectiva para ser más universal. Los versos de Wilhelm Müller y la música cómplice de Schubert arrancan y apuntan al alma, no a los genitales.

Joyce DiDonato canta y «cuenta» Winterreise

Cuenta la DiDonato que la protagonista de «su» Winterreise le envío su diario «por correo», y es el que ella lee y detalla durante los cerca de 75 minutos que se prolongan los 24 Lieder que integran el ciclo. La lectura, pegadita a una mesita-camilla modelo Pires, resta intimidad, al interponerse entre el alma del artista y las del público. Con el recurso del libro, de alguna manera, la cantante desdibuja su protagonismo para convertirse en transmisor de algo que debería salir de las entrañas de su propio corazón y no de las frías páginas del diario en forma de catecismo. El crítico ignora si la historia del librito es un recurso para retener y apuntar los muchos versos y melodías en un idioma ajeno a la DiDonato, o si efectivamente es un elemento dramatúrgico.

Sea como fuere, la diva cantó desde su naturaleza de gran, grandísima artista, y «leyó» el Winterreise con la entrega, implicación y medios de quien es intérprete de primerísimo orden. Contó y cantó cada uno de los 24 episodios, cada uno de los recuerdos, reflexiones o situaciones, con confidencialidad extrema, como si se los estuviera confiando privadamente a cada espectador. Fue una versión intensa, emotiva, conmovedora y apesadumbradamente hermosa. También henchida de vivencias, convicción, verdad, estilo y fondo. Expresada desde la plenitud vocal y vital de una artista que ha sabido esperar para recalar, desde su nueva madurez, a esta cima de la literatura vocal, tan alejada de su universo y repertorio, de sus Händel, Mozart, Rossini, Bellini, Donizetti o Massenet.

Se ha metido en la aventura arriesgada de Winterreise «por amor». Y lo ha hecho con enorme respeto, pero sin reservas ni miedos. Con su vocalidad saludable y expertamente gobernada, de poderosa proyección, rica en matices y colores; con atención a unos pianísimos al límite pero siempre perceptibles (con la complicidad de la estupenda acústica de la Sala Principal del Palau de les Arts); con convicción expresiva y una calibrada administración del tiempo narrativo y de los silencios entre número y número, como la muy larga pausa que guardó antes del acometer el último Lied, Der Leiermann, que se sintió como llegado ya desde el más allá, después de la definitiva partida, tras esa larga pausa que nunca resultó excesiva…

Cada Lied, cada pequeña historia, cada microcosmos, encontró en la voz y el corazón de Joyce DiDonato específico tratamiento y expresión, sin perder por ello la globalidad unitaria del caleidoscópico ciclo, ultimado por Schubert apenas unos meses antes de su muerte, en noviembre de 1828. Pese a un acompañamiento pianístico de irrebatible calidad, pero circunspecto en la indagación de los colores, registros y gamas que exige la particular escritura pianística schubertiana, el «imán Di Donato», como la ha bautizado Carla Melchor en estas mismas páginas-, plagó su visión de mil y un detalles, destellos y sutilezas.

Al final, tras esos quizá eternos segundos de regreso al mundo, la ovación, tímida al principio, se tornó apoteosis. Y ella, tan emocionada como el público, se lanzó a soltar una perorata que por sincera y entrañable no resultó pegote. Habló de la pandemia, de teatros cerrados, «de tantas cosas que han pasado…» También de la noche y de la luz del amanecer, «que siempre llega». Y la luz llegó, como droga en vena: «Aunque después del Viaje de invierno ¡qué se puede hacer!...», dijo en un correcto español trufado de italiano antes de que el teclado comenzara a susurrar los tenues pero luminosos arpegios del Morgen straussiano. ¡Imagínense!

Inevitables en esta crítica algunos aguijones: al Palau de les Arts, por no evitar que durante el recital entrara y saliera la gente de la sala como si aquello fuera un cine de barrio y no un teatro de ópera; a algunos espectadores, que en pleno recital andaban como Mateo por su casa, cambiándose escandalosamente de localidad; a los de los móviles con vocación de director de cine: además de estar prohibido, ni se imaginan lo que molesta al entorno y a los propios artistas, que desde el escenario les ven con las caras iluminadas por la pantalla del teléfono, «y dan hasta miedo, parecen zombis», se quejaba recientemente una cantante.

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