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Vicent Torrent | Músico.

"La Generalitat aún no ha entendido la revolución cultural del pueblo"

«El Tio Canya estaría contento por ver a los niños hablando valenciano en las aulas, pero se le pasaría al comprobar que al salir al patio se han pasado todos al castellano»

El músico Vicent Torrent, el pasado miércoles en su casa. Germán caballero

Con ‘Racons i cançons’, su segundo disco en solitario, el primero tras la disolución en 2013 de Al Tall, Vicent Torrent ha cerrado un círculo musical y vital de más de cinco décadas. «Aquella nit», el tema que abre este álbum y que Torrent presentará los días 11 y 12 de diciembre en el Teatre Principal, se inicia con unos versos escritos en 1971 y concluye con otros versos escritos en 2018, también de amor y dedicados a Teresa, su mujer. A partir de ahí, encontramos una colección de canciones provenientes de la época en la que un joven deslumbrado por el espíritu del 68, las lecturas de Fuster y la maestría de Raimon, decidió dejar los Escolapios y dedicarse -primero con Grup València Folk y después con Al Tall-, para siempre a la música. «

En esa época estábamos como saliendo de un túnel -explica en el salón de su casa de Alcàsser, sentado bajo la partitura enmarcada de «Tio Canya»-. Y a nivel de País Valenciano hubo una especie de revolución cultural arrolladora a la que, por desgracia, no se le acabó haciendo autopista para que continuara. Veníamos de una época en la que la autoestima del país estaba más baja que nunca y nosotros nos pusimos a hacer música para subirla».

Con la perspectiva del tiempo, ¿qué importancia ha tenido Al Tall, y usted mismo, en la cultura valenciana?

Nuestra importancia viene de haber empujado el giro que dio una parte fuerte de la población valenciana que pasó de odiarse a reivindicarlo todo. En algunos de nuestros conciertos invitábamos a subir a Joan Blasco, el ‘dolçainer’ de València, y a su ‘tabaleter’, y la gente de escucharlos se volvía loca. Era señal de que la gente quería abandonar esa concepción de que éramos un pueblo miserable y empezar a defender todo el bagaje cultural del país.

Viene de una familia de derechas. ¿Cómo se vivió en casa su paso de los Escolapios al activismo cultural y político?

Tuve la mala suerte, y al mismo tiempo la buena suerte, de que mis padres murieron muy pronto y no conocieron mi cambio. Los hermanos mayores sí lo conocieron. Primero estaban un poco con las uñas preparadas, pero cuando entré en València Folk y después en Al Tall, comenzaron a verlo de otra manera. Mi hermano mayor, que había sido valencianista de joven y que tenía algún libro de versos publicado, me miraba con un poco de miedo pero con cariño también.

¿Cómo era la València del Equip València Folk?

Era un paisaje explosivo lleno de manifestaciones, asambleas, los primeros ‘aplecs’... Nosotros cantábamos en colegios mayores, parroquias «progres», en algún teleclub y alguna plaza de pueblo. Teníamos claro que no éramos un grupo de artistas sino de animación, hacíamos cantar a la gente y, de vez en cuando, también lo hacíamos nosotros.

Antes ha dicho que aquella «revolución cultural» valencianista no se ha desarrollado.

Ha continuado de alguna manera, pero se ha teorizado muy poco al respecto. Los políticos de derechas la han intentado ocultar y los de izquierdas, sobre todo el PSOE cuando ha estado mandando, la han tratado como «sí, bueno, folclore...». Pero no ha habido una conciencia ni se ha incentivado para revertir la sustitución cultural que hemos padecido en este y en otros sectores.

¿Le ha decepcionado por esto el actual gobierno autonómico de izquierdas?

Decepcionado no. Entiendo que tengan vacilaciones porque tienen el problema de que no están con los intereses de los poderes fácticos, de los que tienen el dinero. Pero creo que tampoco han entendido muy bien esta revolución cultural que ha habido y no han tomado decisiones para darle marcha a este camino que inició el pueblo. No estoy decepcionado, pero tampoco estoy contento.

¿Si reviviera el Tio Canya y volviera a València, qué haría?

Se quedaría un poco como estaba. No sé si llegaría a percibir el cambio que ha habido de los años 60 a ahora respecto a la lengua. En València ciudad la calle todavía está ganada por la lengua española. Podría entrar en el aula de un colegio, vería a los niños hablar en valenciano y diría ‘esto cómo puede ser’. Estaría contento. Pero después saldría al patio y se le pasaría al ver a los mismos niños que se han pasado al castellano. O esta costumbre que han cogido los políticos y los periodistas cuando hay un debate o una rueda de prensa, en la que hablan en valenciano hasta que alguien se dirige a ellos en castellano. Continúan cediendo el espacio y aceptando que el catalán de aquí es una cosa menor.

¿Qué siente cuando vuelve a escuchar mensajes muy parecidos a los de ese franquismo contra el que usted cantó?

Ha habido una involución que no acabo de entender. Da pena porque cuando ya se han superado unos escalones de libertad y cultura, nos encontramos que en las Corts se discuten y votan cosas que ya estaban claras. Da un poco de miedo y no sé a dónde irá a parar, pero me gusta pensar que aquel destello revolucionario de los 60 y 70 llega aún hoy en día y nos podemos enganchar y aprender de aquello. Al final, la lucha contra la extrema derecha y la barbarie vale igual antes que ahora.

La última batalla musical de Al Tall fue el «Romanç contra Camps» por las elecciones de 2011.

En ese momento teníamos la idea relativizada de que las canciones se tenían que trabajar con un lenguaje poético y figurado, y que los panfletos estaban fuera de lugar. Pero en situaciones agudas como aquella mandas ‘a fer la mà’ los principios y piensas que lo importante es cantar. Fue un panfleto con el que nos quedamos muy descansados porque aquel hombre y su cuadrilla se estaban hinchando mucho. Eso sí, por lo menos se notaba que eran enemigos, no como en otras épocas.

He leído alguna vez que la época más difícil para Al Tall fue cuando en los 80 y 90 mandaba el PSOE en la Generalitat.

Lerma creó una dinámica de desmovilización general, eso de «se ha acabado la época de reivindicar, ha llegado la época de celebrar». Y fue a barrer todo lo que iba ligado a la movilización popular. Me sabe mal decirlo porque Ximo Puig es seguramente el alcalde que más veces nos ha contratado, pero el PSOE barrió la «cançò», no nos contrataban y no nos miraban con cara simpática. Recuerdo una vez, en un acto de la revista Saó, nos pusieron en una tarimita a cantar y delante estaba Lerma con un puro bien grande y mirándonos con una cara de asco impresionante.

Hubo una generación que partir de los 90 sí os empezó a reivindicar como referentes.

Hubo un momento en el que nos dimos cuenta de que pasaba algo. Se repetía nuestro público, cada vez era más mayor, veíamos que ya había un velo de aburrimiento en algún concierto... No sabíamos lo que hacer, pero de pronto hubo dos o tres generaciones, la de Obrint Pas o Feliu Ventura, en que nos empezaron a reivindicar y empezó a venir gente cada vez más joven a nuestros conciertos. Eso nos alargó la vida.

¿Pero ha dejado herencia Al Tall? ¿Ha heredado alguien ese concepto de usar la tradición para transmitir mensajes cívicos y políticos?

Creo que no mucho. La manera tradicional de hacer música de este país es un lenguaje activo y con muchas posibilidades que no se aprovechan. Hay grupos que hacen un folk que se arrima a la música antigua y otros que hacen un folk muy progresivo, que están todos muy bien pero no inciden en lo popular y van a públicos tipo gueto. Musicalmente, nos dejan a nosotros a la altura del betún, pero no se atreven a dedicar esos avances a la canción utilitaria para la gente, que es lo fundamental. Y después está el fenómeno Botifarra, que es la hostia porque alarga en el tiempo las referencias sonoras de la gente, pero que, excepto en algunas canciones, tampoco aborda lo de cantar cosas nuevas de la vida real.

El mensaje está ahora en otro tipo de músicas, como Els Jovens, Zoo o la rapera Tesa, con quien usted mismo ha colaborado.

Sí, y es un camino muy saludable, porque una cosa es la música tradicional, que nos remite a los bisabuelos, y otra la manera tradicional de hacer música, que es un lenguaje que se puede desarrollar de muchas maneras y fusionarse con otros.

Lo que sí parece definitivo es que para cantar en valenciano no es obligatorio meterse en política. ¿Eso es bueno?

Absolutamente. Yo siempre he dicho que será un buen momento cuando cantar en valenciano no sea una actitud política. Y digo que «será» porque hoy en día todavía lo es. Hay mucho público en el país que no se acerca a este mundo porque entiende que cantar en valenciano es una reivindicación y no tienen ganas de entrar en eso. Cuando vean que no tiene por qué tener esa connotación, será fantástico.

Torrent, March y Brecht

«Racons i cançons» nace de la insistencia del promotor de rock, y vecino de Vicent Torrent, Juan Diego Sanchis. Él ha sido quien ha convencido al miembro de Al Tall de volver a los estudios de grabación y a los escenarios. Sanchis es también el productor de este álbum en el que Torrent se ha rodeado de músicos de la talla de Néstor Mont, Robert Moreno, Joan Codina, Tóbal Rentero y Jordi Pastor. Además de sus propias composiciones, algunas con más de medio siglo de historia, Torrent ha musicado en «Racons i cançons» escritos y poemas de Joan Timoneda, Guillem de Berguedà, Valeri Fuster, Bertolt Brecht y Ausiàs March.

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