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Fantástico y nada fantástica

El armenio Serguéi Babayan. | LIVE MUSIC VALÈNCIA

Entre los atractivos de la temporada exiliada del Palau de la Música, la presencia del pianista armenio Serguéi Babayan (1961) apuntaba como una de las más prometedoras citas. Y así ha sido. Ante un Auditori del Palau de les Arts a rebosar, el maestro de maestros -entre sus alumnos se encuentra Daniil Trifonov- desplegó en su debut con la Orquestra de València sus medios técnicos y criterio expresivo para brindar una fantástica versión de ese cúmulo de dificultades de todo tipo que es el temido Tercer concierto para piano de Rajmáninov, considerado como el más difícil del repertorio, junto con los segundos conciertos de Bartók y Prokófiev.

El Tercero de Rajmáninov según Babayan fue «fantástico» por su deslumbrante perfección técnica, pero sobre todo por la autoridad expresiva de una visión empeñada en quitar almíbar y ahondar en la fusión excepcional que Rajmáninov -como Albéniz, que muere en 1909, el mismo año en que el ruso concluye y estrena el concierto- vierte en una obra en la que, como la Iberia del español, técnica es expresión y viceversa. Pianistas compositores, compositores pianistas, como Chopin y Liszt. Asombra y fascina el virtuosismo, la desnuda claridad técnica, que es en sí misma arte; fascina y asombra el aliento romántico de Babayan, genuino y limpio de cualquier exceso, nacido del alma y la cercanía vital, de quien es uno de los grandes colosos del viejo y eterno piano soviético -ruso, ucraniano, armenio…-, del mejor pianismo universal.

Poco importó que el director Ramón Tebar, muy en su línea, se lanzara a excesos lacrimógenos y a descuidar hasta la casi mudez del teclado el balance entre orquesta y solista. Por fortuna, la maestría y poderosa sonoridad del solista atenuaron tanta incontinencia decibélica. El solista impuso su versión exenta de blanduras y demagogias ante el huero ímpetu del podio. Cantó con claridad, hizo música a espuertas, dejó oír todas y cada una de las millones de notas de la partitura y en absoluto azuzó el fuego que late en un pentagrama fogoso, pero nunca desquiciado. La respuesta del público fue, claro, de total entusiasmo. Como templado contraste, llegó fuera de programa el regalo desnudo y quieto del aria que es tema de las las Variaciones Goldberg de Bach. ¡Qué maravilla la música en manos de un artista como Babayan!

Luego, en la segunda parte del excesivo programa, llegó una poco fantástica Sinfonía Fantástica de Berlioz. No tanto por un Tebar que no voló más allá de la corrección, ajeno a cualquier fantasía o destello, sino por una orquesta desmotivada y diezmada; desajustada y cargada de bajas y de reemplazos, en la que apenas cabe remarcar las intervenciones del oboe (Roberto Turlo) y el templado pero cantable corno inglés de Juan Bautista Muñoz. El público aplaudió con franco entusiasmo al final. ¿A la fantástica sinfonía? ¿A la interpretación? Chi lo sa!

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