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Thaïs, de València a la Scala

Brescia e Amisano

Thaïs es ópera llena de claroscuros, con momentos excelsos y otros que reclaman tijera casi a gritos. Este contraste casi congénito a sus tres actos, estrenados por Massenet en 1894, en la Ópera Garnier de París, abarca momentos tan sublimes como el de la primera intervención de la protagonista -pariente remota de la Kundry wagneriana- o el excelso dúo final entre la hermosa cortesana y el monje cenobita Athanaël, que trata de redimir a la lujuriosa cortesana para acabar finalmente seducido, precisamente cuando ella ya ha abandonado el rojo lujurioso para enrocarse en la castidad y la ¿bendita? religión. Frente a ellos, algunos números de conjunto y episodios rozan lo infumable.

Thais ©Teatro alla Scala

Thaïs, que ya en 2012 se presentó en el Palau de les Arts con la sueca Malin Byström (Thaïs) y Plácido Domingo (Athanaël), ha recalado en la Scala 126 años de su estreno en una propuesta tan cargada de contrastes y claroscuros como la propia ópera: desde el caprichoso, absurdo, provinciano y naïf (más aún que kitsch) montaje escénico dirigido por el francés Olivier Py, a la excelencia musical, liderada por una pletórica Marina Rebeka que cantó y recreó el personaje con grandiosidad dramática y memorable riqueza vocal.

La diva letona contó con la complicidad de un abultado elenco en el que destacaron el barítono estadounidense Lucas Meachem (Athanaël), el estúpidamente caracterizado Nicias del tenor Giovanni Sala, la Crobyle de Caterina Sala, y la batuta efectiva, competente, poco mórbida y menos sensual de un Lorenzo Viotti que dirigió Massenet como si fuera Verdi o Donizetti. Orquesta -incluido el concertino en la mil veces repetida ‘Meditación’- y Coro titulares sonaron con calidad, idioma y cuidados colores.

Brescia e Amisano ©Teatro alla Scala

Difícil imaginar encarnación más redonda, convincente y turbadora que la protagonizada Marina Rebeka de la desventurada Thaïs, rol que ha defendido en reiteradas ocasiones, con barítonos tan disímiles como Plácido Domingo (en Salzburgo, versión de concierto, 2016) o Ludovic Tézier. El martes, en la Scala (como hace poco en València, con Madama Butterfly), la diva letona ha vuelto a lucir las razones por las que, además de ser la Thaïs ideal, es una de las indiscutibles diosas operísticas de la actualidad. Sus agudos y sobreagudos certeros, perfectamente apoyados, penetrantes y poderosamente proyectados, se sintieron cargados de belleza, cuerpo y metal. Maravillosamente regulados, a lo Caballé. En los anales de la Scala quedará su aria ‘Dis-moi que je suis belle’, como también el apasionado dueto final, ‘C'est toi, mon père’, que ella elevó a la categoría de antológico junto al muy crecido Athanaël del barítono estadounidense Lucas Meachem, quien tras un inicio frío y poco prometedor, entró paulatinamente en el personaje hasta perfilar un final antológico. Posiblemente, uno de los grandes dúos vividos en la Scala en las últimas décadas.

Sus agudos y sobreagudos certeros, perfectamente apoyados, penetrantes y poderosamente proyectados, se sintieron cargados de belleza, cuerpo y metal

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Con profesionalidad, tablas y buen hacer, los cantantes, entre los que hay que subrayar al ridiculizado Nicias de Giovanni Sala, convertido en un grotesco cabaretero medio travestizado por el excéntrico concepto escénico de Olivier Py. El dislate muta la escena de las dunas de Tebas a un cabaret más cercano al Teatro Chino de Manolita Chen que a la pretendida pero fracasada referencia al Cabaret de Bob Fosse Liza Minnelli. Todo es ingenuidad y lugar común en esta visión rancia y pretendidamente novedosa, de tetas y pitos al aire; de putas y putos, de cansinas luces rojas y viejas purpurinas; en la que nada o casi nada hace referencia a lo que cuenta el libreto. Un antro que es más Sodoma y Gomorra que Alejandría y Tebas.

Marina Rebeka y Lucas Meachem ©Teatro alla Scala

El regista Olivier Py trata de ser original y novedoso, pero el resultado es una sucesión de tópicos y déjà vu propios de teatrillos de tercera, pero no de toda una Scala de Milán y de un equipo musical de muy primer rango. La dicotomía carne-virtud es tan vieja como la vida, como el rojo y el negro, como Venus y Elisabeth. Kundry y la Magdalena. Manon y Oneguin. ¡Tannhäuser! También como Thaïs y el calzonazos de Athanaël, quien después de haber reprendido a la cortesana para persuadirla y llevarla a la clausura y a la virtud, a la sacerdotisa que siempre fue, va y le suelta, a las puertas de la muerte, que se ha enamorada de ella, “que nada es tan verdadero como la vida y el amor de los hombres”. ¡Acabáramos!

Emanuela Montanari y Massimo Garon ©Teatro alla Scala

Massenet salva la trillada historia con algunos números excelsos, pero Olivier Py la hunde a sus más tópicos y gastados fondos. Tras tres horas largas de representación, el público que ocupó cerca del 80% de las 2.030 butacas de la Scala, se desgañitó en una inacabable salva de aplausos y bravos, que arreciaban cada que vez que saludaban en solitario Lucas Meachem y Lorenzo Viotti (traje azul intenso, casi a tono con la escena). Bravos y aplausos rozaban el delirio cuando la que saludaba era la nueva reina de la Scala. Marina Rebeka, claro.

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