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Gustavo Gimeno, maestro de fuego y temple

Coro Titular del Teatro Real (todos con mascarillas) y, de izquierda a derecha Anna Gomà (Novicia II), Nino Surguladze (Posadera), Ausrine Stundyte (Renata), Agnieszka Rehlis (La Madre Superiora / Vidente), Dmitry Golovnin (Agrippa von Nettesheim / Mefistófeles), Estíbaliz Martyn (Novicia I) y Josep Fadó (Jackob Glock / Doctor). Javier del Real. Teatro Real

EL ÁNGEL DE FUEGO. Ópera en cinco actos y siete escenas, de Serguéi Prokófiev, con libreto del compositor, basado en la novela homónima original de Valeri Briúsov. Repar­to: Ausrine Stundyte (Renata), Leigh Melrose (Ruprecht), Dmitri Golovnin (Agrippa Von Nettesheim / Mefistofeles), Agnieszka Rehlis (La Madre Superiora / Vidente), Mika Kares (El Inquisidor), Nino Surguladze (Posadera), Dmitri Ulyanov (Fausto). Dirección de escena: Calixto Bieito. Escenografía: Rebecca Ringst. Vestuario: Ingo Krügler. Iluminación: Franck Evin. Coro y orquesta titulares del Teatro Real. Direc­ción musical: Gustavo Gimeno. Lugar: Madrid, Teatro Real. Entrada: 1.746 espectadores (prácticamente lleno). Fecha: 3 abril 2022.

Nunca es tarde si la dicha es buena. Muchas, demasiadas décadas ha tardado en llegar la ópera El ángel de fuego a la perezosa escena española. La obra maestra de Prokófiev, una historia que deambula por un tenebroso mundo de brujas, demonios y supersticiones, ha recalado finalmente en la patria de la primera esposa del compositor (la madrileña Carolina Codina, luego Lina Prokófieva), en el Teatro Real, en un inquietante y bien rumiado montaje escénico de Calixto Bieito y dirección musical de Gustavo Gimeno, que ha deslumbrado con su dirección precisa, brillante, indagadora, natural y apasionadamente teatral.

El maestro valenciano obtuvo sonoridades inéditas de una Sinfónica de Madrid transfigurada. También del Coro Intermezzo -titular del Teatro Real- y de un elenco de cantantes en el que la lituana Ausrine Stundyte otorgó alma, plenitud, drama y credibilidad al endemoniado papel de Renata. Junto a ella, el barítono inglés Leigh Melrose (quien en octubre de 2020 ya dejó constancia de su clase en el Palau de les Arts, donde encarnó al personaje de Clov en la ópera Final de partida, de Kurtág) fue en esta ocasión un Ruprecht cargado de intención, desesperación y conflicto.

Ausrine Stundyte (Renata) y Leigh Melrose (Ruprecht). Javier del Real. Teatro Real.

Han tenido que transcurrir muchos años -Prokófiev terminó la partitura en 1927- para que su ópera “maldita” se impusiera en los teatros internacionales, desde que se estrenara en su versión escenificada en el Teatro La Fenice de Venecia, en noviembre de 1954, justo un año después de la muerte del compositor. Luego se impuso un largo silencio, hasta que el ahora proscrito Valeri Guérguiev la estrenara en Rusia, en el Marinski de San Petersburgo, en 1991, con motivo del centenario del compositor, en una impactante y erótica producción de David Freeman, en la que, entre otros acontecimientos, las monjas son desnudadas y violadas en escena. Tres años después, en mayo de 2004, llegó al Bolshói de Moscú, en un montaje aún más provocador e incluso genial, firmado escénicamente por Francesca Zambello y musicalmente por Alexánder Vedernikov, en el que el odioso personaje del Inquisidor aparecía inspirado y caricaturizado como el mismísimo Lenin.

En sintonía con la escena, Gustavo Gimeno ha impuesto una visión musical abrasadora

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Calixto Bieito ha descartado cualquier remedo o referencia concreta. Ha buscando un discurso narrativo neutro, que juega con la ambigüedad del propio libreto, y ahonda en la opresión psicológica de los personajes, contenidos en una gigantesca plataforma giratoria en la que sucede y hay de todo. Como el “sueño de Elsa” wagneriano, el director de escena mirandés cuenta la historia como el “Sueño de Renata”. Sus fantasías infantiles, quizá los abusos paternos, el recuerdo, la confusión, religión, brujerías, demonio, lujuria, lo mortal e inmortal, el deseo y el amor… Todo lo condimenta y desarrolla Bieito con un asfixiante ritmo dramático y personajes que muchas veces son más zombis indescifrables… También con una sensibilidad, áspera, agobiante y sin paños calientes, que indaga y subraya las aristas más hirientes y crudas. El espectador, al final, acaba solidarizándose, identificándose incluso, con la esquizofrenia que vive Ruprecht en su accidenta peripecia con Renata su búsqueda del sueño de El ángel de fuego, Madiel. ¿Existió? El libretista Prokófiev y Bieito dejan la interrogación abierta. Por fortuna.

Arriba: Anna Gomà (Novicia II). Abajo, Leigh Melrose (Ruprecht. Javier del Real. Teatro Real.

En sintonía con la escena, Gustavo Gimeno ha impuesto una visión musical abrasadora. Caustica y lírica a un tiempo. Inexorable y sin espacio para el decaimiento. Atenta al detalle y exploradora de sonoridades. De dinámicas y acentos extremos. Expresionista.  Cuidó y calibró escena y foso, en un derroche de lirismo y suntuosidad sinfónica, lo que redundó en el empaque de los sustanciales episodios sinfónicos que, a modo de entreactos, se suceden entre las siete escenas que componen la ópera.

Madrid ha descubierto en estas funciones a Gustavo Gimeno, cuya carrera transcurre en el extranjero, entre América y Europa, con contadas y puntuales presencias en España. València y su Palau de les Arts fueron el punto de partida de su carrera operística. La perspicaz Helga Schmidt apostó pronto por él. Aquellas Normas de marzo de 2015 con Mariella Devia supusieron el comienzo de una irrenunciable pasión operística con rumbo y destino perfectamente marcados. A diferencia, de El ángel de fuego y del Holandés errante, Gustavo Gimeno, maestro de fuego y temple, no tendrá que esperar años para llegar a dichoso destino. ¡Al tiempo!

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