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Crítica

La Sinfónica de Galicia parla en valencià

Los valencianos en A Coruña.

Triplete valenciano en A Coruña. El director de orquesta castellonense José Trigueros, el timbalero alicantino Javier Eguillor y su colega valenciano José Belmonte han triunfado en su actuación el viernes en el Palacio de la Ópera de A Coruña, junto a la Sinfónica de Galicia. Lo han hecho con un repertorio de claros acentos estadounidenses, que incluía la interpretación por primera vez en la capital gallega de dos obras tan representativas como el Concierto-fantasía para dos timbaleros y orquesta de Philip Glass y la Tercera sinfonía de Aaron Copland. La confluencia del talento instrumental de ambos solistas con el solvente hacer sobre el podio de José Trigueros y la Sinfónica de Galicia fue clave virtuosa de este concierto de nuevas y clásicas músicas en el que ha asomado lo mejor de la creación estadounidense del siglo XX.

José Trigueros (Vall d’Uixó, Castelló, 1978) ha crecido en los atriles de la propia orquesta coruñesa, a la que llegó como solista de percusión tras años de formación en Ámsterdam, donde entre otros maestros tuvo a su paisano Gustavo Gimeno. Hoy es un músico hecho y derecho, con preciso criterio estético y un gesto efectivo nunca gratuito ni caprichoso. Un maestro que, como Gimeno, ha rodado y se ha baqueteado y cargado de solera como atril de orquesta. Desde ahí, desde la plaza de solista de percusión de la Sinfónica de Galicia, saltó en 2019 a la posición de Director Asociado de la propia orquesta. Hoy es, y así lo dejó patente el viernes en su concierto coruñés, uno de los más lúcidos y lucidos directores españoles de su generación.

Concluido en el año 2000 y estrenado en España por Javier Eguillor y Julien Bourgeois en octubre de 2012, en el Palau de la Música de València, el Concierto-fantasía forma parte de lo más selecto entre la producción ingente y característica de Philip Glass. En sus tres movimientos, el hoy octogenario compositor -85 años- hilvana un tratamiento brillante y virtuoso de los doce timbales que requiere el concierto -siete en las baquetas de Eguillor; cinco en las de Belmonte- con una paleta orquestal nutrida y cargada de registros bien perfilados. “¿Qué podemos esperar con dos juegos de timbales como solistas?”, se pregunta la escritora y cantante Estíbaliz Espinosa en sus preciosas y personalísimas notas al programa de mano; de esas doce “tinajas de metal y membrana que llevan ahora la voz cantante, de esas mismas tinajas que en Galicia tal vez nos recuerdan a calderos de cobre para cocer pulpos”.

“Un concierto de estas características”, remata y responde Espinosa, “nos pone al microscopio el grado de sofisticación necesario para tocar algo que suene tenso, afinado, sutil y vibrante”. Así lo entendieron e interpretaron ambos solistas, Javier Eguillor y José Belmonte, quienes, además del mejor virtuosismo, envolvieron el concierto glassiano de imaginación, atributos instrumentales y cálida brillantez expresiva. También en la sustancial cadencia, especie de movimiento autónomo que Glass intercala como puente entre los tiempos segundo y último. Fue una versión rica en gestos y detalles, en la que ambos solistas, apoyados en la eficaz escritura de Glass, hicieron valer las mejores y muchas posibilidades de esos doce maravillosos “calderos de cobre” que tanto evocan a la imaginativa escritora gallega. El labrado éxito de los solistas se prorrogó con el regalo fuera de programa de un extracto del Concierto para timbales del legendario Werner Thärichen, quien fuera timbalero solista de la Filarmónica de Berlín durante cuatro décadas, desde 1948 hasta 1984.

Ajeno a cualquier rutina o fácil conveniencia, para este nuevo programa de abono junto a la Sinfónica de Galicia, el director valldeuxense optó por redondear el programa con una obra de tantas exigencias artísticas e instrumentales como es la Tercera sinfonía de Copland, cuyos extensos cuatro movimientos, compuestos entre 1944 y 1946, configuran uno de los retablos sinfónicos más acabados de la creación americana -y América, de Alaska a Tierra del Fuego, no es solo Estados Unidos, como tan egocéntricamente se empeñan los anglófilos-. La Sinfónica de Galicia, que sigue siendo una de las mejores formaciones sinfónicas españolas, se mostró instrumento dúctil, disciplinado y de pronta respuesta, aun cuando desde sus orígenes sufre la adversa acústica del fallido Palacio de la Ópera.

Desde el majestuoso lirismo un punto convencional del primer movimiento, a la jovialidad pimpante del segundo, la libertad formal del variado tercero, o, en fin, la auto cita recurrida de la célebre Fanfarria para el hombre corriente de 1942 en el orgiástico cuarto y último tiempo, Copland -de origen lituano, como también Glass; el apellido original es Kaplan- cuaja en la que es la más conocida y redonda de sus cuatro sinfonías un monumento que “huele a oxígeno y democracia”. El izquierdoso Aaron Copland, alumno de Boulanger en París y perseguido con Joseph McCarthy, concluye con la bandera de la victoria. Estados Unidos, 1946. Mientras, en la posguerra española, “una niña gallega se aprieta negras las trenzas junto a una cartilla de racionamiento” (Estíbaliz Espinosa). Más o menos, hoy todo y todos andamos por el estilo. Molt bon concert.

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