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Crítica

La fertilidad del baile español

La fertilidad del baile español

El regreso a la sala grande de Les Arts del Ballet Nacional de España ha sido un acontecimiento para la ciudad y para los numerosos visitantes ocasionales que con esta cita se han acercado al patrimonio coreográfico español. Es misión del BNE cuidar y difundir la herencia dancística nacional, rica en obras de la escuela bolera, folclore, danza estilizada y flamenco. El programa que se ha visto en València recoge en sus dos partes la esencia de todo ello. En la primera Rubén Olmo invoca el espíritu bolero a través de una creación que presenta al elenco en su amplia capacidad expresiva. La composición original de Manuel Busto, quien dirige a la orquesta titular del coliseo, acompaña la exhibición coreográfica del conjunto, salpicada de saltos masculinos, diagonales y giros femeninos en los que lucen los maravillosos vestidos diseñados por Pedro Moreno. Después del solo Jauleña, también de Olmo, Eterna iberia de Antonio Najarro, enlaza cinco movimientos en los que entran en juego elementos tan característicos como la capa, el sombrero y la castañuela. La propuesta abraza la espectacularidad de las composiciones de grupo. Mujeres y hombres bailan por separado, aunque haya momentos en que se entrelacen en el espacio. Son coreografías vivaces, dinámicas, de gran intensidad coreográfica que recrean tiempos y formas del pasado, del contexto histórico del desarrollo del baile español. Los saltos de los hombres se acercan al vuelo, mientras que las mujeres mueven torsos, brazos y caderas marcando un espacio solo suyo en un ejercicio de empoderamiento escénico. Destaca Albert Hernández en Farruca, interpretación en la que demuestra finura estilística y brillo propio.

El homenaje a Mario Maya ocupó la segunda parte del programa, una sucesión de piezas suyas y de otros artistas invitados. El indiscutible talento del fundador del actual Ballet Flamenco de Andalucía se recrea a lo largo de una suite muy completa que eleva al máximo el compacto engranaje del BNE. Los estímulos del programa son muchos, también los contrastes: geometría y curva, barroquismo y sobriedad, tradición y modernidad, poder colectivo y personalidades únicas. Las coreografías de Maya hacen lucir a los intérpretes, el grado de fisicidad, ritmo y expresividad que extraen del conjunto es muy elevado. Tres guitarras, percusión y las voces de cinco cantaores acompañan en todo momento a los bailarines, cuyo poderoso zapateado en ocasiones está por encima de la música. En Oliva y naranja las mujeres forman dos grupos, uno de ellos mueve las batas de cola al ritmo de sus pasos veloces; todas ellas van ocupando el escenario con su jarana danzada. En Nana de colores, de A. Rueda «Toná», las bailarinas multiplican su carisma gracias a unos vestidos en tonos casi eléctricos que acentúan el contraste con la ambientación en una peña taurina. Los Cinco toreros de Manolo Martín amalgama lucidos pasos masculinos al calor del jaleo y las palmas femeninas. En Quisiera ser nueve hombres bailan sentados en taburetes giratorios. Maya jugó con la perspectiva y la sorpresa, firmando un original divertimento que introduce un punto de respiro en la intensidad de la velada. Valparaíso muestra el desparpajo y poderío femenino que Maya era capaz de condensar en unos pocos minutos. Taranto, de Isabel Bayón, interpretado con pasión por Esther Jurado, es la pieza previa al clímax de la velada. Cuando este llega en Suelta el pavo todo el elenco está en escena. Casi cuarenta personas entre músicos y bailarines que alimentan con baile, toque y cante las endorfinas del público hasta provocar una gozosa explosión final.

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