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Obituario

Mi querida Teresa

Teresa Berganza, Efe

Tu hija Cecilia ha colgado en su Facebook unas palabras tuyas: «Quiero irme sin hacer ruido… No quiero anuncios públicos, ni velatorios, ni nada. Vine al mundo y no se enteró nadie, así que deseo lo mismo cuando me vaya». No ha podido ser, Teresa, mi querida Teresa. Tu partida ayer por la mañana se ha convertido en noticia hasta en los programas más amarillentos de la tele. Eras y serás eternamente una de las estrellas más luminosas del mejor firmamento musical. Tu canto salido del corazón -¡y hasta del clítoris, como dijiste en cierta ocasión, cuando la Carmen de Sevilla de 1992!- caló hondo en el universo de la música, e incluso más allá. Te convertiste de muy jovencita en personaje querido y casi popular, incluso por los que ni siquiera sabían de tu universal grandeza artística.

También por aquellos «moscardones» que tanto temían tus padres. Como cuando apenas veinteañera, siendo aún una «chiquilla», ibas en los años cincuenta a cantar al Festival de Granada acompañada por tu madre, y ella, después de los conciertos, se iba por la noche al hotel, mientras tú te ibas de jarana con los músicos. Cuando volvías a las tantas, te estaba esperando bien despierta y enfadadísima. Le preocupaba que te liaras con algún músico o musicucho. ¡Fíjate, temía al pobre Argenta, que tenía fama de seductor!. Pero no, acabaste con el por ello envidiado Félix Lavilla, compañero tuyo de la clase de Cubiles -porque, aunque muchos no lo sepan, también estudiaste piano-, que se llevó a la flor de la cátedra. Fue tu acompañante en la vida y en los escenarios. Hasta que, enamorada del amor, como Carmen y tantas otras de tus heroínas, seguiste tu busca sin fin de algo que acaso solo ocurra en las películas y en las óperas.

Decían que tenías poco repertorio. Ignoraban que además de la maravillosa rossiniana que siempre fuiste y serás -Rosina, Angelina, Isabella…-, fuiste maravillosa mozartiana, händeliana, massenetiana y tantas y tantas otras cosas. Como Alfredo, Jaume, José, Plácido, Monserrat, Pilar y tu admirada Victoria, te convertiste desde el primer momento en paladín de la música española en el mundo. Las Siete canciones populares de Falla, las Tonadillas de Granados, las Negras de Montsalvatge, Guridi o las viejas canciones armonizadas por Lorca se convirtieron en referencia inexcusable de tu -rectifiquémoslo ya- inmenso repertorio. Fuiste además, una apasionada de la zarzuela. La mejor Menelgida imaginable. La tarántula –«que es un bischo mu malo»-, y tantas páginas maravillosas de la zarzuela encontraron en ti la intérprete ideal.

Siempre has hablado de tu vitalidad y «enormes ganas de vivir», lo que te hacía fácil «entrar en el personaje de Carmen, la gitana sevillana». Te gustaba reivindicar tus ancestros gitanos, e invocabas para ello tu segundo apellido, Vargas. «¿Hay algo más gitano que apellidarse Vargas?», me decías. Te creías Carmen, la Carmen de Merimée, y, efectivamente eras ella, «un personaje que tantas y tan equivocadas veces hemos visto como una mujer vulgar, abierta de piernas. No sé, Carmen es una especie de jaca andaluza, con su cuerpo erguido, con las manos así... Algo que veo en las bailaoras, hasta en Lola Flores. Eso hay que sentirlo», me explicaste en cierta ocasión, cuando aquella Carmen dirigida en la Sevilla de la Expo-92 por Plácido y escénicamente por Núria Espert.

Te has ido después de unos años difíciles, refugiada en tu casa centenaria de El Escorial. Mirando al Monasterio. Pero sigues aquí, tan eterna como tus personajes. Y nosotros, los que te conocimos, nos quedamos, además de con el recuerdo de tus músicas, con el de tu personalidad fascinante. Igual que mirabas al Escorial estos últimos años, ahora clavarás tu ojos brillantes, luminosos como tu voz, como tu decir, en este perro mundo de guerras, codicias y postureos. Tú, con tu arte y buen hacer, lo hiciste mejor. Seguimos en contacto. Un beso.

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