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MÚSICA CRÍTICA

El ‘wapo’ Orliński, un caso

El ‘wapo’ Orliński, un caso

Aquello parecía Eurovisión. O un concierto de la Pantoja en sus años de merecer. La Sala Principal del Palau de les Arts se abarrotó de un público diferente y joven, plagado de gente extravagante y modernilla cañí. Allí, los de costumbre, los de Beethoven y Brahms, estábamos de más. Desplazados casi hasta el asilo. Tanta juventud testosteronizada había ido a gozar del divo mercadotecnizado. Más wapo que el pan y verborrea barata. «¡Viva València! ¡Viva el Palau de les Arts! ¡Qué contento estoy de estar aquí, la primera vez». En inglés, of couse. El Rey de redes dio hasta una voltereta mortal que ni Pinito del Oro, a la que evidentemente allí nadie conocía «fuera aparte» este crítico canoso y cuatro arrugados más. Es Jakub Józef Orliński, el contratenor hiperpublicitado, más vendido que la Coca-Cola. Un caso. «¡Qué wapo!», le salió del alma a una señora en la lluvia de bravos y piropos que escuchó en la equivocada noche.

El caso es que el «wapo» canta bien; estupendamente bien. Con gusto y proyección. Domina la técnica y sabe qué puede pedir y obtener de su instrumento limitado. Su voz es definitivamente hermosa y su fraseo tan cuidado como exquisito. Tanto como las tres cigalazas que el crítico se zampó antes del concierto. Tres saben a gloria, pero veinte, cuarenta, aunque fueran las mejores cigalas del mundo, aburren y empachan. Y esto es exactamente lo que le pasó al waperas Orliński: canta todo más o menos igual, sea Purcell o la sarta de canciones polacas que despachó, o el verso suelto del Händel que cerró el insólito programa.

Fue una monótona sobredosis de batiburrillo purcellpolacohändeliano. Imposible coger el hilo -si es que lo tenía- del recital, inmisericordemente interrumpido una y otra por las incontenibles palmas y piropos del enardecido aforo. Al contratenor le va la marcheta. Casi hubo más palmas que música. Y otra canción, y más de lo mismo. En polaco, en inglés o en italiano, daba igual. Y él, sonriendo, haciendo gestos a los fans, hasta el momento culminante de la acrobática pirueta. Teresa Berganza, a la que el Palau de les Arts dedicó el concierto con unas palabras emotivas pronunciadas desde el escenario por el director artístico, Jesús Iglesias, hubiera salido pitando del circo bramando en arameo.

Musicalmente, poquito que contar. Michał Biel acompañó desde el teclado en el mismo tono monocorde que Orliński. Colores, registros y demás detalles no cuentan en esta fiesta juvenil que dicen que marca el futuro de la «música clásica». «Ha conseguido atraer a nuevos públicos y agotar las entradas en los conciertos y recitales ofrecidos en Europa y Estados Unidos», dice Jakub el hermoso en su currículo. ¿No les suena? ¡Apañados vamos! Nos vemos en el asilo.

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