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MÚSICA CRÍTICA

«Wozzeck», Liceu frente a Les arts

«Wozzeck», Liceu frente a Les arts

Llegaba el crítico al Liceu con el impacto fresco del Wozzeck de València. Si el Palau de Les Arts optó por la producción a saco y sin paños calientes de la Ópera de Baviera firmada por Andreas Kriegenburg, Barcelona ha optado para el mismo título por el montaje «templado» de William Kentridge, estrenado en el Festival de Salzburgo. No hay color entre una y otra. No por el hecho de ser la muniquesa más leal y consecuente con el descarnada causticidad de Wozzeck, sino por la sofisticación conceptual e intelectual de Kriegenburg frente a la lectura convencional de Kentridge, quien recurre a una convencional, neutra y muy bien iluminada escenografía de Sabine Theunissen que igual sirve para un roto que un descosido, para una Bohème que una Fanciulla, un Nabucco o un Gato Montés. En Barcelona se interpretó Wozzeck. En València, se vivió. Escuchar y sentir.

Musicalmente, Josep Pons, titular del Liceu, que ama y conoce al dedillo la compleja partitura, despliega su reconocida competencia y eficacia para volcarse en una lectura que no pierde detalle ni minuto de tensión. Su trabajo es, sin duda, lo mejor del conjunto. Pero se topa con problemas quizá infranqueables. Ni la mejorada Orquesta del Liceu ni su Coro admiten comparación con los cuerpos estables del Palau de les Arts, que, seamos francos, juegan en otra división. Por otra parte, la acústica del Liceu en absoluto contribuye a realzar la sonoridad del foso y del escenario, sino todo lo contrario. A diferencia de lo que ocurre en la Sala Principal del Palau de les Arts, cuya sonoridad favorable sí hacer correr con brillante fidelidad voces y foso. Este hecho mermó considerablemente el impacto sonoro. Los bravos entusiastas, intensamente emocionados, de València fueron en Barcelona complacida ovación.

Vocalmente, el reparto liceísta se mostraba tan idóneo como el valenciano, dirigido por su titular, el estadounidense James Gaffigan. En el rol titular, el lírico barítono Matthias Goerne cargó de fuerza y sentido el desdichado personaje de Wozzeck, mientras que Marie fue encarnada con solvencia incuestionable por la soprano Annemarie Kremer, holandesa como Eva-Maria Westbroek, la Marie de València. Frente a la proyección exultante de la Westbroek, Kremer carga el personaje de acentos tenues y templados, que chirriarían en el dramatismo a carne abierta de Kriegenburg. El «Tambor mayor» de Christopher Ventris se mostró bastante más adecuado -escénica y vocalmente- al de Torsten Kerl, al igual que el histriónico Capitán de Andreas Conrad, claramente más convincente que el de Mikeldi Atxalandabaso. Por contra, el «Doktor» de Peter Rose (Barcelona) gana claramente al del célebre bajo alemán Franz Hawlata.

Dos Wozzeck simultáneos y rotundamente diferentes. Alejados, en todos los sentidos, de Berlín, donde Erich Kleiber -padre de dios- lo estrenó en 1925. Ambos a orillas del Mediterráneo. Casi un siglo después. Uno, salzburgués, otro muniqués. Uno templado, otro reinterpretado a incandescente fuego de fragua. Josep Pons y James Gaffigan, dos oficiantes contrapuestos pero abrazados ante la pasión común por la obra maestra. Allí y aquí, aquí y allí, triunfa la música. Wozzeck, el desdichado.

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