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Larga vida al rey

Loquillo Rodrigo Márquez

Durante el confinamiento, abrochándose el último botón de una camisa a medida, Loquillo descubrió una hinchazón anormal en su cuello. En marzo de 2021 los médicos le revelaron que padecía un bocio multinodular de tiroides. El diagnóstico arrojaba sobre la vida del cantante las sombras de una arriesgada operación que podía acabar con su voz y, en el peor de los casos, el espectro del cáncer. Ante tan aciago panorama, el Loco tocó a rebato, llamó a sus compositores pretorianos, Sabino Méndez, Igor Paskual y Gabriel Sopeña y les pidió que le escribieran las canciones de lo que, si la cosa se ponía cuesta arriba, podía ser su último disco. El de despedida. Afortunadamente, cuando terminó de grabar Diario de una tregua, su cuerpo había reabsorbido el bulto y la afección había desaparecido. El disco, sin tener ya la responsabilidad de cerrar la carrera del barcelonés, es bueno. Sin más, que hoy en día ya es bastante. Me puedo equivocar, pero creo que las mejores canciones de Loquillo fueron grabadas hace años.

Loquillo Rodrigo Márquez

Así que, pasado el susto, el Loco vive, la lucha sigue y ojalá que podamos disfrutar muchos años de él, de sus compositores, de sus discos y de la fabulosa banda que le acompaña para presentarlos como ocurrió el jueves en Viveros. Una locomotora a todo vapor con una fenomenal idea del espectáculo. Una institución que, desde hace lustros maneja un repertorio legendario con una apabullante mezcla de energía, entusiasmo y calidad. Y luego está él, el centauro del Clot, que con su clase y su poderío físico, temperamental y escénico recuerda constantemente que, en este circo del rock and roll, llegó antes que nadie y lo hizo mejor que ninguno.

Loquillo Rodrigo Márquez

Apareció en el escenario menándose como un púgil bailarín, flotando como una mariposa y picando como una abeja, flameando los bell-bottoms negros que cubrían sus largas piernas mientras cantaba Los buscadores, homenaje a la literatura de aventuras y a sus códigos de honor. Está escrita tan a su medida como La libertad o El rey, de su nuevo elepé, con las que parece decir, si me voy, que quede esto; así fui yo, así fueron mis músicos, mis conciertos y mi público. Pese a su carácter funesto, El Loco las interpretó con una fluidez y un vitalismo admirables, tónica habitual de unas ceremonias solemnes y afiladas, pero que no renuncian a la diversión y a la inteligente autoparodia. El Loco se peina antes de empezar El hombre de negro y se fuma un cigarrillo mientras canta El rompeolas, lenta y pegajosa, con miles de bocas escupiendo sus palabras. Finge cara de sorpresa ante los coros del público en la maravillosa Cruzando el paraíso, pincha puñetero a Paskual en Rey del glam, regala pases toreros en La mataré y asume su edad cambiando un detalle de El ritmo del garaje.

Loquillo Rodrigo Márquez

A lo largo de dos horas, Loquillo repasó su trayectoria a través de un vigorizado setlist gracias a nuevos clásicos como La vampiresa del Raval, Creo en mí, Salud y rock and roll y Planeta rock. El superviviente en permanente reinvención de su único personaje se dejó fuera canciones como Rock suave, Autopista o Las chicas del Roxy pero enardeció al personal con el coreadísimo epitafio de Feo, fuerte y formal y, obviamente, con ese desgarrador drama que ya varias generaciones sienten como propio y que sirve para cerrar sus fabulosos conciertos. No importa cuantas veces le veas interpretar Cadillac solitario, siempre es un espectáculo magnífico. Que lo podamos comprobar mucho más tiempo. Salud y larga vida al rey.

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