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El aspirante a marino que volvió a casa tras hacer las Américas

Estudió Medicina pero dirigió su carrera hacia la investigación en diversas disciplinas cuando emigró a EEUU en 1946 y se hizo un nombre

Grisolía junto a Severo Ochoa en 1980, tras una amistad de casi 40 años. | LEVANTE-EMV

Santiago Grisolía se confesó a este diario «nacionalista español y norteamericano», y lo hizo posiblemente con el argumento más irrefutable: «Con la doble nacionalidad, pago impuestos en los dos sitios». Esa frase da cuenta del importante arraigo que el valenciano desarrolló en Estados Unidos, a donde emigró para unos cuantos días «y me quedé 40 años».

Allí aterrizó tras haber habitado en diversos puntos de la geografía española desde que naciera en València en 1923, siempre de la mano de su padre, un alto cargo del banco Banesto. Madrid, Dénia, Xàtiva, Lorca, Cuenca (donde vivió la Guerra Civil), vuelta a Madrid, donde comenzó Medicina. Terminó la carrera en València, una disciplina que le alejó de su inquietud por embarcarse y ser marino. Una profesión que le habría enseñado el mundo y que de alguna forma replicó cuando decidió, empujado por el catedrático José García Blanco, iniciarse en la investigación. Fue la eminencia en Fisiología quien le sugirió que debía salir de la España franquista en dirección a Estados Unidos en 1946.

Allí conoció el trabajo de Severo Ochoa, mentor y padrino con quien estuvo menos tiempo del que siempre se la ha supuesto pero que ejerció una influencia sobre él que acabó guiando su carrera.

Fue en Norteamérica donde se inició en el mundo de la enzimología y conoció a Jordi Folch Pi en el Rockefeller Center de Nueva York. El español fue el primer profesor de Neuroquímica de Harcard y formó parte junto a Ochoa, Juan Oró y Francisco Grande Covián del selecto grupo de españoles que sentaron un precedente en la ciencia estadounidense.

Fue allí en Nueva York donde trabajó con Ochoa en la fijación de dióxido de carbono (CO2) en el ácido isocítrico, pero el valenciano mostró más interés en las nuevas tecnologías sobre marcadores isotópicos.

Se trasladó a Chicago en cuya universidad demostró, junto a la científica Birgit Venessland, la fijación del dióxido de carbono en animales gracias a la aplicación del carbono 14, una técnica recientemente descubriera. El trabajo les fue publicado en el Journal of Biological Chemistry y tuvo gran resonancia en EEUU.

De allí volvió a mudarse, esta vez a la Universidad de Wisconsin donde consolidó su nombre en el campo de la ciencia. Trabajó durante seis años en las reacciones enzimáticas de la urea, una de las sustancias que componen la orina, e hizo aportaciones fundamentales para el conocimiento de su biosíntesis. De hecho, sus averiguaciones obligaron a cambiar en 1948 los postulados de Adolf Krebs, el alemán que ganó el Premio Nobel por descifrar el ciclo de la urea. Grisolía añadió información a esta tesis y completó el esquema de esta sustancia.

Fue en esta universidad donde conoció a la que sería su esposa, Frances Thompson, profesora asociada en la Facultad de Medicina de Wisconsin con la que tuvo dos hijos y junto a la que desarrolló el resto de su carrera. De hecho, a mediados de siglo derivó sus estudios hacia la bioquímica cardiaca cuando le llamaron de la Universidad de Kansas para que trabajara como enzimólogo en un laboratorio independiente con fondos privados, y donde fue nombrado profesor asociado y director del laboratorio. La experiencia en Kansas le consagró definitivamente como una de las máximas autoridades internacionales de la bioquímica.

Grisolía durante su etapa como investigador en Estados Unidos. | LEVANTE-EMV

Vuelta a casa 30 años después

No fue hasta 1973 cuando la posibilidad de volver a España fue ciertamente real. Fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universitat de València y nombrado ‘Coloso de València’. Organizó tres años después en el Cap i Casal una convención internacional sobre el metabolismo de la urea que trajo a la flor y nata científica de la época y que sirvió de experiencia para que Grisolía decidiera trasladarse de forma permanente a su ciudad natal.

A este diario aseguró que nunca se arrepintió de volver a València, pues en cada momento de la vida se demanda una u otra cosa. «Ahora estoy muy bien aquí, donde son más posibles las relaciones con los amigos y la familia. En EEUU es más difícil, es un país muy grande y la gente está mucho más dispersa».

Volvió en 1977 para trabajar en el recién creado Instituto de Investigaciones Citológicas que orientó hacia la bioquímica y la biología molecular, lo que le llevó a destacar en patologías hepáticas, en el envejecimiento, los efectos del alcohol en el ser humano o los mecanismos de recambio y transporte de proteínas.

Sin embargo, los descubrimientos que permitieron descifrar la estructura del ADN y las claves del código genético fascinaron a Grisolía, donde pensaba que se hallaba la naturaleza humana.

Grisolía puso en contacto a premios Nobel, científicos norteamericanos y, con el apoyo de la Unesco, se organizó en Valencia en 1988 la primera Conferencia Internacional para el Proyecto sobre el Genoma Humano, de repercusión sin precedentes.

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