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Una fiesta más de la Casa Azul

La Casa Azul, el sábado por la noche en Viveros. Rodrigo Márquez.

Por las torres de altavoces que flanqueaban el escenario de Viveros, unos desesperados y agonizantes relinchos envueltos en música tenebrosa auguraban el desacato con el que Novio Caballo tenían pensado obsequiarnos. Los de Castelló, uniformados con camisas negras de aspecto country, salieron en tromba a pasarse con todo dios y a no dejar títere con cabeza con su rock electrónico, agresivo y transgresor, rebozado en un humor cruel y devastador. Cantar, tocar y eso, tampoco mucho, pero cachondeo, una barbaridad. Despotricaron contra las primas pesadas, la idiotez, el artisteo de pacotilla, los ex amantes recalcitrantes y tu viejo en chándal, que mola, como cuando se ríen del careto de Belén Esteban y otras atrocidades catódicas y sociales en “Celebritis”.

En este punto subió al escenario una troupe que convirtió la actuación en un cabaret grotesco, con drags en medio de un episodio de posesión satánica caminando del revés a cuatro patas como arañas terroríficas, y dando volteretas y comiéndose las lenguas y revolcándose por el suelo, con samplers de Chimo Bayo empujando desde atrás, jújá. Con esta peña, epatante a más no poder, se marcaron la celebrada “Jesús es negro” y una abyectísima versión de “Quiero ser santa” en un sensacional show, flipante y repulsivo a la vez, que mezclaba sin recato a Pink Flamingos de John Waters con el Drácula de Coppola.

Espectáculo camp durito de ver, no apto para estómagos delicados. Tipo la Orquesta Mondragón pasada de ketamina. Oigan, que yo encantado de ver como a una enorme persona envuelta en blonda blanca, como la caricatura obscena de una novia, le arrancan del vestido dos pechos que asoman y manan de ellos guirnaldas de las que se enrollan en el árbol de navidad en un remedo de mastectomía sangrante. Pero que haya gente que se pueda plantear denunciarlos, también, que últimamente la basca tiene la piel muy fina.

Pasado el susto, La Casa Azul se apropió del tablado con esa música marchosa y jovial que esconde una multitud de dramas sentimentales y angustia post adolescente, que es esa edad que va desde los 20 años hasta que dejas de ponerte vinilos en casa. El estremecedor aspecto visual de su movida, con pantallas gigantes, luces estroboscópicas, proyecciones y surtidores de fuego (llamaradas de tres metros, se lo juro) no esconde el veneno turbulento de las relaciones fracasadas, los traumas afectivos y los devastadores complejos de todo tipo, aunque vengan envueltos en el caramelo de su maravilloso electropop.

Aquello era una fiesta en toda regla y el personal lo sabía, y venía preparado con globos de colores, bolsas de confeti, serpentinas y chicles con los que participar del montaje. Guille Milkyway y el largamente ovacionado Paco Tamarit estaban especialmente emocionados por tocar en València, y no escatimaron energía en sacudir certeramente el equipaje emocional de un público que vibró masivamente hasta la extenuación con “No hay futuro”, “Los chicos hoy saltarán a la pista”, “Superguay”, “Terry, Peter y yo” o “Esta noche sólo cantan para mí”.

En “Hasta perder el control”, “Ivy Mike” y “El momento” las pantallas soltaban vertiginosamente imágenes de héroes del manga, explosiones nucleares en atolones del Pacífico y paisajes vectoriales de ciencia ficción, pero Guille, qué talento, por favor, no dudó en quedarse a oscuras junto a su piano para conseguir dos momentos de intimidad, prescindiendo de la parafernalia y el boato cibernético, cuando interpretó “Yo también” y la soberbia “Como un fan”.

Para acabar otra actuación llena de melodías animadas y brillantes, estribillos soleados, cuidados arreglos y armonías cromadas, Milkyway y los suyos atacaron feroces con las monumentales “Podría ser peor”, “Revolución sexual” y “Nadie pudo volar”, dejando claro que, aunque todas sus canciones suenen muy parecidas o repitan una fórmula semi agotada, ir a un concierto suyo con ánimo de diversión siempre sale a cuenta.

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