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El rock era esto

Los Zigarros, el sábado en Viveros. Rodrigo Márquez.

Para los malpensados, había gato encerrado. Cherry and The Ladies tocaban bien un rock esencial, limpio, melódico, con querencia por los cincuenta y los sesenta. La vocalista utilizaba más que correctamente su aguda voz, los punteos circulaban fluidos, el ritmo era bueno y la imagen, rechulona. Posiblemente, era la banda telonera menos capada de todo lo que llevamos de verano en Viveros. ¿Por qué sonaban tan alto, tan bien? Y lo que es más importante, la pregunta que hacía salivar a los notas del ceño fruncido que encajábamos impacientes pero con simpatía sus versiones de Elvis, Kiss, Bill Haley o Luz Casal: si ellas salían a ese volumen, ¿cómo iban a sonar Los Zigarros?

Quedó claro en cuanto pisaron el tablado. Los hermanos Tormo, anteriormente en Los Perros del Boogie con los que telonearon a AC/DC, acompañados en esta aventura por Adrian Ribes y Nacho Tamarit con los que telonearon a los Rolling Stones, sonaron como una explosión nuclear, atronadores, al límite, seguramente a un volumen insoportable y ensordecedor para las primeras filas y con la energía de mil soles. Los cuatro músicos, remachando su imagen de profesionalidad, salieron sudando las ganas de apropiarse del recinto, de tomar al asalto y sin hacer prisioneros su propia ciudad, en la que levantan pasiones totalmente justificadas. Convertidos en una colosal jukebox que se traga las monedas con la misma velocidad que escupe riffs pesados y afilados, confeccionados con una electricidad distorsionada y palpitante, envueltos en un manto rítmico certero y potente y adornados con una voz pasional, estos tipos demostraron por qué son, hoy por hoy, el mejor evento de rock and roll libra por libra de toda España.

El rock era esto. Crudo, sin adulterar, fuerte, agresivo y peligroso como una cuchilla de afeitar nueva. Siguiendo el clásico patrón de estrofa, estribillo y punteo, sin lugar para estupideces, Los Zigarros bombardearon al personal con “¿Qué harás, amor?”, “Mis amigos”, “Malas decisiones”, esa barbaridad con balcones a la calle, o “Apaga la radio” y su homenaje a los Who. Haciendo gala de una actitud explosiva, exprimieron a fondo cuerdas y parches, tejiendo guitarras y doblando solos con ese dúo invencible de Les Paul y Telecaster, acertando con sus coros a tres voces. Enciclopédicos, durante toda su actuación se pudo rastrear la pista de los hermanos Young y de los Stones, pero también de los Allman Brothers en “Tenía que probar”, del elástico y pegajoso rock de Detroit en “No sé lo que me pasa” y de las actualizaciones nórdicas de Hellacopters y Turbonegro en “Queda muy poco de mí”.

Lo más parecido a un hit emocional o romántico que sonó en toda la velada fueron las magníficas “Con sólo un movimiento” y “Desde que no eres mía”, con la voz perfecta cosida a la canción, cargada de blues. Ya que era imposible aminorar la velocidad de esa gigantesca locomotora que se abría paso arrollando al incendiado público que fue a verlos, el cuarteto decidió acelerar con “Hablar, hablar, hablar” un momento antes de levantar el pie con la machacona y sexy “A todo que sí” y retirarse unos minutos a tomar aire y limpiar de decibelios el ambiente. Volvieron a la carga con un trío de cañonazos rematado por “¿Qué diablos hago yo aquí?”, con el respetable cantando a piñón, bailando, saltando y haciendo air guitar en una pausa de sus propias vidas y sus problemas, en medio de una fantasía de rock and roll que tuvo como consecuencia más inmediata un terrorífico pitido de oídos, mitigada por el paso del tiempo y por la sonrisa que revelaba la sensación de haber estado en el momento justo en el sitio adecuado.

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