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MÚSICA CRÍTICA

El ‘Anillo’ del ocaso

El ‘Anillo’ del ocaso Justo Romero

«Vaya mierda de Anillo del Nibelungo». No exageraba el melómano al salir el jueves del legendario Festspielhaus de Bayreuth tras una representación de La Valquiria absolutamente disparatada. Un día antes, el comienzo de esta nueva Tetralogía presentada por el Festival wagneriano ya auguraba las peores expectativas con un Oro del Rin fallido también musicalmente. El joven director de escena austriaco Valentin Schwarz, de 33 años, firma el atropello escénico, particularmente grave al ser perpetrado en el santuario wagneriano por excelencia: el Festspielhaus construido e inaugurado por el propio compositor en 1876, precisamente con la monumental obra ahora en todos los sentidos ejecutada.

Todo es estupidez en el empeño del iconoclasta Schwarz en romper cualquier vínculo con la dramaturgia y parafernalias wagnerianas. Se burla de todo lo que tenga algo que ver con el mundo wagneriano. El resultado, claro, es una desnortada empanada mental sin sentido. En El Oro del Rin no hay estacas, ni anillo, ni lanza, ni nada de nada. Se supone que el oro es un niño que podría ser Hagen, o quizá la pistola que empuña Alberich y pasa de mano en mano. La diosa Erda es la «chacha» de la casa y sale de la cocina, bandeja en mano, y no de las entrañas de la tierra; el martillazo de Donner es un golpe de golf a una manzana de Freia; y el avispado Loge aparece travestido en un aplumado macarra, como Wotan, caricaturizado como un señoritongo marbellí o algo así… Todo es fruto de un fallido cacao mental que anuncia el peor Anillo del Nibelungo en la centenaria historia de un Bayreuth que está pidiendo un golpe de timón.

Peor aún resultó La Valquiria, en la que el perpetrador Valentin Schwarz hace el más difícil todavía de convertir la obra maestra en un batiburrillo de pistoleros y provocación infantiloide. Ni fuego mágico, ni fresno, ni Grane, ni Hunding muerto, ni cabalgata ni tonterías. Sieglinde, por cierto, está preñadísima desde el primer momento. El niño -se supone que Sigfridito- nace en el tercer acto, después de que Wotan haya descerrajado el cuerpo de Siegmund con un certero disparo al final del segundo. Es decir, ¡solo cabe derivar que el padre del futuro héroe es Hunding!

Todo se resuelve a base de tiros. El Walhalla convertido en una ridícula lámpara piramidal de mesa que atesora, claro, la pistola «Notung» en su interior. En el segundo acto, a lo Gianni Schicchi, se asiste al velatorio de Freia, muerta por solo dios sabe qué razón. ¿Y cómo sobreviven entonces los dioses sin sus vivificadoras manzanas? Todo es disparate y desatinado Anillo del Nibelungo. Vergüenza y desvergüenza.

El Oro del Rin fue también un fiasco musical, con un deficiente reparto vocal en el que solo descollaron la Fricka de la veterana Christa Mayer, el poderoso Fasolt del bajo noruego Jens-Erik Aasbø, y las tres bien conjuntas Hijas del Rin. La soprano Elisabeth Teige cumplió como correcta Freia, mientras: la mezzosoprano Okka von der Damerau salvó el tipo en su ridiculizado papel de la «chacha» Erda. La Orquesta del Festival, muy diezmada por el covid y con alta presencia juvenil, estuvo muy por debajo de su excelencia. Trompetas, trompas y oboe solista parecían empeñados en dar la nota.

La laxa e irrelevante dirección de Cornelius Meister en El Oro ganó enteros en La Valquiria, que parecía dominar con mayor pericia. En el reparto, también muy superior al de El Oro, arrasó la noruega Lise Davidsen, reina actual del canto wagneriano, que recupera vocalidades de antaño, como Flagstad, Nilsson o Varnay. Su Sieglinde fue, con diferencia, lo mejor de estas dos primeras y decepcionantes entregas. Brillaron también el lírico y hermosísimamente cantado Siegmund de Klaus Florian Vogt, el Hunding relevante y estremecedor de Georg Zeppenfeld y el Wotan crecido del barítono Tomasz Konieczny. Iréne Theorin salvó con apuros evidentes una pálida Brunilda, con agudos apurados y destemplados y graves, sin cuerpo ni consistencia.

La bronca del público al final de ambas representaciones fue diversa y razonable. Más airada en El Oro del Rin que en La Valquiria, donde los encendidos vítores y pataleos de unánime aprobación a la gran Lise Davidsen -también a Vogt, Konieczny y Zeppenfeld- lograron calmar los extremados ánimos. Theorin y Meister compartieron y simultanearon aplausos templados con sonoros «¡Buuuu!». Todo apunta, a que el declive escénico se incrementará en las dos jornadas tetralógicas que aún quedan: hoy sábado Siegfried y el lunes el desenlace en un Ocaso de los dioses que promete ser más «ocaso» que nunca. Al tiempo.

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