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Tribuna

Se nos fue el Cuttlas

Cutlass es sinónimo de Calpurnio Levante-EMV

Cuatro palotes y un par de círculos. La humanidad sabe desde hace milenios que no hace falta más para representar a un individuo. Un monigote hecho con unos garabatos representa todo aquello que se quiera. Y hace casi cuarenta años, el dibujante Calpurnio usó ese principio para representar la esencia pura del género del Oeste. El bueno de Cuttlas era eso, un monigote, pero con sombrero vaquero, ergo un cowboy de leyenda de forma automática, que en apenas unos trazos podría representar al John Wayne de las mejores películas de John Ford o al Clint Eastwood de los spaghetti western de Sergio Leone. Y así comenzaron las aventuras de este aventurero a lomos de su caballo, siempre al lado de su amigo Jim, su amada Mabel y las batallas inmensas entre los indios y el Séptimo de Caballería, en una parodia divertidísima que, poco a poco, comenzó a evolucionar.

Calpurnio volverá a hacer historietas de El bueno de Cuttlas. Levante-emv

El dibujo mantuvo su minimalismo radical, de ese que cuando la gente lo ve no tarda en soltar lo de “¡esto lo hace un niño de tres años!” con ufano aire de superioridad ante las moderneces del arte. Pero, me temo, la cosa es más complicada: Calpurnio dibujó a su héroe con una síntesis que cualquier mano infantil puede ejecutar, es cierto, pero los tebeos del Cuttlas no los hace cualquiera. Porque la serie fue pasando por revistas y periódicos consolidándose como un inmenso campo de pruebas de las posibilidades del lenguaje del cómic: los monigotes hablaban de profundas cuestiones filosóficas con la misma facilidad que hacían homenaje a Kraftwerk y la música electrónica o exploraban las inmensidades galácticas mientras reflexionaban sobre los avances de la ciencia. Y lo hacían con una experimentación continua de la narración gráfica fascinante y sorprendente, despojando a la historieta de todo aditamento y distracción que no fuera centrarse en eso que Will Eisner llamó “el arte invisible”, esa esencia pura del noveno arte que es tan difícil de definir y explicar pero que la serie de Calpurnio limpia, fija y da esplendor.

Viñeta de Calpurnio Levante-emv

En las páginas de El bueno de Cuttlas descubrimos que el cómic es un arte que fluye en el tiempo y el espacio en un ejercicio íntimo entre lector y autor, que transforma las viñetas en secuencias, en movimiento, en tiempo, en vida. Que va mucho más allá del estilo gráfico y depende de la profunda relación entre el qué y el cómo de los que se nos cuenta, moviendo los personajes por una página que gana dimensiones con una naturalidad insospechada, que rompe los límites de la viñeta e incluso de los sentidos, provocando reacciones sinestésicas que nos llevan a oír sonidos, a ver colores que salen de la línea negra… El cómic comienza a hacer esa magia que solo Calpurnio ha sabido fotografiar, convirtiendo cada página de Cuttlas en una inmensa demostración de hasta dónde puede llegar la historieta, en una obra maestra del cómic.

Calpurnio ha decidido no volver a hacer historietas de El bueno de Cuttlas.

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Casi cuarenta años después, su creador ha decidido no volver a hacer historietas de El bueno de Cuttlas. Sin despedirse, que los héroes del oeste ya sabemos que abandonaban el pueblo mientras el sol se ponía, oyendo a lo lejos la alegría de la derrota de los malos y THE END aparecía en la pantalla. Aunque quizás no lo ha hecho porque, como los buenos actores, el Cuttlas era solo una caracterización más de un sublime intérprete que solo necesitaba un sombrero para ser un duro cowboy, pero que con la misma facilidad ha sido el Ulises de La Odisea o el Aquiles de La Ilíada. Quizás Calpurnio es el elegido para contar sus hazañas, para demostrar que cualquier historia puede ser dibujada, que cualquier mito nació con unos monigotes dibujados con pasión.

Pero echaremos mucho, muchísimo, de menos a este vaquero que solo era un monigote. 

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